Estoy estancada. Pero esta vez es distinto
Si una cosa comparten mis anteriores empleos es que llegaba un punto en que sentía que ya no podía avanzar ni moverme. De repente, después del año trabajado, me entraba la desesperación y renunciaba, porque simplemente no había oportunidad de hacer algo nuevo, algo que realmente representara un reto.
Esta vez he sido paciente. Me gusta lo que hago, amo lo que hago, pero me siento en un cubo invisible. Me muevo con él, limita mis movimientos, pero seguí adelante, echándole todos los kilos. Ahora el cubo está inmerso en la apatía total. Ya no me importa nada, y aunque así es menos doloroso, también es mucho menos inspirador, tanto laboral como creativamente.
Como cuando trabajaba en el Cecut. Era feliz, vivía cerca, escribía a mil por hora pero el sueldo no me era suficiente. Duré un año y medio. Me fui a trabajar a Movistar. Ganaba más, tenía buenas prestaciones, pero no era nada relacionado con mi trabajo, así que comencé a ser infeliz, a buscar trabajo casi a los cuatro meses de entrar.
Ya no me importa si no tengo un mejor sueldo, si sigo como la simple correctora de desastres textiles, aún cuando sé que podría dar más, mucho más. Antes eso me alentaba, ahora solo me desinteresa.
Después de Movi encontré un trabajo como coordinadora académica en una universidad patito. Más sueldo, más responsabilidades. El mayor reto laboral lo tuve ahí. Pero era explotada. El sueldo lo valía. Me gustaba ser de utilidad, pensar que ayudaba a alumnos y maestros. Que resolvía sus problemas. Que era un elemento indispensable. Cuando renuncié al año y medio por irme a una editorial a trabajar en call center, mi jefa me ofreció subirme el sueldo. ¿Cuánto quieres? No quiero más dinero, quiero dejar de ser una esclava, tener vida propia. Quiero una asistente. Gracias por participar.
Quiero salir de ese hoyo, pero a la vez me da un profundo hastío pensar en moverme. Creo que ahora entiendo a quienes no entendía, ¿por qué quedarse en un trabajo donde uno se entanca? Por conformismo. Soy una inconforme conformista. Y comienzo a odiarme por ello.
Entonces vino AMCO. Buen horario, sueldo decente, trabajo fácil. Y la facilidad me espantó. Contestaba llamadas de profesoras y madres insolentes. Lo podía soportar. Pero, qué demonios, estaba dentro de una editorial contestando llamadas, estaban desperdiciando mi talento nato. Ocho meses después era asistente editorial. Escribía libros de texto de primaria y era bastante feliz con lo que hacía. No creía merecer ese sueldo, pero me alcanzaba bastante bien para mis necesidades. Cuatro meses más y partiría hacia el DF.
Necesito generar algo que me inspire a seguir, tanto en el trabajo como en mi vida personal. Quiero leer y leer, escribir y escribir, mandar todo al demonio, hacer lo que sé hacer y aprender, aprender mucho más y tal parece que en el lugar que ocupo eso está muy lejos de mi alcance. Pero me quedo aquí sentada, siendo una espectadora más de mi miseria, compadeciéndome de mí misma.
Después de tres meses de búsqueda de empleo incansable en el DF llegó Castillo-MacMillan. Asistente editorial. Buena paga. Buen horario. Cero prestaciones. Jefe inepto. Y entonces recibí la llamada. El puesto con prestaciones de ley, mísero sueldo y horario ustednotendrávidasocial es tuyo. ¿Dónde firmo?
Mujer de hojalata oxidada. Poeta sin versos novedosos. Espantapájaros que no asusta a los buitres. Narradora sin nada que contar.
Pobrecilla, pasen a mirar a la mujer que sólo ve correr los días. Pásele, pásele, le aseguramos que vivirá un triste momento de gran lección: la mujer que se hunde en su propia mierda sin hacer el mínimo esfuerzo por salvarse.
son palabras sueltas... un poema destilado en prosa... tu voz apagada en el frío y la oscuridad... una ventana rota en invierno... el golpe de un martillo sobre las uñas... el primer orgasmo... una llamada telefónica en el vacío... un trozo de día interminable... el deseo furtivo de la adolescencia... la corteza desprendida de la piel...un pubis recién nacido... el crimen certero de la penetración..
13.5.12
21.4.12
Al borde
Ya ni me acuerdo en qué momento decidí que era el indicado. De hecho creo que nunca lo decidí. Solo se dio.
Las desiciones importantes que he tomado no las tomo, simplemente las hago. Así, sin pensar. Cuando algo me da miedo me aviento. Odio tener miedo, y mi manera de ahuyentarlo es encarándolo y aventarme. Como cuando salté del parapente. Sentía que se me iba a salir el corazón. Pensaba en las miles de posibilidades que había de que me cayera, que no funcionara, que hubiera turbulencia, que muriera, o peor aún, que quedara paralítica, con daños irreversibles... Me aventé. Así, sin más, corrí hacia el vacío.
Así son mis desiciones. Cuanto más pienso menos lo hago. Tengo que dejar de pensar. Por eso mismo luego no recuerdo qué me orilló a hacerlo. O el momento exacto en que tomé la desición. Cuándo decidí cambiar de secundaria. Cuándo di mi primer beso. Cuándo decidí estudiar literatura. Cuándo perder mi virginidad. Cuándo salirme de la casa materna. Cuándo irme a vivir en pareja. Cuándo cambiar de ciudad. Cuándo. En qué preciso momento.
No lo sé.
Y tengo miedo. De que todo desaparezca. De ser insoportable. De que él tenga razón. Mi mutismo sólo es síntoma de mis temores. Mi indiferencia aparente de la desesperación.
Estoy consciente: no soy la mejor mujer para compartir una vida. Tal vez mis defectos superan mis virtudes. Soy grosera. Odio dormir con canceltines. Me derramo en llanto una vez al mes. Desvío la mirada cuando no quiero escuchar algo. Me creo el centro del universo. Siempre creo tener la razón. No lavo los trastes. Soy decidiosa. Leo menos de lo que quisiera. Siempre creo que merezco algo mejor. Inconforme. Tengo mil maneras de escabullirme. La insolencia suele ser mi mejor amiga. Siempre insatisfecha. Siempre buscando algo más. Muevo las piernas constantemente. Y me trueno los dedos. Y las rodillas. Me levanto tarde. Soy sarcástica. E hiriente. Y nunca, nunca, permitiría que me hicieran lo que yo suelo hacer.
Estoy lejana a ser la mujer que alguien querría para siempre a su lado. Excepto la soledad.
¿Es este el momento de volverme a tirar al precipicio?
Las desiciones importantes que he tomado no las tomo, simplemente las hago. Así, sin pensar. Cuando algo me da miedo me aviento. Odio tener miedo, y mi manera de ahuyentarlo es encarándolo y aventarme. Como cuando salté del parapente. Sentía que se me iba a salir el corazón. Pensaba en las miles de posibilidades que había de que me cayera, que no funcionara, que hubiera turbulencia, que muriera, o peor aún, que quedara paralítica, con daños irreversibles... Me aventé. Así, sin más, corrí hacia el vacío.
Así son mis desiciones. Cuanto más pienso menos lo hago. Tengo que dejar de pensar. Por eso mismo luego no recuerdo qué me orilló a hacerlo. O el momento exacto en que tomé la desición. Cuándo decidí cambiar de secundaria. Cuándo di mi primer beso. Cuándo decidí estudiar literatura. Cuándo perder mi virginidad. Cuándo salirme de la casa materna. Cuándo irme a vivir en pareja. Cuándo cambiar de ciudad. Cuándo. En qué preciso momento.
No lo sé.
Y tengo miedo. De que todo desaparezca. De ser insoportable. De que él tenga razón. Mi mutismo sólo es síntoma de mis temores. Mi indiferencia aparente de la desesperación.
Estoy consciente: no soy la mejor mujer para compartir una vida. Tal vez mis defectos superan mis virtudes. Soy grosera. Odio dormir con canceltines. Me derramo en llanto una vez al mes. Desvío la mirada cuando no quiero escuchar algo. Me creo el centro del universo. Siempre creo tener la razón. No lavo los trastes. Soy decidiosa. Leo menos de lo que quisiera. Siempre creo que merezco algo mejor. Inconforme. Tengo mil maneras de escabullirme. La insolencia suele ser mi mejor amiga. Siempre insatisfecha. Siempre buscando algo más. Muevo las piernas constantemente. Y me trueno los dedos. Y las rodillas. Me levanto tarde. Soy sarcástica. E hiriente. Y nunca, nunca, permitiría que me hicieran lo que yo suelo hacer.
Estoy lejana a ser la mujer que alguien querría para siempre a su lado. Excepto la soledad.
¿Es este el momento de volverme a tirar al precipicio?
8.4.12
Nadie me conoce. Y me place. Las personas creen saber de los demás y no hay nada más errado. Solo logramos conocer la punta del iceberg, la superficie, una pequeña porción de la totalidad. Hay gente que cree conocerme. Pero hay tantas cosas de mí ocultas. Tantos hechos, acciones, personalidades... Pero no hay nada más excitante que el que una persona te vea como si tuviera pleno conocimiento, mientras devuelvo la mirada sumisa de "Sí, soy todo eso que tu crees que soy" y que plácidamente sonrían y se vayan con calma a su lecho nocturno.
No, no soy eso que todo mundo cree. Soy totalmente otra cosa. Una mirada sin fuga oculta en la cinta de un zapato mojado. Lo que nunca les pasaría por la mente. Lo que conocen es mi antifaz. La cara que doy al mundo. La rebeldía que oculta mis emociones. El llanto tierno sobre la trágica desverguenza. La seriedad humedecida por el vapor de la carcajada.
Cuando iba en quinto de primaria mandaron a llamar a mi madre de la dirección. Cuando le dijeron que una niña de sexto (Wendy) me buscaba pleito por un niño (Iván) -la eterna historia de mi vida- mi mamá aseguró que no podía ser. Su hija era una santa. Dijo determinadamente.
Cuando estaba en la secundaria mis amigas le decían "Su hija tiene un carácter muy fuerte", y mi madre ponía cara de what? Entonces comenzó a comprender que no solo era la hija abnegada y chillona que tenía en casa. Era más que eso: llevaba una doble vida. No le importó mucho, puesto que la cara que ella me conocía era la de la tierna hija que hacía todo lo que le ordenaban, quien la apoyaba en sus momentos más duros. Entendió que se había llevado la mejor tajada.
Entonces cada vez que la mandaban a llamar de la escuela por pleitos entre estudiantes o porque me había hecho la pinta para irme con mi noviecito le decía a la orientadora " No puedo estar viniendo siempre, así que le suplicaré que solo me cite cuando haya algo realmente importante". De ahí en adelante ya no le llamaron, sólo se dedicaban a ponerme los reportes necesarios.
Cuando comencé a andar con alguien catorce años mayor que yo mi mejor amiga cayó sorprendida. No lo podía creer. Cuando me fui de la casa mi mamá casi me deshereda. Y así, una larga lista de sorpresas con amigos, novios, familia... Creo que es por eso que la mayoría de mis exnovios son mis amigos, porque en el fondo no creen que en mí habite la maldad suficiente (por decirle de algún modo) para hacerles las chingaderas que les hice.
Nadie me conoce realmente. Y me place. Cuando creen que ya me saben, que mis reacciones son esperadas, que pueden leer mi miradas, que pueden predecir mis acciones... !Zas! La estocada final. Corto las orejas y el rabo y todos los personajes -femeninos y masculinos- que habitan mi interior se ponen de pie en una sórdida ovación.
No, no soy eso que todo mundo cree. Soy totalmente otra cosa. Una mirada sin fuga oculta en la cinta de un zapato mojado. Lo que nunca les pasaría por la mente. Lo que conocen es mi antifaz. La cara que doy al mundo. La rebeldía que oculta mis emociones. El llanto tierno sobre la trágica desverguenza. La seriedad humedecida por el vapor de la carcajada.
Cuando iba en quinto de primaria mandaron a llamar a mi madre de la dirección. Cuando le dijeron que una niña de sexto (Wendy) me buscaba pleito por un niño (Iván) -la eterna historia de mi vida- mi mamá aseguró que no podía ser. Su hija era una santa. Dijo determinadamente.
Cuando estaba en la secundaria mis amigas le decían "Su hija tiene un carácter muy fuerte", y mi madre ponía cara de what? Entonces comenzó a comprender que no solo era la hija abnegada y chillona que tenía en casa. Era más que eso: llevaba una doble vida. No le importó mucho, puesto que la cara que ella me conocía era la de la tierna hija que hacía todo lo que le ordenaban, quien la apoyaba en sus momentos más duros. Entendió que se había llevado la mejor tajada.
Entonces cada vez que la mandaban a llamar de la escuela por pleitos entre estudiantes o porque me había hecho la pinta para irme con mi noviecito le decía a la orientadora " No puedo estar viniendo siempre, así que le suplicaré que solo me cite cuando haya algo realmente importante". De ahí en adelante ya no le llamaron, sólo se dedicaban a ponerme los reportes necesarios.
Cuando comencé a andar con alguien catorce años mayor que yo mi mejor amiga cayó sorprendida. No lo podía creer. Cuando me fui de la casa mi mamá casi me deshereda. Y así, una larga lista de sorpresas con amigos, novios, familia... Creo que es por eso que la mayoría de mis exnovios son mis amigos, porque en el fondo no creen que en mí habite la maldad suficiente (por decirle de algún modo) para hacerles las chingaderas que les hice.
Nadie me conoce realmente. Y me place. Cuando creen que ya me saben, que mis reacciones son esperadas, que pueden leer mi miradas, que pueden predecir mis acciones... !Zas! La estocada final. Corto las orejas y el rabo y todos los personajes -femeninos y masculinos- que habitan mi interior se ponen de pie en una sórdida ovación.
1.4.12
Sabía que necesitaba un corte de pelo. Por lo menos un despunte. El espejo y el cepillo me lo recordaban desde hace más de dos semanas. Me decían que era hora de ir al estilista, a malgastar cien pesos. También tienes que pintarte el cabello, si es que no quieres evidente signos de tu edad en él.
No soy de las que llora cuando un corte no les gusta. Siempre pienso que es una parte que vuelve a crecer. Lloraría si hubiera un rito donde tuviera que cortarme periodicamente los dedos, o las orejas. Mi madre estudió para estilista. Cuando se dio cuenta de que era una divorciada con tres hijas y sin prepa a los 26 años, optó por estudiar el arte de la vanidad femenina. Nos utilizó a mis hermanas y a mí como sus conejillos de indias. Cada semana estrenábamos un corte distinto: en capas, grafilado, con flequillo largo, corto, chino, lacio, mechones blichiados, manicures... en fin. Tenía ocho años, iba a tercero de primaria y estaba enamorada de un niño a quien le gustaba mi mechón teñido del copete.
Se hizo de su kit indispensable, el que aún después de 20 años conserva, y comenzó a trasquilar a todos los de la colonia por la módica cantidad de 20 pesos. Sobre todo eran hombres quienes acudían a pagar por sus servicios. Siempre nos alentó a que probáramos cortes distintos, que no nos estancáramos en uno solo. Es por eso que las fotografías de mi niñez tengo looks tan variados.
Cuando murió mi padre decidí no cortarme el cabello, ni siquiera las puntas. Dejar que creciera como se le diera la puta gana. Así se me formó una mata hasta la cintura. No me crece rápidamente, no sé si sea cierto que si te lo cortas en luna llena te crece más rápido, o si te bañas con champú de chile o si... no sé, nunca he probado. Al final de la prepa tuve que tomar un decisión: ser monja o estudiar literatura. Me decidí por la segunda opción, a tal grado que no quise saber una palabra más del evangelio, dejé de ir al coro de la iglesia, a misa hasta dos veces por domingo. Tomé unas tijeras y me corté el pelo. Así, yo sola. Sin haber estudiado antes ninguna chingadera. Y así me quedó.
Mi madre aplaudió la azaña. Aunque al día siguiente me llevó con la estilista para que arreglara el desastre que traía en la cabeza. Al día siguiente entré a mi primer día de universidad. Como nadie me conocía, no hubo quién reparara en mi drástico cambio, no tanto fue por rebeldía, si no porque ya no era la misma. Era otra etapa de mi vida.
Desde esa vez, cortarme el cabello es un signo de que cierro círculos de mi vida. Tal vez metafóricos. Pero el cerrar también significa que abro otros. No conscientemente, pero cada vez que pago por un corte sé que se acerca un cambio. Que ya no seré la misma. Aunque lo siga siendo. Cuando el espejo me dice que necesito desesperadamente un cambio de look, quiere decir que comienzo a estancarme. El mejor ejemplo es que en toda la universidad pasé por looks muy distintos y mi vida sentimental era un sube y baja.
No había tenido fleco desde los ocho años, cuando mi madre hacía sus experimentos. Ayer que fui a la estética me hicieron esperar cuarenta minutos. Le marqué a mi hermana para saber qué opinaba ¿me hacía fleco o no? No contestó. La desición estaba en mis manos, aunque J me había dicho muy determinante: "De ninguna manera, no te gustan tus cachetes y los vas a hacer más evidentes, además de que ocultarás tus ojos y sin contar que tienes la frente pequeña y la cara se te verá más achatada. No está de moda". Nada alentador. Pero, al mismo tiempo, ahí mismo tomé la desición: lo haría. Es solo cabello. No son dedos. Volverá a crecer. Y sus palabras eran lo peor que me podría pasar.
La chica me llamó a que me sentara. Le dije que sólo quería un despunte y que además me hiciera fleco. Nunca me habían jalado el cabello de tal manera. Ni golpeado con una secadora. Lo consideré un buen augurio. Cuando llegó a la parte del tupé (como le decía mi madre) me preguntó ¿de frenre o de lado? De frente (auque no tenía ni idea de lo que significaba). De frente se te abre en dos. Es que me lo peino de lado, la mayoría de las veces. Entonces de lado. Cuando lo estaba peinando me señaló incómodamente los remolinos que se me hacen. Sí, pensé, pero para eso te estoy pagando, es tu pinche trabajo.
Salí mentándole de madres por el trato, aunque el corte no estuvo tan mal.
Al llegar a la casa me dijo "te ves guapa". Pero en el espejo solo atino a ver a una niña de ocho años, su madre estudia cultura de belleza, su padre le paga viajes al D.F. todas las vacaciones largas y está enamorada de Daniel, a quien le encanta su fleco, aunque no esté teñido.
No soy de las que llora cuando un corte no les gusta. Siempre pienso que es una parte que vuelve a crecer. Lloraría si hubiera un rito donde tuviera que cortarme periodicamente los dedos, o las orejas. Mi madre estudió para estilista. Cuando se dio cuenta de que era una divorciada con tres hijas y sin prepa a los 26 años, optó por estudiar el arte de la vanidad femenina. Nos utilizó a mis hermanas y a mí como sus conejillos de indias. Cada semana estrenábamos un corte distinto: en capas, grafilado, con flequillo largo, corto, chino, lacio, mechones blichiados, manicures... en fin. Tenía ocho años, iba a tercero de primaria y estaba enamorada de un niño a quien le gustaba mi mechón teñido del copete.
Se hizo de su kit indispensable, el que aún después de 20 años conserva, y comenzó a trasquilar a todos los de la colonia por la módica cantidad de 20 pesos. Sobre todo eran hombres quienes acudían a pagar por sus servicios. Siempre nos alentó a que probáramos cortes distintos, que no nos estancáramos en uno solo. Es por eso que las fotografías de mi niñez tengo looks tan variados.
Cuando murió mi padre decidí no cortarme el cabello, ni siquiera las puntas. Dejar que creciera como se le diera la puta gana. Así se me formó una mata hasta la cintura. No me crece rápidamente, no sé si sea cierto que si te lo cortas en luna llena te crece más rápido, o si te bañas con champú de chile o si... no sé, nunca he probado. Al final de la prepa tuve que tomar un decisión: ser monja o estudiar literatura. Me decidí por la segunda opción, a tal grado que no quise saber una palabra más del evangelio, dejé de ir al coro de la iglesia, a misa hasta dos veces por domingo. Tomé unas tijeras y me corté el pelo. Así, yo sola. Sin haber estudiado antes ninguna chingadera. Y así me quedó.
Mi madre aplaudió la azaña. Aunque al día siguiente me llevó con la estilista para que arreglara el desastre que traía en la cabeza. Al día siguiente entré a mi primer día de universidad. Como nadie me conocía, no hubo quién reparara en mi drástico cambio, no tanto fue por rebeldía, si no porque ya no era la misma. Era otra etapa de mi vida.
Desde esa vez, cortarme el cabello es un signo de que cierro círculos de mi vida. Tal vez metafóricos. Pero el cerrar también significa que abro otros. No conscientemente, pero cada vez que pago por un corte sé que se acerca un cambio. Que ya no seré la misma. Aunque lo siga siendo. Cuando el espejo me dice que necesito desesperadamente un cambio de look, quiere decir que comienzo a estancarme. El mejor ejemplo es que en toda la universidad pasé por looks muy distintos y mi vida sentimental era un sube y baja.
No había tenido fleco desde los ocho años, cuando mi madre hacía sus experimentos. Ayer que fui a la estética me hicieron esperar cuarenta minutos. Le marqué a mi hermana para saber qué opinaba ¿me hacía fleco o no? No contestó. La desición estaba en mis manos, aunque J me había dicho muy determinante: "De ninguna manera, no te gustan tus cachetes y los vas a hacer más evidentes, además de que ocultarás tus ojos y sin contar que tienes la frente pequeña y la cara se te verá más achatada. No está de moda". Nada alentador. Pero, al mismo tiempo, ahí mismo tomé la desición: lo haría. Es solo cabello. No son dedos. Volverá a crecer. Y sus palabras eran lo peor que me podría pasar.
La chica me llamó a que me sentara. Le dije que sólo quería un despunte y que además me hiciera fleco. Nunca me habían jalado el cabello de tal manera. Ni golpeado con una secadora. Lo consideré un buen augurio. Cuando llegó a la parte del tupé (como le decía mi madre) me preguntó ¿de frenre o de lado? De frente (auque no tenía ni idea de lo que significaba). De frente se te abre en dos. Es que me lo peino de lado, la mayoría de las veces. Entonces de lado. Cuando lo estaba peinando me señaló incómodamente los remolinos que se me hacen. Sí, pensé, pero para eso te estoy pagando, es tu pinche trabajo.
Salí mentándole de madres por el trato, aunque el corte no estuvo tan mal.
Al llegar a la casa me dijo "te ves guapa". Pero en el espejo solo atino a ver a una niña de ocho años, su madre estudia cultura de belleza, su padre le paga viajes al D.F. todas las vacaciones largas y está enamorada de Daniel, a quien le encanta su fleco, aunque no esté teñido.
19.2.12
Todas las parejas, la pareja
Todas las parejas son la misma.
Se toman de la mano,
la observan,
ven las venas saltantes.
las tocan,
se miran a los ojos
y se aprietan fuerte,
como si compitieran,
como si quien tuviera más fuerza
amara más o deseara más.
Todas las parejas son una sola.
El amor es repetición
hasta el vómito.
La primera vez es placentero.
Luego es eructo.
La garganta se sensibiliza,
entonces arrojar violentamente
el contenido estomacal
es fácil,
instantáneo.
Todas las parejas, la pareja.
Las veo en el metrobús
tomadas de las manos.
A todas: una sola.
La hora exacta en el que los desechos
comienzan a ceder
y confunden las cavidades de desagüe.
Relaciones resumibles.
Parejas.
Todas.
La misma.
Se toman de la mano,
la observan,
ven las venas saltantes.
las tocan,
se miran a los ojos
y se aprietan fuerte,
como si compitieran,
como si quien tuviera más fuerza
amara más o deseara más.
Todas las parejas son una sola.
El amor es repetición
hasta el vómito.
La primera vez es placentero.
Luego es eructo.
La garganta se sensibiliza,
entonces arrojar violentamente
el contenido estomacal
es fácil,
instantáneo.
Todas las parejas, la pareja.
Las veo en el metrobús
tomadas de las manos.
A todas: una sola.
La hora exacta en el que los desechos
comienzan a ceder
y confunden las cavidades de desagüe.
Relaciones resumibles.
Parejas.
Todas.
La misma.
Runninng Thunder
Un video estático de Steve McQueen y sentir todo el interior.
Reconocerme en un caballo muerto sobre la hierba.
Reconocerme en su quietud, en su mirada, en las moscas que lo rodean
Y sentir, al mismo tiempo, la brisa, esa que presagia que aún estoy viva.
El aire acondicionado no es suficiente,
hormigas, de esas que odio, recorren mi epidermis, me sonrojan.
Ser un video estático de Steve McQueen
una muerta a la que la brisa recorre sin sentirla.
Ya no.
No soy la misma y Steve McQueen me lo dice.
No soy la misma
y la mano me toca para decirme que es hora de salir
de la confusa proyección.
Palpa mi mortalidad.
No, le digo.
Y me quedo. Sigo viendo un caballo muerto
tal vez por horas o días.
Pero está muerto
y las moscas lo rondan.
Ellas saben que ha dejado de vivir
¿Lo sabrá él?
¿Sabrá que he dejado de vivir?
Luego la sensación primera de unos conos de espuma en mis manos
Y sentir que sí, que puedo.
Que ese caballo respira.
Esa mano ya no me es suficiente
Ya no la siento
Tal vez sea hora de volver a mí.
Reconocerme en un caballo muerto sobre la hierba.
Reconocerme en su quietud, en su mirada, en las moscas que lo rodean
Y sentir, al mismo tiempo, la brisa, esa que presagia que aún estoy viva.
El aire acondicionado no es suficiente,
hormigas, de esas que odio, recorren mi epidermis, me sonrojan.
Ser un video estático de Steve McQueen
una muerta a la que la brisa recorre sin sentirla.
Ya no.
No soy la misma y Steve McQueen me lo dice.
No soy la misma
y la mano me toca para decirme que es hora de salir
de la confusa proyección.
Palpa mi mortalidad.
No, le digo.
Y me quedo. Sigo viendo un caballo muerto
tal vez por horas o días.
Pero está muerto
y las moscas lo rondan.
Ellas saben que ha dejado de vivir
¿Lo sabrá él?
¿Sabrá que he dejado de vivir?
Luego la sensación primera de unos conos de espuma en mis manos
Y sentir que sí, que puedo.
Que ese caballo respira.
Esa mano ya no me es suficiente
Ya no la siento
Tal vez sea hora de volver a mí.
12.2.12
La música carnavalezca llega desde la calle. Entre la somnolencia me percato de que el tianguis sabatino ha comenzado. No abro los ojos, pero él nota en mi respiración que ya no me encuentro sumergida en el sueño. Me abraza y comienzo a fingir una respiración más pesada, como si me hubiera hundido de nuevo en el sueño. Murmura algo pero no le respondo. Si acaso entreabro la boca, signo inequívoco de que lo escucho desde la incosciencia.
Sé lo que quiere. Yo también lo deseo, pero la desidia me obliga a acallar mis instintos. Sólo de pensar en todo el ritual: él va al baño, se lava las manos con esmero, le da tres jalones a la pipa, me abraza, comienza a besarme, mete su mano helada por debajo de mis calzones, comienza a estimularme y pide con movimientos pélvicos que yo sea recíproca. Se sube encima, me quita el pantalón, se deshace de su ropa, me quita la mía dejándome sólo la camisa de la pijama, después me voltea, siempre debajo de las cobijas, ahora me subo yo, me quito la t-shirt, en cuclillas, después acostada y al final... No, no abro los ojos. Los mantengo cerrados y me volteo hacia el lado contrario. El me abraza, me susurra que me ama, obligándome a responderle. Yo también. Me besa. Tengo la boca pastosa, le digo. E, intuitivamente, sabe lo que eso significa.
Se levanta y va al baño. Tomo mi celular y abro Angry birds. No he podido pasar el nivel. Escucho el excusado. Dejo mi teléfono y cierro los ojos. El se acuesta cinco minutos más. Me pregunta ¿estás despierta? Mmmm, contesto, más amodorranada de lo que realmente estoy. Ya no aguanto la cama. Se levanta. Camina hacia la sala y escucho la computadora prenderse. Abro los ojos. Me acomodo para abarcar toda la cama. Puedo dormirme de nuevo, se me da fácilmente, pero prefiero mantener los ojos abiertos. Pienso en los pájaros. En lo que esos cerdos les robaron y me pongo triste porque no puedo ayudarlos.
Afuera comienza la tambora. Siento que vivo en el pueblo. Que es la boda de la hija de Doña Maye o el velorio de mi papá. La tierra cae sobre su féretro mientras una banda lo despide estrepitosamente, confundiéndose con el llanto de los dolientes. Pero nada ensordece más que la tierra cayendo inaplazablemente sobre la madera que contiene el cuerpo de lo que fue mi progenitor.
Tomo mi celular. Comienzo a matar cerdos. Como el que mataron el día de su entierro, como si fuera un festejo. Como si hubiera ganas de comer. Entonces me dan ganas de matar a los estúpidos pájaros, que nadie se los come, más que los gatos.
Como la gata de mi infancia que, en un mínimo descuido, la encontraba desplumando alguno en el rincón de la sala. Al final, estaba tan vieja que se orinaba en los sillones. Un día desapareció. Mi hermana lloraba su ausencia hasta que mi madre confesó una verdad a medias: la había regalado. Pero, ¿quien iba a querer una gata senil que se miaba donde le daba la gana? Aún hace poco le pregunté a mi madre, le dije que ya estaba grande, que me dijera la verdad, y me respondió que se la había dado a una señora que adoraba los gatos. Cómo si el cielo de felinos existiera. Como si todavía tuviera cinco años.
Entonces dejo el teléfono y escucho los tambores resonar, mientras un teclado abajo escribe con rapidez y una música lejana dentro de los audífonos disfrazan en sus oídos el retumbar de la música callejera.
Callar. Mi hobbie favorito. Disfrazar. La excusa perfecta.
Acostada boca abajo con las piernas extendidas y abiertas me pregunto qué hubiera dicho mi padre. Qué pasaría si viviera y habitáramos la misma ciudad. Ayer entré a mi Facebook y me di cuenta de que una de mis medias hermanas apenas había abierto un perfil. Dicen que se parece a mí. Que es la viva imagen de mis 16 años. Tiene los ojos grandes, los labios gruesos, pero le falta la inocencia que yo tenía en esos años. Le falta vivir la muerte de su padre, jamás escuchará la tierra cayendo en su féretro. Seguramente la música de tambora no le dice nada, no le recuerda nada. No sabe su significado verdadero. No sabe lo que es una despedida. Una definitiva.
Entonces le grito. Pero tiene los audífonos puestos. Pienso en qué haría si tuviera que dar otra despedida definitiva, seguramente algún día tendré que darla a alguien más. Grito más fuerte su nombre. Escucho cómo se quita la música de encima y me dice "voy".
Cuando llega me encuentra desnuda. Las despedidas siempre me han excitado. Entonces se mete al baño y comienza a lavarse las manos cuidadosamente.
Sé lo que quiere. Yo también lo deseo, pero la desidia me obliga a acallar mis instintos. Sólo de pensar en todo el ritual: él va al baño, se lava las manos con esmero, le da tres jalones a la pipa, me abraza, comienza a besarme, mete su mano helada por debajo de mis calzones, comienza a estimularme y pide con movimientos pélvicos que yo sea recíproca. Se sube encima, me quita el pantalón, se deshace de su ropa, me quita la mía dejándome sólo la camisa de la pijama, después me voltea, siempre debajo de las cobijas, ahora me subo yo, me quito la t-shirt, en cuclillas, después acostada y al final... No, no abro los ojos. Los mantengo cerrados y me volteo hacia el lado contrario. El me abraza, me susurra que me ama, obligándome a responderle. Yo también. Me besa. Tengo la boca pastosa, le digo. E, intuitivamente, sabe lo que eso significa.
Se levanta y va al baño. Tomo mi celular y abro Angry birds. No he podido pasar el nivel. Escucho el excusado. Dejo mi teléfono y cierro los ojos. El se acuesta cinco minutos más. Me pregunta ¿estás despierta? Mmmm, contesto, más amodorranada de lo que realmente estoy. Ya no aguanto la cama. Se levanta. Camina hacia la sala y escucho la computadora prenderse. Abro los ojos. Me acomodo para abarcar toda la cama. Puedo dormirme de nuevo, se me da fácilmente, pero prefiero mantener los ojos abiertos. Pienso en los pájaros. En lo que esos cerdos les robaron y me pongo triste porque no puedo ayudarlos.
Afuera comienza la tambora. Siento que vivo en el pueblo. Que es la boda de la hija de Doña Maye o el velorio de mi papá. La tierra cae sobre su féretro mientras una banda lo despide estrepitosamente, confundiéndose con el llanto de los dolientes. Pero nada ensordece más que la tierra cayendo inaplazablemente sobre la madera que contiene el cuerpo de lo que fue mi progenitor.
Tomo mi celular. Comienzo a matar cerdos. Como el que mataron el día de su entierro, como si fuera un festejo. Como si hubiera ganas de comer. Entonces me dan ganas de matar a los estúpidos pájaros, que nadie se los come, más que los gatos.
Como la gata de mi infancia que, en un mínimo descuido, la encontraba desplumando alguno en el rincón de la sala. Al final, estaba tan vieja que se orinaba en los sillones. Un día desapareció. Mi hermana lloraba su ausencia hasta que mi madre confesó una verdad a medias: la había regalado. Pero, ¿quien iba a querer una gata senil que se miaba donde le daba la gana? Aún hace poco le pregunté a mi madre, le dije que ya estaba grande, que me dijera la verdad, y me respondió que se la había dado a una señora que adoraba los gatos. Cómo si el cielo de felinos existiera. Como si todavía tuviera cinco años.
Entonces dejo el teléfono y escucho los tambores resonar, mientras un teclado abajo escribe con rapidez y una música lejana dentro de los audífonos disfrazan en sus oídos el retumbar de la música callejera.
Callar. Mi hobbie favorito. Disfrazar. La excusa perfecta.
Acostada boca abajo con las piernas extendidas y abiertas me pregunto qué hubiera dicho mi padre. Qué pasaría si viviera y habitáramos la misma ciudad. Ayer entré a mi Facebook y me di cuenta de que una de mis medias hermanas apenas había abierto un perfil. Dicen que se parece a mí. Que es la viva imagen de mis 16 años. Tiene los ojos grandes, los labios gruesos, pero le falta la inocencia que yo tenía en esos años. Le falta vivir la muerte de su padre, jamás escuchará la tierra cayendo en su féretro. Seguramente la música de tambora no le dice nada, no le recuerda nada. No sabe su significado verdadero. No sabe lo que es una despedida. Una definitiva.
Entonces le grito. Pero tiene los audífonos puestos. Pienso en qué haría si tuviera que dar otra despedida definitiva, seguramente algún día tendré que darla a alguien más. Grito más fuerte su nombre. Escucho cómo se quita la música de encima y me dice "voy".
Cuando llega me encuentra desnuda. Las despedidas siempre me han excitado. Entonces se mete al baño y comienza a lavarse las manos cuidadosamente.
29.1.12
No puedo escuchar mi voz cercana. Se pierde entre los llantos de una felina ajena. Se desteje de maullidos. Comienzo a desprenderme. Los as bajo el sombrero del mago no surten su efecto. Solo son un truco de mieles y excremento.
No recuerdo cuándo fue la última. Me miento. No tolero el dolor conocido de la insatisfacción. La mano nostálgica de la soledad. Su caricia breve pero certera y solitaria. Pensamientos femeninos para tratar de llegar a aquello que me seduce pero que ya me es lejano sin haberlo poseído.
Tal vez, y sólo tal vez, sea el afán avaricioso del deseo. Agregar un nombre a la larga lista de desencuentros fortuitos. Tal vez, y sólo tal vez, es el pago de los intereses. El crédito me sobrepasó. Estoy en deuda y debo ceder. La gran pregunta es quién es mi banco. Quién es mi dios.
Todavía no lo logro. Dejar de pensar. Pensar que todo pasará. Que terminará antes de que comience la función. Sin intermedios. Pero un resquicio interno sueña con la eternidad. Esa de mentiras.
Busco conyonturas por donde filtrarme. El obstáculo del fin no puede ser lo último. Me repito. En la pared de los créditos no debe aparecer mi apellido. Solo en el frío desdibujado en mi almohada. Un doble habitante. El desprendimiento del deseo.
Soy mi propio doble. No son necesarias las preguntas metafísicas. Al final solo soy cuerpo. Un ente desposeído que busca lo insustancial de lo físico. Solo al final soy cuerpo.
Soy cuerpo solo al final.
22.1.12
Blogoterapia lacrimal
Aunque uno crea que ya está curtido en cuestiones mudancísticas, lo cierto es que nadie sabe lo que pueda enfrentar a la hora de la hora. Por ejemplo, y lo digo hipotéticamente, salir más tarde de lo previsto de la chamba, que te de una infección memorable en la garganta (y por lo tanto todo tu cuerpo no responda a las indicaciones del cerebro), que sea tu primer día de menstruación -bien, esto no aplica para hombres- y, por lo tanto, además del dolor de garganta, cabeza, cuerpo, somnolencia (por aquello de la empastillada) se unan los hermosos cólicos menstruales y el mood tristón de "nadie me quiere y a nadie le intereso", junto con el mar de lágrimas que nublan la vista para empacar o acomodar cajas.
Y me detengo en esto. El mar de lágrimas. El valle de lágrimas. Estoy pensando muy seriamente tomar terapia psicológica. Siempre le he rehuído. Digo que no sirve de nada. Que solo va gente que no se conoce a sí misma, porque la respuesta a todo, en realidad, siempre está en uno mismo. Pero comienzo a creer que las lágrimas son un problema que no conozco.
(Aquí abro un paréntesis porque estoy enferma y los ojos se me cierran, por lo que quiero aclarar que si notan errores sintácticos, gramaticales, semánticos o wereber no me juzguen tan duramente porque seguro me soltaré llorando)
Veamos. Analizaré el tema lo poco que pueda en el estado en que me encuentro.
Primero. Siempre me he considerado una persona que no llora fácilmente. De hecho, en ocasiones que la gente llora en mi hombro me siento mal por no poder llorar con ellos y hasta trato de hacerlo infructuosamente. Esa maña se me ha quitado, pues si no lloro lo deben de entender ¿que no?
Mi madre tiene varias anécdotas de mis llantos o no llantos de cuando era bebé. Dice que cuando tenía unos meses de nacida no lloraba, y cuando dice "no llorabas" es en toda la extensión de la palabra: no lloraba de hambre, ni cuando tenía el pañal sucio, no lloraba de sueño porque dormía plácidamente, no lloraba para que me cargaran, o por aire cuando me daban mamila, es decir: no lloraba. Fue tanta su preocupación, pues yo era la segunda y la primera le había salido muy latosita, que me llevó al médico para que diera su pronóstico. Mi doc me analizó, me pesó, me auscultó y todo lo que hacen en un chequeo general, y dijo que me encontraba en perfectas condiciones (nací pesando 3.800 kg por lo que era regordeta). Mi madre insistió en su preocupación. El médico, enfadado (supongo, porque no lo recuerdo), me quitó un calcetín y me aplastó el dedo gordo del pie. Yo solté un tremendo berrido que se fue aminorando a los segundos, algo así como "!cuñaaaaaaaaa! !cuñaaa! !cuña! cuñ..." hasta quedarme nuevamente dormida. Veredicto del especialista: su hija está sana y en perfectas condiciones, lo que pasa es que es una huevona.
No sé en qué momento cambió todo. Mi madre cuenta que a los tres años lloraba cuando veía hormigas o moscas. Así es, insignificantes bichos hacían que unas lágrimas regordetas cayeran sobre mis mejillas (también regordetas) aterrándome con su sola presencia. De ahí todo lo que recuerdo es llanto tras llanto. Cuando mi madre me regañaba y era mi culpa, lloraba. Cuando mi madre me regañaba y no era mi culpa, lloraba. Cuando mi madre regañaba a alguna de mis hermana, lloraba... y así pasaron unos 12 años, hasta que entré a la secundaria, que creo fue donde menos lloré, aunque si veía que mi mamá la pasaba mal con sus novios o por falta de dinero para darnos de comer, sí, lloraba.
Después vino la muerte de mi papá y mi entrada a la iglesia y ahí de nuevo comencé a llorar por todo. Al final de la prepa se me quitó un poco, y desde la uni por lo menos una vez al bimestre lloro todo un día con o sin razón.
La cosa se complica con mis relaciones sentimentales. En una discusión (tenga o no tenga la culpa yo) lo primero que hago es llorar y de verdad, lo juro por mi apá, que hago todo todo pero todo lo posible por no hacerlo. Odio los chantajes sentimentales y para nada mi llanto es uno de ellos. Siempre me preguntan "¿Pero qué te pasa, por qué lloras?" y con todo el llanto del mundo solo atino a decir "no sé". Y no es un no sé o no es nada de esos que las mujeres se sacan de la manga para que le sigan preguntando o las apapachen. Realmente no sé por qué lloro y ese es mi gran problema. Nunca me creen, siempre piensan que guardo un as bajo la manga o que me siento culpable por algo vergonzoso que hice, pero es meramente verdad, no sé por qué lloro.
Ayer, durante toda la mudanza estuve llorando. Y cuando digo toda la mudanza me refiero a toda la mudanza. Desde que me levanté, empaqué, hice de desayunar, me bañé, le abrí al personal de mudanzas, me fui con ellos al nuevo depa, descargaron las cajas... lloré, lloré y lloré. No podía dejar de hacerlo y fue más que desesperante. "Esa caja arriba (lágrima cayendo)", "Esa está bien abajo (lágrima resbalando)", "Ahí está bien (vista nublada)".
No me decían ni preguntaban nada, pero era evidente que se daban cuenta. No me importa en verdad lo que la gente piensa cuando lloro, o cuando me agarra a mitad del metro. No me importa que digan "ese con el que va seguro la hizo sufrir" o "¿no puede esperar a llegar a su casa para llorar?". Debo tener algún mal. Algún síndrome llamado Valle de Lágrimas. Tal vez mis lacrimales tienen alguna enfermedad incurable. De hecho no sé de dónde me sale tanta pinche lágrima.
Mientras escribo esto no lloro. Estoy tranquila. Aunque sé que en cualquier momento puede volver. Es inesperado. De repente comienza a bullir un caudal salado que no para hasta que se le da la gana. Ayer cuando iba en el carro con los de la mudanza (llorando), pensé "Pobres, han de ganar tan poco" y el río no se hizo esperar, salió desbordado. Ahora más en calma pienso que es más triste mi situación y ni siquiera puedo llorar por eso.
Mi teoría: En términos generales soy una mujer fuerte, que impone murallas para no salir lastimada. Me gusta rodearme de pocas personas, pero cien por ciento confiables, que serían algo así como pilares de una presa. Cuando alguien cercano a mí tambalea el agua de la presa sale disparada. El caso aquí es que no me doy cuenta de cuáles pilares son, es un poco más intuitivo que no le es revelado a la parte consciente de mi cerebro.
¿Necesito terapia?
Si me aseguran que me ayudará a desaparecer mis ataques de llanto, lo pensaré. Mientras tanto seguiré utilazando el blog con fines terapéuticos.
Y me detengo en esto. El mar de lágrimas. El valle de lágrimas. Estoy pensando muy seriamente tomar terapia psicológica. Siempre le he rehuído. Digo que no sirve de nada. Que solo va gente que no se conoce a sí misma, porque la respuesta a todo, en realidad, siempre está en uno mismo. Pero comienzo a creer que las lágrimas son un problema que no conozco.
(Aquí abro un paréntesis porque estoy enferma y los ojos se me cierran, por lo que quiero aclarar que si notan errores sintácticos, gramaticales, semánticos o wereber no me juzguen tan duramente porque seguro me soltaré llorando)
Veamos. Analizaré el tema lo poco que pueda en el estado en que me encuentro.
Primero. Siempre me he considerado una persona que no llora fácilmente. De hecho, en ocasiones que la gente llora en mi hombro me siento mal por no poder llorar con ellos y hasta trato de hacerlo infructuosamente. Esa maña se me ha quitado, pues si no lloro lo deben de entender ¿que no?
Mi madre tiene varias anécdotas de mis llantos o no llantos de cuando era bebé. Dice que cuando tenía unos meses de nacida no lloraba, y cuando dice "no llorabas" es en toda la extensión de la palabra: no lloraba de hambre, ni cuando tenía el pañal sucio, no lloraba de sueño porque dormía plácidamente, no lloraba para que me cargaran, o por aire cuando me daban mamila, es decir: no lloraba. Fue tanta su preocupación, pues yo era la segunda y la primera le había salido muy latosita, que me llevó al médico para que diera su pronóstico. Mi doc me analizó, me pesó, me auscultó y todo lo que hacen en un chequeo general, y dijo que me encontraba en perfectas condiciones (nací pesando 3.800 kg por lo que era regordeta). Mi madre insistió en su preocupación. El médico, enfadado (supongo, porque no lo recuerdo), me quitó un calcetín y me aplastó el dedo gordo del pie. Yo solté un tremendo berrido que se fue aminorando a los segundos, algo así como "!cuñaaaaaaaaa! !cuñaaa! !cuña! cuñ..." hasta quedarme nuevamente dormida. Veredicto del especialista: su hija está sana y en perfectas condiciones, lo que pasa es que es una huevona.
No sé en qué momento cambió todo. Mi madre cuenta que a los tres años lloraba cuando veía hormigas o moscas. Así es, insignificantes bichos hacían que unas lágrimas regordetas cayeran sobre mis mejillas (también regordetas) aterrándome con su sola presencia. De ahí todo lo que recuerdo es llanto tras llanto. Cuando mi madre me regañaba y era mi culpa, lloraba. Cuando mi madre me regañaba y no era mi culpa, lloraba. Cuando mi madre regañaba a alguna de mis hermana, lloraba... y así pasaron unos 12 años, hasta que entré a la secundaria, que creo fue donde menos lloré, aunque si veía que mi mamá la pasaba mal con sus novios o por falta de dinero para darnos de comer, sí, lloraba.
Después vino la muerte de mi papá y mi entrada a la iglesia y ahí de nuevo comencé a llorar por todo. Al final de la prepa se me quitó un poco, y desde la uni por lo menos una vez al bimestre lloro todo un día con o sin razón.
La cosa se complica con mis relaciones sentimentales. En una discusión (tenga o no tenga la culpa yo) lo primero que hago es llorar y de verdad, lo juro por mi apá, que hago todo todo pero todo lo posible por no hacerlo. Odio los chantajes sentimentales y para nada mi llanto es uno de ellos. Siempre me preguntan "¿Pero qué te pasa, por qué lloras?" y con todo el llanto del mundo solo atino a decir "no sé". Y no es un no sé o no es nada de esos que las mujeres se sacan de la manga para que le sigan preguntando o las apapachen. Realmente no sé por qué lloro y ese es mi gran problema. Nunca me creen, siempre piensan que guardo un as bajo la manga o que me siento culpable por algo vergonzoso que hice, pero es meramente verdad, no sé por qué lloro.
Ayer, durante toda la mudanza estuve llorando. Y cuando digo toda la mudanza me refiero a toda la mudanza. Desde que me levanté, empaqué, hice de desayunar, me bañé, le abrí al personal de mudanzas, me fui con ellos al nuevo depa, descargaron las cajas... lloré, lloré y lloré. No podía dejar de hacerlo y fue más que desesperante. "Esa caja arriba (lágrima cayendo)", "Esa está bien abajo (lágrima resbalando)", "Ahí está bien (vista nublada)".
No me decían ni preguntaban nada, pero era evidente que se daban cuenta. No me importa en verdad lo que la gente piensa cuando lloro, o cuando me agarra a mitad del metro. No me importa que digan "ese con el que va seguro la hizo sufrir" o "¿no puede esperar a llegar a su casa para llorar?". Debo tener algún mal. Algún síndrome llamado Valle de Lágrimas. Tal vez mis lacrimales tienen alguna enfermedad incurable. De hecho no sé de dónde me sale tanta pinche lágrima.
Mientras escribo esto no lloro. Estoy tranquila. Aunque sé que en cualquier momento puede volver. Es inesperado. De repente comienza a bullir un caudal salado que no para hasta que se le da la gana. Ayer cuando iba en el carro con los de la mudanza (llorando), pensé "Pobres, han de ganar tan poco" y el río no se hizo esperar, salió desbordado. Ahora más en calma pienso que es más triste mi situación y ni siquiera puedo llorar por eso.
Mi teoría: En términos generales soy una mujer fuerte, que impone murallas para no salir lastimada. Me gusta rodearme de pocas personas, pero cien por ciento confiables, que serían algo así como pilares de una presa. Cuando alguien cercano a mí tambalea el agua de la presa sale disparada. El caso aquí es que no me doy cuenta de cuáles pilares son, es un poco más intuitivo que no le es revelado a la parte consciente de mi cerebro.
¿Necesito terapia?
Si me aseguran que me ayudará a desaparecer mis ataques de llanto, lo pensaré. Mientras tanto seguiré utilazando el blog con fines terapéuticos.
15.1.12
Reflexiones mudancísticas
Aunque cada vez siento más cerca la mudanza (que, por cierto, está más cerca cada vez), hago lo menos posible por empacar. Una más, una menos. Lo cierto es que dije, lo afirmé, que no extrañaría nada. Pero cada vez que recorro el camino hacia mi pequeño departamento, no puedo dejar de mirar los edificios, los personajes que habitan la colonia.
Fui a comprar carne y pensé "¿Debo despedirme del carnicero? ¿Será que le tengo que avisar que esta es la última vez que lo visito?", pero sólo atiné a decir "Medio kilo de falda". "¿Otra vez hará salpicón?". Me conoce, sabe lo que cocino, o cree saber lo que cocino, porque para fines prácticos le digo que es carne para salpicón cada vez que deseo hacer tostadas de carne deshebrada estilo sinaloense. Una vez le dije que era para caldo, y me dio mucho hueso, otra le dije que era para deshebrar y me dio mucho cuero. Cuando le dije que era para salpicón, el cual sólo he hecho una vez en mi vida, me la dio perfecta, tal y como la necesitaba. De ahí toda la falda que compro es para salpicón.
La señora de los tacos de guisado tiene más de tres semanas que no se pone. Siempre que son vacaciones se toma una semana antes y una semana después. Ella sabe que siempre le compro de huevo a la mexicana con frijoles. Lo que no sabe es que siempre que me acerco pienso "esta vez comeré algo distinto, probaré algo nuevo". Cuando llego y me pregunta "¿De huevito con frijoles? Hoy salió muy bueno", ya no pienso en los otros platillos y acepto, como quien acepta su caída sin meter las manos. Espero que esta semana ya se ponga. Lo más seguro es que no me despida de ella, no con palabras externas, sino para mis adentros. Diría J que es imposible hacerme hablar.
Otra más: la señora de los jugos. La primera vez que fui y compré un jugo verde (no tanto porque quisiera adelgazar, sino porque recién lo había probado en un restaurante y me gustó) trató de venderme unas pastillas naturistas para bajar de peso. Tal vez llegan muchas mujeres obsesionadas con su masa corporal, pero definitivamente yo no era su target (aunque tal vez debería haber aceptado su promoción). Tres veces a la semana pasaba a comprar mi jugo verde (naranja, piña, nopal, perejil), solo cuando andaba con principios de resfriado le pedía un antigripal (naranja, piña, limón y miel). Siempre decía "gracias" cuando me iba, lo que me generaba confusión, porque muchas veces lo hacíamos al mismo tiempo. ¿Dónde compraré mis jugos?
Siempre que me mudo pasa lo mismo. Pero a la vez reconozco ciertas manías. Cuando me salí de casa de mi madre no extrañé nada. Me fui a la nueve. Después me fui a Otay y me di cuenta de que siempre iba por mis tacos de chile relleno, los de birria, a comprar con el albino del Oxxo de la esquina, el café de la nueve, aunque nunca iba sabía que estaba ahí y me gustaba verlo cuando abría el portón de mi pequeña casa, donde pasé, tal vez, los mejores años: la universidad, trabajar en el Cecut, vivir sola, completamente, con miedos a las tres de la mañana, podía bañarme tres veces al día si así lo deseaba, tener insomnio y levantarme a escribir, se acabaron las visitas a los moteles, tenía mi casa para hacer y deshacer. Después vino la Pío Pico, a la vuelta de la nueve, y de Otay básicamente no extrañé nada, ¿cómo extrañar que el vecino de arriba se levantara a las seis de la mañana y pusiera las noticias a todo volumen?, ¿o que mi "compañera" dejara todo desordenado por la casa o que no pagara la parte de los recibos? De la Pío Pico siguió la Ruiz Cortínez y, sobre todo, extraba lo céntrico, tener una cama para mí sola, levantarme y hacer el ruido que se me viniera en gana, que una amiga pudiera llegar a las tres de la mañana porque estaba muy borracha para manejar. Pero así es la vida en pareja. Luego, casi casi por cuestiones económicas, mudarme a mi casa, ponerle piso, comprar más muebles, acondicionarla. Y ahí faltaban la panadería con sus empanadas de calabaza, los tacos el Gordo y sus tostadas de carne asada después de una peda en el centro, el patiecito donde Camila salía a caminar y comer gusanos... Al final vino el D.F. y de Quinta del Cedro no extrañé absolutamente nada.
Las mudanzas se dieron en grados distintos, con personas distintas. Todo se confabuló para que no extrañara Tijuana. Si mi venida a la capital hubiera sido de cualquiera de las anteriores casas tal vez me hubiera dolido más. Si no nos hubieran chocado, si no hubiera muerto su abuelita, si no hubiera entrado Virgilio, si no hubiera...
Ahora la próxima parada es Roma Sur. Contrato forzoso de un año. No puedo tener mascotas. El agua está incluida. Puedo hacer reuniones. No tengo espacio de estacionamiento para mi auto invisible. Es de dos plantas. Incluye estufa. Es una buena zona. Solo falta esperar. Esperar a conocer a esos sujetos que ya están ahí. Que esperan a que me encariñe con ellos, sin que jamás lo sepan. Sin que me despida cuando tenga que despedirme. Sin que les diga que, lo más seguro, es que un día sean parte de un insignificante post.
Fui a comprar carne y pensé "¿Debo despedirme del carnicero? ¿Será que le tengo que avisar que esta es la última vez que lo visito?", pero sólo atiné a decir "Medio kilo de falda". "¿Otra vez hará salpicón?". Me conoce, sabe lo que cocino, o cree saber lo que cocino, porque para fines prácticos le digo que es carne para salpicón cada vez que deseo hacer tostadas de carne deshebrada estilo sinaloense. Una vez le dije que era para caldo, y me dio mucho hueso, otra le dije que era para deshebrar y me dio mucho cuero. Cuando le dije que era para salpicón, el cual sólo he hecho una vez en mi vida, me la dio perfecta, tal y como la necesitaba. De ahí toda la falda que compro es para salpicón.
La señora de los tacos de guisado tiene más de tres semanas que no se pone. Siempre que son vacaciones se toma una semana antes y una semana después. Ella sabe que siempre le compro de huevo a la mexicana con frijoles. Lo que no sabe es que siempre que me acerco pienso "esta vez comeré algo distinto, probaré algo nuevo". Cuando llego y me pregunta "¿De huevito con frijoles? Hoy salió muy bueno", ya no pienso en los otros platillos y acepto, como quien acepta su caída sin meter las manos. Espero que esta semana ya se ponga. Lo más seguro es que no me despida de ella, no con palabras externas, sino para mis adentros. Diría J que es imposible hacerme hablar.
Otra más: la señora de los jugos. La primera vez que fui y compré un jugo verde (no tanto porque quisiera adelgazar, sino porque recién lo había probado en un restaurante y me gustó) trató de venderme unas pastillas naturistas para bajar de peso. Tal vez llegan muchas mujeres obsesionadas con su masa corporal, pero definitivamente yo no era su target (aunque tal vez debería haber aceptado su promoción). Tres veces a la semana pasaba a comprar mi jugo verde (naranja, piña, nopal, perejil), solo cuando andaba con principios de resfriado le pedía un antigripal (naranja, piña, limón y miel). Siempre decía "gracias" cuando me iba, lo que me generaba confusión, porque muchas veces lo hacíamos al mismo tiempo. ¿Dónde compraré mis jugos?
Siempre que me mudo pasa lo mismo. Pero a la vez reconozco ciertas manías. Cuando me salí de casa de mi madre no extrañé nada. Me fui a la nueve. Después me fui a Otay y me di cuenta de que siempre iba por mis tacos de chile relleno, los de birria, a comprar con el albino del Oxxo de la esquina, el café de la nueve, aunque nunca iba sabía que estaba ahí y me gustaba verlo cuando abría el portón de mi pequeña casa, donde pasé, tal vez, los mejores años: la universidad, trabajar en el Cecut, vivir sola, completamente, con miedos a las tres de la mañana, podía bañarme tres veces al día si así lo deseaba, tener insomnio y levantarme a escribir, se acabaron las visitas a los moteles, tenía mi casa para hacer y deshacer. Después vino la Pío Pico, a la vuelta de la nueve, y de Otay básicamente no extrañé nada, ¿cómo extrañar que el vecino de arriba se levantara a las seis de la mañana y pusiera las noticias a todo volumen?, ¿o que mi "compañera" dejara todo desordenado por la casa o que no pagara la parte de los recibos? De la Pío Pico siguió la Ruiz Cortínez y, sobre todo, extraba lo céntrico, tener una cama para mí sola, levantarme y hacer el ruido que se me viniera en gana, que una amiga pudiera llegar a las tres de la mañana porque estaba muy borracha para manejar. Pero así es la vida en pareja. Luego, casi casi por cuestiones económicas, mudarme a mi casa, ponerle piso, comprar más muebles, acondicionarla. Y ahí faltaban la panadería con sus empanadas de calabaza, los tacos el Gordo y sus tostadas de carne asada después de una peda en el centro, el patiecito donde Camila salía a caminar y comer gusanos... Al final vino el D.F. y de Quinta del Cedro no extrañé absolutamente nada.
Las mudanzas se dieron en grados distintos, con personas distintas. Todo se confabuló para que no extrañara Tijuana. Si mi venida a la capital hubiera sido de cualquiera de las anteriores casas tal vez me hubiera dolido más. Si no nos hubieran chocado, si no hubiera muerto su abuelita, si no hubiera entrado Virgilio, si no hubiera...
Ahora la próxima parada es Roma Sur. Contrato forzoso de un año. No puedo tener mascotas. El agua está incluida. Puedo hacer reuniones. No tengo espacio de estacionamiento para mi auto invisible. Es de dos plantas. Incluye estufa. Es una buena zona. Solo falta esperar. Esperar a conocer a esos sujetos que ya están ahí. Que esperan a que me encariñe con ellos, sin que jamás lo sepan. Sin que me despida cuando tenga que despedirme. Sin que les diga que, lo más seguro, es que un día sean parte de un insignificante post.
5.1.12
Hay veces en las que preferiría ser hombre.
No pelear con las hormonas.
No poder embarazarme.
No hacer un maremoto en un barco de papel.
Que me apasionaran los deportes.
Y me prendieran las curvas femeninas.
Despertar sin pensar en qué me voy a poner.
Con qué blusa me veo menos gorda.
Qué maquillaje le va a mi atuendo.
Ponerme solo gel en el pelo para salir a la calle.
Sin preocuparme de mi ropa interior.
Sin que tenga que ser cómoda y bonita a la vez.
Hay veces en que preferiría ser hombre.
Y no tenerme que cuidar de los manoseos en el metro.
Que nadie me diga que soy brusca.
O grosera.
Al fin, seré hombre, y a nadie le importará.
Tener el puesto que me merezco.
Y que los demás hombres no se sientan intimidados
cuando hagan una broma sexista delante de mí.
No tener que sentarme para echar una miada.
Ni que la vejiga me reviente en la grotesca fila del baño.
Que no me cedan el paso al salir del elevador.
Que mis canas sean sexies.
Hay veces en las que preferería ser hombre
pero la mayoría de las veces, casi siempre,
me jacto de ser mujer.
De la complejidad de mis emociones.
De que puedo ser ruda cuando es innecesario.
Que siempre haya alguien que se preocupe por mí
si hago pucheros
De no tener que mendigar amor... ni sexo.
De tener la posibilidad de dar vida a otro ser
y renunciar a ello.
Provocar lascivas miradas masculinas... y femeninas.
Que todo me sea permitido porque "ando en mis días".
Que me quieran proteger y, al siguiente segundo,
succionarme las amígdalas.
Que me den aventón hasta la puerta de mi casa.
Que mi cuerpo sea un misterio, aun para mí.
Pero sucede que hay veces, muy pocas,
ocasiones contadas con las llagas de mi vientre,
que me canso de ser mujer.
No pelear con las hormonas.
No poder embarazarme.
No hacer un maremoto en un barco de papel.
Que me apasionaran los deportes.
Y me prendieran las curvas femeninas.
Despertar sin pensar en qué me voy a poner.
Con qué blusa me veo menos gorda.
Qué maquillaje le va a mi atuendo.
Ponerme solo gel en el pelo para salir a la calle.
Sin preocuparme de mi ropa interior.
Sin que tenga que ser cómoda y bonita a la vez.
Hay veces en que preferiría ser hombre.
Y no tenerme que cuidar de los manoseos en el metro.
Que nadie me diga que soy brusca.
O grosera.
Al fin, seré hombre, y a nadie le importará.
Tener el puesto que me merezco.
Y que los demás hombres no se sientan intimidados
cuando hagan una broma sexista delante de mí.
No tener que sentarme para echar una miada.
Ni que la vejiga me reviente en la grotesca fila del baño.
Que no me cedan el paso al salir del elevador.
Que mis canas sean sexies.
Hay veces en las que preferería ser hombre
pero la mayoría de las veces, casi siempre,
me jacto de ser mujer.
De la complejidad de mis emociones.
De que puedo ser ruda cuando es innecesario.
Que siempre haya alguien que se preocupe por mí
si hago pucheros
De no tener que mendigar amor... ni sexo.
De tener la posibilidad de dar vida a otro ser
y renunciar a ello.
Provocar lascivas miradas masculinas... y femeninas.
Que todo me sea permitido porque "ando en mis días".
Que me quieran proteger y, al siguiente segundo,
succionarme las amígdalas.
Que me den aventón hasta la puerta de mi casa.
Que mi cuerpo sea un misterio, aun para mí.
Pero sucede que hay veces, muy pocas,
ocasiones contadas con las llagas de mi vientre,
que me canso de ser mujer.
11.12.11
6.4 grados richter
Es más el temblor de mi piel,
la latente espera,
que el movimiento telúrico bajo mis pies.
Es de un grado más intenso,
un terremoto interior
el que tambalea mis pensamientos
y contradicciones.
Sólo se hizo presente, físico, el desplazamiento de mis caderas hacia el mundo.
Sólo se hizo constante durante tres minutos el revuelo que crea la ausencia.
Vaivén. Va, ven. Va bien. Bah! Ve. Babeen. Vaivenes.
La tierra y sus esporádicos orgasmos.
Sus estúpidas, sensuales y peligrosas palpitaciones.
Caricias podófilas rozan su dermis al azar.
Caricias ambulantes estremecen sus placas tectónicas.
Tónica su esdrujulez.
Tectáculos terrenales.
Es más la contracción íntima de mi desnudez.
Mis placas epidérmicas se remueven y estacionan después de la explosión.
Implosión.
Es más ruidoso el estallido de mis neuronas.
Más
intenso
la poralidad
de mis sentidos.
Una oscilación me detiene
me pone de pie
me atemoriza
balanceo aparente
el firmamento luce igual
vacilación y duda
la Tierra es un péndulo constante
el resorte metafísico que la contiene
se estira, se distrae, dismunuye.
Vacila.
Titubeo.
Al final
sólo quedan
desastres internos,
grietas de placer,
el éxtasis
de la discordia.
la latente espera,
que el movimiento telúrico bajo mis pies.
Es de un grado más intenso,
un terremoto interior
el que tambalea mis pensamientos
y contradicciones.
Sólo se hizo presente, físico, el desplazamiento de mis caderas hacia el mundo.
Sólo se hizo constante durante tres minutos el revuelo que crea la ausencia.
Vaivén. Va, ven. Va bien. Bah! Ve. Babeen. Vaivenes.
La tierra y sus esporádicos orgasmos.
Sus estúpidas, sensuales y peligrosas palpitaciones.
Caricias podófilas rozan su dermis al azar.
Caricias ambulantes estremecen sus placas tectónicas.
Tónica su esdrujulez.
Tectáculos terrenales.
Es más la contracción íntima de mi desnudez.
Mis placas epidérmicas se remueven y estacionan después de la explosión.
Implosión.
Es más ruidoso el estallido de mis neuronas.
Más
intenso
la poralidad
de mis sentidos.
Una oscilación me detiene
me pone de pie
me atemoriza
balanceo aparente
el firmamento luce igual
vacilación y duda
la Tierra es un péndulo constante
el resorte metafísico que la contiene
se estira, se distrae, dismunuye.
Vacila.
Titubeo.
Al final
sólo quedan
desastres internos,
grietas de placer,
el éxtasis
de la discordia.
4.12.11
Cuando escribo un texto en el blog y cliqueo "publicar" no me gusta realizar cambios. Corrijo lo que escriben los demás, pero, hasta cierto punto, siento un regocijo cuando leo mis errores. Creo que también eso se refleja en mi vida. Me regodeo de todo lo que he hecho mal. En realidad, si algo sé hacer bien es errar en mis desiciones. Y me gusta. Hasta cierto punto me excita equivocarme, tener la oportunidad de hacer algo mal, de echar a perder algo, de tirarlo al precipicio para empezar desde cero. Sólo que hasta ahora todo me ha salido tan bien, hasta lo indeseable sale a mi favor. Y cuando lo pienso comienzan mis crisis.
Tengo ganas de cagarla.
¿Se necesita ser candidato a la presidencia?
---
Un grito en la noche me despierta. No, no es mi consciencia. Son las pesadillas de quien duerme a mi lado. O sí, puede que sea.
---
Pero en cierta parte la estabilidad tiene algo placentero, aunque falto de emoción, placentero al fin. Más un placer mental que físico. Me gusta arriesgar. Echar toda la carne al asador. Toda la carne a las brasas. Toda la carne al sartén. Toda la carne... toda.
---
Me traje dos archivos Word para trabajar en mi artículo sobre el amor (oh, esa utópica palabra), pero tienen virus y no los puedo abrir. Me pregunto cuántos virus posee mi mente, mi corazón, que cuesta tanto abrirlos... supongo que mi cuerpo está vacunado.
---
Ahora me doy cuenta que todo es cíclico. Repetición tras repetición. Algunos sufren por el miedo al cambio, otros lo hacemos por miedo al estacionismo, a la quietud.
Nadie se atreva, siquiera, a corregir una coma de mi vida.
---
Salamanca, Valencia, París, Roma, Barcelona, Tijuana, D.F., todo es lo mismo. Pa' qué tanto chingado viaje, pues.
---
Soy sádica. Disfruto del sufrimiento ajeno. No de todos, por supuesto. Sólo es el alimento de mi ego, ¿tendría que ir a terapia? Todos en menor o mayor grado nos alegra pensar que alguien sufre por nosotros, ¿no es así? ¿o es que estoy enferma? Bah! la verdad la verdad... no me importa. Que vayan a terapia los malcogidos.
Tengo ganas de cagarla.
¿Se necesita ser candidato a la presidencia?
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Un grito en la noche me despierta. No, no es mi consciencia. Son las pesadillas de quien duerme a mi lado. O sí, puede que sea.
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Pero en cierta parte la estabilidad tiene algo placentero, aunque falto de emoción, placentero al fin. Más un placer mental que físico. Me gusta arriesgar. Echar toda la carne al asador. Toda la carne a las brasas. Toda la carne al sartén. Toda la carne... toda.
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Me traje dos archivos Word para trabajar en mi artículo sobre el amor (oh, esa utópica palabra), pero tienen virus y no los puedo abrir. Me pregunto cuántos virus posee mi mente, mi corazón, que cuesta tanto abrirlos... supongo que mi cuerpo está vacunado.
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Ahora me doy cuenta que todo es cíclico. Repetición tras repetición. Algunos sufren por el miedo al cambio, otros lo hacemos por miedo al estacionismo, a la quietud.
Nadie se atreva, siquiera, a corregir una coma de mi vida.
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Salamanca, Valencia, París, Roma, Barcelona, Tijuana, D.F., todo es lo mismo. Pa' qué tanto chingado viaje, pues.
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Soy sádica. Disfruto del sufrimiento ajeno. No de todos, por supuesto. Sólo es el alimento de mi ego, ¿tendría que ir a terapia? Todos en menor o mayor grado nos alegra pensar que alguien sufre por nosotros, ¿no es así? ¿o es que estoy enferma? Bah! la verdad la verdad... no me importa. Que vayan a terapia los malcogidos.
6.11.11
A mi padre siempre le gustó el box. Yo no entendía por qué se ensimismaba viendo a dos hombres pelear con los puños envueltos. Me preguntaba "¿a cuál le vas?" y yo siempre elegía el boxeador con los mejores pantaloncillos: nunca acertaba. "Va a perder" me decía mi padre, y siempre tenía razón.
Todos lo sábados lo veía sentarse frente al televisor con una cerveza Corona. En ocasiones gritaba improperios. En otras sólo observaba, callado, analizando los movimientos pugilísticos. Yo sólo veía a dos changos darse con todo y me fastidiaba estar viendo una pelea cuando podíamos ver una película. ¿Para qué tener tele de paga si solo ve el box?, me preguntaba. Pero, aún así, eran momentos que apreciaba. Estar a su lado, momentos íntimos que compartíamos, nadie más se sentaba a ver el ring con él. Ni su esposa, ni su amante, ni ninguna de sus cinco hijas. Sólo yo. El y yo viendo a dos boxeadores darse de trancazos.
No importaba si me gustaba o no. Estar a su lado en un momento que él tanto disfrutaba era mi recompensa. Perder siempre en las apuestas. Aunque recuerdo que un día el me hizo la misma pregunta, ¿a cuál le vas?, y coincidió que el que traía el short rojo (mi color favorito) era el bueno. Agachó la cabeza y me dijo "creo que ahora sí ganarás". Y lo hice. Siempre ganaba, aunque él no lo supiera, hasta que lo supo, meses antes de morir.
A mi padre le encantaba el box. Se sentaba ahí, en el cuarto de tele, con una cerveza Corona en la mano y otra libre para mi abrazo. Se emocionaba. Reía. Se enojaba. Me miraba. Con esa mirada íntima que regala quien sabe que está dando y recibiendo un obsequio.
Nunca fui su favorita. Mi hermana mayor, tal vez por ser la primera, era su consentida. Para ella fueron todos los regalos, todas las adulaciones. Pero tampoco fui víctima: era la favorita de mi mamá. Aunque como todo ser humano, ansiaba tener lo que no poseía, el favoritismo de mi padre. Sentir el orgullo paterno, y el box siempre fue un modo de obtenerlo.
Ahora, siempre que me siento a ver una pelea, con una cerveza en mi mano y la otra libre para el abrazo, lo recuerdo. Ya no le voy al que vista el short más bonito, ni con el color de mi preferencia, pero daría lo que fuera por ver una pelea, aunque sea un round, con mi padre y poder compartir con él esa pasión que hoy es también es mía.
Todos lo sábados lo veía sentarse frente al televisor con una cerveza Corona. En ocasiones gritaba improperios. En otras sólo observaba, callado, analizando los movimientos pugilísticos. Yo sólo veía a dos changos darse con todo y me fastidiaba estar viendo una pelea cuando podíamos ver una película. ¿Para qué tener tele de paga si solo ve el box?, me preguntaba. Pero, aún así, eran momentos que apreciaba. Estar a su lado, momentos íntimos que compartíamos, nadie más se sentaba a ver el ring con él. Ni su esposa, ni su amante, ni ninguna de sus cinco hijas. Sólo yo. El y yo viendo a dos boxeadores darse de trancazos.
No importaba si me gustaba o no. Estar a su lado en un momento que él tanto disfrutaba era mi recompensa. Perder siempre en las apuestas. Aunque recuerdo que un día el me hizo la misma pregunta, ¿a cuál le vas?, y coincidió que el que traía el short rojo (mi color favorito) era el bueno. Agachó la cabeza y me dijo "creo que ahora sí ganarás". Y lo hice. Siempre ganaba, aunque él no lo supiera, hasta que lo supo, meses antes de morir.
A mi padre le encantaba el box. Se sentaba ahí, en el cuarto de tele, con una cerveza Corona en la mano y otra libre para mi abrazo. Se emocionaba. Reía. Se enojaba. Me miraba. Con esa mirada íntima que regala quien sabe que está dando y recibiendo un obsequio.
Nunca fui su favorita. Mi hermana mayor, tal vez por ser la primera, era su consentida. Para ella fueron todos los regalos, todas las adulaciones. Pero tampoco fui víctima: era la favorita de mi mamá. Aunque como todo ser humano, ansiaba tener lo que no poseía, el favoritismo de mi padre. Sentir el orgullo paterno, y el box siempre fue un modo de obtenerlo.
Ahora, siempre que me siento a ver una pelea, con una cerveza en mi mano y la otra libre para el abrazo, lo recuerdo. Ya no le voy al que vista el short más bonito, ni con el color de mi preferencia, pero daría lo que fuera por ver una pelea, aunque sea un round, con mi padre y poder compartir con él esa pasión que hoy es también es mía.
3.11.11
De estrella sólo tenía el nombre, el peso, la rotación. Mas no así la luz propia, el placer de que otros cuerpos giraran en torno a ella. Su madre se lo puso, y no porque fuera el faro celestial que alumbrara su camino, sino porque ella siempre quiso llamarse así. Su nombre era Estela y nunca le gustó la idea de ser una sombra, sólo un halo, una luz que se difumina por el brillo constante y casi impedecedero de un astro en todo el sentido de la palabra. Cuando de chica, descubrió el verdadero significado de su nombre, decidió que su primera hija se llamaría Estrella. No Luna (un cuerpo tan pobre que depende del movimiento del sol y del planeta), no Sol (uno de los astros más pequeños del universo), sino Estrella (grandeza, luz, movimiento, líder).
Pero, como en estos casos suele suceder, su nombre no reflejaba su personalidad: opaca, pasiva, escuálida de peso completo.
Habló hasta muy tarde. Era la estrella ficticia, metafórica, de la familia, por lo que nunca necesito decir más de tres palabras seguidas para obtener lo que deseaba. ¿Para qué hacer el esfuerzo de enlazar palabras para conformar una oración? Nunca hubo necesidad. Pero cuando entró a la primaria se dio cuenta, o más bien, sus maestros se dieron cuenta de que algo le faltaba, de que no había brillo en sus ojos ni en su lengua. Y sentenciaron: no llegará muy lejos.
Pero se equivocaron. A pesar de su cuerpo de luna llena, tenía pies veloces, que no se detenían ante los
inminentes obstáculos callejeros. Las piernas comenzaron a enflacarle, mientras su lengua sufría de pereza y engordaba, haciendo más difícil su habla.
En cambio Estela le hizo honor a su nombre y se convirtió en la sombra de Estrella, en su cola de polvo y piedras que brillaba solo si a su hija se le daba la gana.
Cuando entró a la secundaria, sus compañeros se burlaban de ese músculo hinchado dentro de su boca, que sólo le funcionaba para degustar glotonamente todo tipo de comida chatarra. Fue cuando conoció a Ricardo quien sufría "el mal del astronauta". Sin saberlo su atención era llamada por todo aquello con forma de astro. Cuando conoció a Estrella no pudo dejar de admirar su redondez adolescente, su cuerpo en forma de esfera navideña.
Todavía no conocía el deseo, pero era el sentimiento más acercado a la lujuria con el que había tenido contacto. Los cráteres en la faz de Estrella le proporcionaban cierto cosquilleo reburbujeante que agitaba su dermis espacial. Ella no se daba por enterada, seguía deglutando, pero algo en le decía que tenía que comenzar a poner en movimiento su bizcosa y gorda lengua. No podría seguir soportando las jiribillas de sus compañeros de clase.
Un día Ricardo se decidió. Llegaría a esa estrella con o sin uniforme astronáutico. La blandura del cuerpo puberto, su opacidad constante contrastada con la brillantez de esa minúscula, silenciosa y carnosa lengua le obligaron a acercarse y preguntarle algo vanal. Estrella sólo contestó con un mugido casi imperceptible, pero eso bastó para que Ricardo la llamara a su mente en la noche, recordando su tierno gemido. Imaginó el movimiento de su lengua guardada en la cavidad casi hermética de su boca.
A estrella le pareció un poco extraño que un chico como Ricardo le dirigiera la palabra. Lo veía como un pobre diablo: flaco, tímido, sentado siempre en un rincón alejado del salón de clases. Desde ese momento comenzó a darle un poco más de atención. Para su sorpresa cada vez que ella volteaba a verlo con todo el disimulo posible, se topaba con la pared de los ojos de Ricardo. Fue cuando se dio cuenta que no dejaba de verla. Vez que lo miraba, vez que sus ojos le hacían una súplica desesperada. ¿De qué? No lo sabía, pero algo intenso se revolvía en su interior.
A Estrella comenzó a darle pena su lengua, sin saber que ese órgano era el "muso" de las noches más intensas de Ricardo. Comenzó a hacer esfuerzos incomesurables para moverla. Todos los días, en su casa, abría la boca y trataba de llevar su rojilla y tibia lengua al paladar, a pesar de los reproches de Estela. "Qué haces, Estrellita. Deja de hacer lo que sea que estés haciendo y ven a comer tu panquecito nocturno". Pero ella ya no quería comer, pero con tal de no tener que darle explicaciones a su madre -y ni que pudiera- tomaba la comida y la escondía en sus cajones para tirarla al día siguiente en la escuela.
Uno de esos días, Ricardo le preguntó si podía acompañarla a su casa. Estrella, ante la impotencia de no poder contestar, movió la cabeza afirmativamente. Ricardo pensó que era la mujer ideal, de esas sumisas que no hablan y complacen al hombre. Entonces vio su oportunidad. En un momento en que Estrella estaba desprevenida la jaló hacia sí y la besó. Lo único que deseaba era sentir la calidez de su robusta lengua, pero Estrella ante la verguenza de su gordinflona boca no separó los labios ni un milímetro. Esa noche Ricardo no pudo ponerse a tono, ¿era acaso que él le causaba repulsión?
Llegó el momento en que con mucho esfuerzo y dedicación, Estrella podía abrir la boca, emitir palabras y tocarse cada uno de sus dientes y molares con la punta de la lengua. Estaba satisfecha con ella misma y esperaba impaciente el acercamiento de Ricardo para mostrarle las destrezas que podía realizar dentro y fuera de sus labios. Pero a Ricardo se le había ido la pasión: Estrella había adelgazado, más que un astro parecía un cohete a punto de despegar, hablaba con soltura, como esas niñas con cabezas huecas, no dejaba nada a la imaginación y, lo pero de todo, esa magnífica lengua rechoncha, húmeda, ensalivada, glotona, pesada, guardada como en un refugio antinuclear, se había convertido en una lengua seca, sin chiste, sin voluptuosidad. Una lengua común y corriente.
Estrella comenzó a ser un astro en el salón de clases, ante la mirada atónita de sus compañeros. Y cuando volteaba a ver a Ricardo, quien le había dado su primer beso, este esquivaba la mirada con repulsión cegado ante la luz del astro solar.
Pero, como en estos casos suele suceder, su nombre no reflejaba su personalidad: opaca, pasiva, escuálida de peso completo.
Habló hasta muy tarde. Era la estrella ficticia, metafórica, de la familia, por lo que nunca necesito decir más de tres palabras seguidas para obtener lo que deseaba. ¿Para qué hacer el esfuerzo de enlazar palabras para conformar una oración? Nunca hubo necesidad. Pero cuando entró a la primaria se dio cuenta, o más bien, sus maestros se dieron cuenta de que algo le faltaba, de que no había brillo en sus ojos ni en su lengua. Y sentenciaron: no llegará muy lejos.
Pero se equivocaron. A pesar de su cuerpo de luna llena, tenía pies veloces, que no se detenían ante los
inminentes obstáculos callejeros. Las piernas comenzaron a enflacarle, mientras su lengua sufría de pereza y engordaba, haciendo más difícil su habla.
En cambio Estela le hizo honor a su nombre y se convirtió en la sombra de Estrella, en su cola de polvo y piedras que brillaba solo si a su hija se le daba la gana.
Cuando entró a la secundaria, sus compañeros se burlaban de ese músculo hinchado dentro de su boca, que sólo le funcionaba para degustar glotonamente todo tipo de comida chatarra. Fue cuando conoció a Ricardo quien sufría "el mal del astronauta". Sin saberlo su atención era llamada por todo aquello con forma de astro. Cuando conoció a Estrella no pudo dejar de admirar su redondez adolescente, su cuerpo en forma de esfera navideña.
Todavía no conocía el deseo, pero era el sentimiento más acercado a la lujuria con el que había tenido contacto. Los cráteres en la faz de Estrella le proporcionaban cierto cosquilleo reburbujeante que agitaba su dermis espacial. Ella no se daba por enterada, seguía deglutando, pero algo en le decía que tenía que comenzar a poner en movimiento su bizcosa y gorda lengua. No podría seguir soportando las jiribillas de sus compañeros de clase.
Un día Ricardo se decidió. Llegaría a esa estrella con o sin uniforme astronáutico. La blandura del cuerpo puberto, su opacidad constante contrastada con la brillantez de esa minúscula, silenciosa y carnosa lengua le obligaron a acercarse y preguntarle algo vanal. Estrella sólo contestó con un mugido casi imperceptible, pero eso bastó para que Ricardo la llamara a su mente en la noche, recordando su tierno gemido. Imaginó el movimiento de su lengua guardada en la cavidad casi hermética de su boca.
A estrella le pareció un poco extraño que un chico como Ricardo le dirigiera la palabra. Lo veía como un pobre diablo: flaco, tímido, sentado siempre en un rincón alejado del salón de clases. Desde ese momento comenzó a darle un poco más de atención. Para su sorpresa cada vez que ella volteaba a verlo con todo el disimulo posible, se topaba con la pared de los ojos de Ricardo. Fue cuando se dio cuenta que no dejaba de verla. Vez que lo miraba, vez que sus ojos le hacían una súplica desesperada. ¿De qué? No lo sabía, pero algo intenso se revolvía en su interior.
A Estrella comenzó a darle pena su lengua, sin saber que ese órgano era el "muso" de las noches más intensas de Ricardo. Comenzó a hacer esfuerzos incomesurables para moverla. Todos los días, en su casa, abría la boca y trataba de llevar su rojilla y tibia lengua al paladar, a pesar de los reproches de Estela. "Qué haces, Estrellita. Deja de hacer lo que sea que estés haciendo y ven a comer tu panquecito nocturno". Pero ella ya no quería comer, pero con tal de no tener que darle explicaciones a su madre -y ni que pudiera- tomaba la comida y la escondía en sus cajones para tirarla al día siguiente en la escuela.
Uno de esos días, Ricardo le preguntó si podía acompañarla a su casa. Estrella, ante la impotencia de no poder contestar, movió la cabeza afirmativamente. Ricardo pensó que era la mujer ideal, de esas sumisas que no hablan y complacen al hombre. Entonces vio su oportunidad. En un momento en que Estrella estaba desprevenida la jaló hacia sí y la besó. Lo único que deseaba era sentir la calidez de su robusta lengua, pero Estrella ante la verguenza de su gordinflona boca no separó los labios ni un milímetro. Esa noche Ricardo no pudo ponerse a tono, ¿era acaso que él le causaba repulsión?
Llegó el momento en que con mucho esfuerzo y dedicación, Estrella podía abrir la boca, emitir palabras y tocarse cada uno de sus dientes y molares con la punta de la lengua. Estaba satisfecha con ella misma y esperaba impaciente el acercamiento de Ricardo para mostrarle las destrezas que podía realizar dentro y fuera de sus labios. Pero a Ricardo se le había ido la pasión: Estrella había adelgazado, más que un astro parecía un cohete a punto de despegar, hablaba con soltura, como esas niñas con cabezas huecas, no dejaba nada a la imaginación y, lo pero de todo, esa magnífica lengua rechoncha, húmeda, ensalivada, glotona, pesada, guardada como en un refugio antinuclear, se había convertido en una lengua seca, sin chiste, sin voluptuosidad. Una lengua común y corriente.
Estrella comenzó a ser un astro en el salón de clases, ante la mirada atónita de sus compañeros. Y cuando volteaba a ver a Ricardo, quien le había dado su primer beso, este esquivaba la mirada con repulsión cegado ante la luz del astro solar.
16.10.11
Un árbol retorcido entre el dulzor y la sal
las ramas crecen confusas
y se llenan de amantes anfibios
se amarran a las raíces
las raíces...
esas que han visto huracanes
y maremotos
esas que se aferran a la tierra
pero andan placenteramente
como en su casa
entre el agua
que no es salada ni dulce
que no es calma ni tempestad.
Su cuerpo pesado se mece
a merced de vientos y mareas
todos los elementos lo complacen:
agua, tierra, aire y sol
son sus súbditos.
Soy un árbol, un manglar
seducida por tu anfibio encanto.
Te ataré a mis raíces
con la tibia sensación melosa en tu paladar
pero de salitroso sudor.
Te suspenderé en mi tranquilidad
cuando las tomentas acechen nuestra tierra.
Una agitación pasiva y constante
dará sombra
al más retorcido de nuestros deseos.
Amárrate a mis raíces
introducidas en la cálida humedad
de mis aguas
agarradas de la fertilidad
de mi suelo
material desmenuzable
Yo te sujetaré, seré tu ancla
poseeré tu disfrute
aspiraré tus elementos
para nutrir mis ramas
y consolidar nuestro santuario
de hábitat tropical
las ramas crecen confusas
y se llenan de amantes anfibios
se amarran a las raíces
las raíces...
esas que han visto huracanes
y maremotos
esas que se aferran a la tierra
pero andan placenteramente
como en su casa
entre el agua
que no es salada ni dulce
que no es calma ni tempestad.
Su cuerpo pesado se mece
a merced de vientos y mareas
todos los elementos lo complacen:
agua, tierra, aire y sol
son sus súbditos.
Soy un árbol, un manglar
seducida por tu anfibio encanto.
Te ataré a mis raíces
con la tibia sensación melosa en tu paladar
pero de salitroso sudor.
Te suspenderé en mi tranquilidad
cuando las tomentas acechen nuestra tierra.
Una agitación pasiva y constante
dará sombra
al más retorcido de nuestros deseos.
Amárrate a mis raíces
introducidas en la cálida humedad
de mis aguas
agarradas de la fertilidad
de mi suelo
material desmenuzable
Yo te sujetaré, seré tu ancla
poseeré tu disfrute
aspiraré tus elementos
para nutrir mis ramas
y consolidar nuestro santuario
de hábitat tropical
9.10.11
Cada vez un espacio más pequeño. Con cada mudanza una unión más íntima. Una certeza de acompañamiento. En la cocina tu cuerpo se une a mi trastero. En el comedor nos alimentamos del mismo tabaco. Respiramos el mismo vapor en el baño. Las luchas cuerpo a cuerpo se hacen presentes en la habitación.
Somos un rompecabezas amorfo. Fragmentos que se unen. Se distorcionan. Encajan sus variadas formas de espejos. Mi pie en tu pierna. Tu cabeza sostenida por mi pecho. Mis dientes muerden tus orejas. Tus dedos aprisionan mi intimidad.
Somos una bola de cristal hecha añicos. Hacedores de nuestro futuro. Rompemos los hechizos del pasado. Perseguimos los mismos diminutos fantasmas. Los escuchamos de madrugada. Juegan en el techo de nuestra habitación, ruidos como goteras nos escupen e interrumpen nuestros sueños. ¿Escuchaste? Es el sonido de nuestros pensamientos que discuten mientras condecendemos en la cama.
Somos un nido de ligas. Separas una. Separo otra. Se retuerce pero no pierde su forma. Al estrellarnos rebotamos cada vez más alto. Cada vez más. Rompemos el sintetismo. ¿Pero qué es el plástico separado? Tiras solitarias de polímero. El gato del destino nos toma por juguete. Nos araña. Sólo logra la contracción de nuestros cuerpos.
Somos los cuartos que hemos habitado. Cada espacio donde hemos vivido. Nuestra esencia es consumida por las paredes de diversos mundos. Vamos paralelos pero coincidiendo. Somos los baratos hoteles donde hemos sido huéspedes. Esas llaves que nos han abierto sus puertas y los guardianes letreros de "no molestar".
Somos el pasar de los años. Las miradas contenidas en los silencios. La búsqueda eterna de las palabras. Los encontronazos de voces que se alejan para regresar más unidas. Soy tus manos pequeñas y tibias. Eres mis ojos sorprendidos. Soy tu diminuta nariz airosa. Eres mis pies grandilocuentes.
Mi casa es pequeña. Amueblada. Sencilla. Ventilada. Luminosa. Mi casa somos. Mi casa eres.
Somos un rompecabezas amorfo. Fragmentos que se unen. Se distorcionan. Encajan sus variadas formas de espejos. Mi pie en tu pierna. Tu cabeza sostenida por mi pecho. Mis dientes muerden tus orejas. Tus dedos aprisionan mi intimidad.
Somos una bola de cristal hecha añicos. Hacedores de nuestro futuro. Rompemos los hechizos del pasado. Perseguimos los mismos diminutos fantasmas. Los escuchamos de madrugada. Juegan en el techo de nuestra habitación, ruidos como goteras nos escupen e interrumpen nuestros sueños. ¿Escuchaste? Es el sonido de nuestros pensamientos que discuten mientras condecendemos en la cama.
Somos un nido de ligas. Separas una. Separo otra. Se retuerce pero no pierde su forma. Al estrellarnos rebotamos cada vez más alto. Cada vez más. Rompemos el sintetismo. ¿Pero qué es el plástico separado? Tiras solitarias de polímero. El gato del destino nos toma por juguete. Nos araña. Sólo logra la contracción de nuestros cuerpos.
Somos los cuartos que hemos habitado. Cada espacio donde hemos vivido. Nuestra esencia es consumida por las paredes de diversos mundos. Vamos paralelos pero coincidiendo. Somos los baratos hoteles donde hemos sido huéspedes. Esas llaves que nos han abierto sus puertas y los guardianes letreros de "no molestar".
Somos el pasar de los años. Las miradas contenidas en los silencios. La búsqueda eterna de las palabras. Los encontronazos de voces que se alejan para regresar más unidas. Soy tus manos pequeñas y tibias. Eres mis ojos sorprendidos. Soy tu diminuta nariz airosa. Eres mis pies grandilocuentes.
Mi casa es pequeña. Amueblada. Sencilla. Ventilada. Luminosa. Mi casa somos. Mi casa eres.
2.10.11
Anoche volviste a aparecer en mis sueños. Tal vez sea mi subconsciente que no me perdona lo que mi superyo superó. Es más, ni siquiera lo superó porque nunca pensó que estuviera en un error. Nos hermanábamos como grandes compañeras. Un sueño imposible. Por un momento me caíste bien y bromeamos de todo lo sucedido. No sé por qué te presentas en las noches. Sobre todo en esas noches que más suelo disfrutar. Que me duermo con una sonrisa expuesta a la oscuridad.
Ha sido un buen día. El clima, los hechos, la comida, las compras. Ahora estoy aquí tratando de escribir un sueño sin escribirlo. Sin detallarlo. Porque lo importante son las sensaciones. Los sentimientos.
Pero ayer, a mediodía, estuve enojada: tenemos que deshabitar el departamento que alquilamos recién llegados a la capital. Me enoja cuando las personas quieren abusar con máscaras de lealtad y honorabilidad. Cuando lo que hay detrás de la careta es un látigo sostenido por el verdugo, a punto de atacar contra la piel suave y melosa de la víctima habitacional.
No hay de otra. Lo sé. Lo intenté. Perdí.
Pero en otros aspectos he ganado. Gané a la soledad y a la amargura.
Un niño hace la diferencia cuando sustituye el dolor por llanto hambruno. Un niño hace la diferencia cuando la única sonrisa sostenida y espontánea es la de él. Un niño hace la diferencia en el día. Pero en la noche, cuando los demonios dejan de habitar las sombras para deambular alrededor de tu cama, el niño estará durmiéndo plácidamente con una sonrisa sostenida en la oscuridad, y tus demonios seguirán siendo los mismos espíritus que te aquejan y ese niño no podrá hacer diferencia alguna en la soledad y amargura.
He ganado. Una de tantas batallas. Sé que no la guerra.
Ha sido un buen día. El clima, los hechos, la comida, las compras. Ahora estoy aquí tratando de escribir un sueño sin escribirlo. Sin detallarlo. Porque lo importante son las sensaciones. Los sentimientos.
Pero ayer, a mediodía, estuve enojada: tenemos que deshabitar el departamento que alquilamos recién llegados a la capital. Me enoja cuando las personas quieren abusar con máscaras de lealtad y honorabilidad. Cuando lo que hay detrás de la careta es un látigo sostenido por el verdugo, a punto de atacar contra la piel suave y melosa de la víctima habitacional.
No hay de otra. Lo sé. Lo intenté. Perdí.
Pero en otros aspectos he ganado. Gané a la soledad y a la amargura.
Un niño hace la diferencia cuando sustituye el dolor por llanto hambruno. Un niño hace la diferencia cuando la única sonrisa sostenida y espontánea es la de él. Un niño hace la diferencia en el día. Pero en la noche, cuando los demonios dejan de habitar las sombras para deambular alrededor de tu cama, el niño estará durmiéndo plácidamente con una sonrisa sostenida en la oscuridad, y tus demonios seguirán siendo los mismos espíritus que te aquejan y ese niño no podrá hacer diferencia alguna en la soledad y amargura.
He ganado. Una de tantas batallas. Sé que no la guerra.
25.9.11
Al principio fue emoción. Un tipo de adrenalina recorrió mi cuerpo. Después orgullo. De ser quien soy, de donde provengo. Siguió la desesperación, el enojo, el dolor. Ahora todo termina en indiferencia.
Comprendo, una vez más (pero cada vez con más arraigo, más sensatez), que no te necesito. Que estuve ahí sin estarlo porque así lo quise. No me gusta inmiscuirme en reuniones sin apetito. Y nunca tuve el hambre para entrar. Para hacerme parte de.
Está bien. Tal vez en un momento fugaz sí quise ser parte de algo. Pero me gusta mi soledad. Ese es el gran hecho. Nunca he estado dispuesta a sonreir sin ganas, a alabar lo inalabable, a comentar la inmundicia. Este es mi pago: la soledad. El mejor cheque que he recibido.
Puedo poner nombres y borrarlos a mi antojo. Puedo destrozarlo y rehacerlo. Por eso estoy aquí. Lejos. Me vine huyendo de ti. De tus dioses falsamente misteriosos y divinos para crear los míos. Que no son menos falsos, pero que me pertenecen y están a mi merced.
No necesito pasar por esto una vez más. Puedes salir por donde te colaste: rendijas astutas de mi memoria desdentada. Puedes devolverte como llegaste: arrastrándote para llegar a mi consciente desde las penumbras del olvido.
No volveré al negro. Y no me molesta que mis palabras te hagan chillar. Si la sangre no te detuvo en el umbral de mi orgullo, no detendré los golpes a tu cuerpo potentemente deshilachado.
Comprendo, una vez más (pero cada vez con más arraigo, más sensatez), que no te necesito. Que estuve ahí sin estarlo porque así lo quise. No me gusta inmiscuirme en reuniones sin apetito. Y nunca tuve el hambre para entrar. Para hacerme parte de.
Está bien. Tal vez en un momento fugaz sí quise ser parte de algo. Pero me gusta mi soledad. Ese es el gran hecho. Nunca he estado dispuesta a sonreir sin ganas, a alabar lo inalabable, a comentar la inmundicia. Este es mi pago: la soledad. El mejor cheque que he recibido.
Puedo poner nombres y borrarlos a mi antojo. Puedo destrozarlo y rehacerlo. Por eso estoy aquí. Lejos. Me vine huyendo de ti. De tus dioses falsamente misteriosos y divinos para crear los míos. Que no son menos falsos, pero que me pertenecen y están a mi merced.
No necesito pasar por esto una vez más. Puedes salir por donde te colaste: rendijas astutas de mi memoria desdentada. Puedes devolverte como llegaste: arrastrándote para llegar a mi consciente desde las penumbras del olvido.
No volveré al negro. Y no me molesta que mis palabras te hagan chillar. Si la sangre no te detuvo en el umbral de mi orgullo, no detendré los golpes a tu cuerpo potentemente deshilachado.
18.9.11
Los volcanes tienen algo. Tal vez sea la nieve. Tal vez sea que no se quejen. Que estén ahí inmutables en la mutación. Han visto todo. Lo han vivido todo. Lo saben. Ellos lo saben mejor que nadie. Mejor que ellos mismos. Son dioses y necesitan de carne para alimentarse. Deidades en calma que exigen tributos. Los hombres les han perdido el respeto. Ya no temen a que exploten. Y lo harán.
Montículos de tierra caníbal. Arrojan su baba rojiza al vacío de la humanidad. Con su semen caliente marcan su territorio. Lo destrozan. Para volver en calma a su inmutación por unos siglos más.
Ahí están. Sentados. Sigilosos. Espectantes. Nos observan.
Un volcán nunca olvida. Un volcán tiene memoria de elefante. Y cuando suelten las lágrimas. Cuando comience a llorar el desencuentro humano. Será la imagen con la que el hombre se duerma. Será el murmullo estridente en los labios abyectos, abiertos eternamente, la música última de sus violines, los que escucharemos de fondo cuando todo haya terminado. Cuando pasen los créditos. Y entonces no haya más nada.
Montículos de tierra caníbal. Arrojan su baba rojiza al vacío de la humanidad. Con su semen caliente marcan su territorio. Lo destrozan. Para volver en calma a su inmutación por unos siglos más.
Ahí están. Sentados. Sigilosos. Espectantes. Nos observan.
Un volcán nunca olvida. Un volcán tiene memoria de elefante. Y cuando suelten las lágrimas. Cuando comience a llorar el desencuentro humano. Será la imagen con la que el hombre se duerma. Será el murmullo estridente en los labios abyectos, abiertos eternamente, la música última de sus violines, los que escucharemos de fondo cuando todo haya terminado. Cuando pasen los créditos. Y entonces no haya más nada.
11.9.11
Los taladros exteriores reflejan mis taladros internos.
Bendito el metal que corta el asfalto.
Maldito el pensamiento que agujerea mi tranquilidad.
El ruido físico, ese de ondas sonaramente curvas,
es una pequeña muestra del metafísico,
ese de ondas silenciosamente mortales.
Y si no estuviera aquí, ¿qué?
Estridentismo molecular.
El duelo de dos miedos
que se superponen
Una sensación molestamente
apacible y descarada
llamativamente
mansa y chirriante.
Me voy, ¿y qué?
No hay destemplenza en ese vaho musical
que es el ruido.
La estática mental y mecánica
equilibra mi ley sin mudanza
con la condición benigna y suave
de un animal en celo.
Y si nunca hubiera estado, ¿qué?
Apacible, sosegada, tranquila
un ganado de personas
rumbo a mi colmena
El efecto de ganar
es la mejor anestesia,
el recipiente construido
para un habitáculo de estrellas:
enjambre natural
privación general
artificialmente producida.
Estoy aquí
el sonido inarticulado es mi compañía
la gran pendencia de las cosas
sin importancia.
Soy sólo un hombre
que interfiere el tráfico
de una riña de palabras.
Bendito el metal que corta el asfalto.
Maldito el pensamiento que agujerea mi tranquilidad.
El ruido físico, ese de ondas sonaramente curvas,
es una pequeña muestra del metafísico,
ese de ondas silenciosamente mortales.
Y si no estuviera aquí, ¿qué?
Estridentismo molecular.
El duelo de dos miedos
que se superponen
Una sensación molestamente
apacible y descarada
llamativamente
mansa y chirriante.
Me voy, ¿y qué?
No hay destemplenza en ese vaho musical
que es el ruido.
La estática mental y mecánica
equilibra mi ley sin mudanza
con la condición benigna y suave
de un animal en celo.
Y si nunca hubiera estado, ¿qué?
Apacible, sosegada, tranquila
un ganado de personas
rumbo a mi colmena
El efecto de ganar
es la mejor anestesia,
el recipiente construido
para un habitáculo de estrellas:
enjambre natural
privación general
artificialmente producida.
Estoy aquí
el sonido inarticulado es mi compañía
la gran pendencia de las cosas
sin importancia.
Soy sólo un hombre
que interfiere el tráfico
de una riña de palabras.
6.9.11
—Está demasiado deprimida, compréndela –escribió mi madre por el chat.
---
Hay veces en que no tengo ganas de comprender a los demás. No necesito entenderlos. No deseo darles palabras de aliento. Charlatanería. Me aburre que las personas se depriman. Me molesta que entren en un hoyo negro. Más cuando me levanto con ánimo y optimismo. Más en esos momentos. Cuando estoy en la gloria y tengo que soportar los problemas de alguien más. Sus desvelos. Sus desencuentros. Sus búsquedas interiores e infernales.
Hoy no tengo ganas de escucharlos.
Hoy de lo que realmente tengo ganas es...
de que me sangren los nudillos de las manos
de que me duelan los huesos mientras grito
de que me tiemblen las comisuras de los labios por un beso no dado
de masturbarme sin llegar al orgasmo
de enojarme tanto conmigo misma que no pueda ni verme al espejo sin dejar de escupirme
de quemar los cuerpos perfectos de las revistas de moda
de correr sobre vidrios estrellados bajo mis dedos
de escuchar heavy metal mientras duermo pesadillezcamente
de romper una a una las hojas de los diccionarios
de que se sequen mis retinas y no pueda ya bajar los párpados que las contienen
de estrellar el monitor contra la cabeza de mis compañeros
de orinar con sabor a miel y revolcarme en el dulzor del migitorio
de escribir historias grotezcamente románticas
de no comprender a ningún deprimido más
de hacer con todos los poetas una sola película snuff
---
Después de platicar con mi madre tuve que correr al baño de la oficina. A orinar por los lagrimales. De puro coraje. De puro. Amor propio. Y una razón específica no había. Sólo que estoy lejos. Que hoy me dieron oficialmente mi dirección. Y no pude contener la sorpresa cuando leí Distrito Federal y no mi querida Tijuana. Pero a la vez algo se llenó de felicidad. Y me odié. No en ese momento. Pero debí de haberme odiado.
El excusado se levó los últimos residuos ojales tijuanense dentro de mí.
Iván me llamó por teléfono. —Quería escuchar un acento familiar, pero ya hablas como chilanga.
No reí. Callé.
---
—Pero me tienes a mí.
A quién. La soledad, la alegría, la agustia, el miedo son personales. No se comparten. Se quedan aquí. Dentro. Lo puedes decir con palabras. Puede parecer que se aminora la carga. Pero los residuos internos no se pueden lavar. Cochambre de grasa interna. Las cucarachas comienzan a alimentarse de mi.
---
—Está demasiado deprimida, compréndela –escribió mi madre por el chat.
—Sí, má. Discúlpame. No sé en qué estaba pensando.
—Entonces, ¿todo bien?
—Si, má. No te preocupes –atino a escribir con los nudillos sangrando.
---
Hay veces en que no tengo ganas de comprender a los demás. No necesito entenderlos. No deseo darles palabras de aliento. Charlatanería. Me aburre que las personas se depriman. Me molesta que entren en un hoyo negro. Más cuando me levanto con ánimo y optimismo. Más en esos momentos. Cuando estoy en la gloria y tengo que soportar los problemas de alguien más. Sus desvelos. Sus desencuentros. Sus búsquedas interiores e infernales.
Hoy no tengo ganas de escucharlos.
Hoy de lo que realmente tengo ganas es...
de que me sangren los nudillos de las manos
de que me duelan los huesos mientras grito
de que me tiemblen las comisuras de los labios por un beso no dado
de masturbarme sin llegar al orgasmo
de enojarme tanto conmigo misma que no pueda ni verme al espejo sin dejar de escupirme
de quemar los cuerpos perfectos de las revistas de moda
de correr sobre vidrios estrellados bajo mis dedos
de escuchar heavy metal mientras duermo pesadillezcamente
de romper una a una las hojas de los diccionarios
de que se sequen mis retinas y no pueda ya bajar los párpados que las contienen
de estrellar el monitor contra la cabeza de mis compañeros
de orinar con sabor a miel y revolcarme en el dulzor del migitorio
de escribir historias grotezcamente románticas
de no comprender a ningún deprimido más
de hacer con todos los poetas una sola película snuff
---
Después de platicar con mi madre tuve que correr al baño de la oficina. A orinar por los lagrimales. De puro coraje. De puro. Amor propio. Y una razón específica no había. Sólo que estoy lejos. Que hoy me dieron oficialmente mi dirección. Y no pude contener la sorpresa cuando leí Distrito Federal y no mi querida Tijuana. Pero a la vez algo se llenó de felicidad. Y me odié. No en ese momento. Pero debí de haberme odiado.
El excusado se levó los últimos residuos ojales tijuanense dentro de mí.
Iván me llamó por teléfono. —Quería escuchar un acento familiar, pero ya hablas como chilanga.
No reí. Callé.
---
—Pero me tienes a mí.
A quién. La soledad, la alegría, la agustia, el miedo son personales. No se comparten. Se quedan aquí. Dentro. Lo puedes decir con palabras. Puede parecer que se aminora la carga. Pero los residuos internos no se pueden lavar. Cochambre de grasa interna. Las cucarachas comienzan a alimentarse de mi.
---
—Está demasiado deprimida, compréndela –escribió mi madre por el chat.
—Sí, má. Discúlpame. No sé en qué estaba pensando.
—Entonces, ¿todo bien?
—Si, má. No te preocupes –atino a escribir con los nudillos sangrando.
28.8.11
La tarde es gris y no tengo limitantes.
La música de un vagabundo suena en mis oídos.
Necesito límites
límites para escribir.
Presión.
Alguien que destruya mis textos
para tratar de ensamblar las piezas
que le hacen falta.
Una vez más.
Esta no será la vez última
ni la tercera.
Los signos de puntuación me obligan
a reinventarlos
hacerlos a un lado
para después volver a ellos
sumisa y con la mirada gacha
les pido perdón por olvidarlos.
La tarde es gris.
Pero arde por dentro
como un clímax a punto de llegar.
Quisiera darle me gusta
marcarlo como favorito
buscar a mis amigos
comentar sus comentarios
Pero estoy sola aquí.
Solamente acompañada
por la lluvia torrencial
que inunda mis ideas.
Me pasé de los ciento cuarenta.
Ya no me alcanza para seguir
escribiendo
que la tarde es gris
y que se llena de su propio flujo.
Editar. Editar.
Las ideas encajonadas
en un recuadro
que no alcanza para controlar
la verborrea que contengo.
La tarde es gris
¿a quién chingados
le interesa?
La música de un vagabundo suena en mis oídos.
Necesito límites
límites para escribir.
Presión.
Alguien que destruya mis textos
para tratar de ensamblar las piezas
que le hacen falta.
Una vez más.
Esta no será la vez última
ni la tercera.
Los signos de puntuación me obligan
a reinventarlos
hacerlos a un lado
para después volver a ellos
sumisa y con la mirada gacha
les pido perdón por olvidarlos.
La tarde es gris.
Pero arde por dentro
como un clímax a punto de llegar.
Quisiera darle me gusta
marcarlo como favorito
buscar a mis amigos
comentar sus comentarios
Pero estoy sola aquí.
Solamente acompañada
por la lluvia torrencial
que inunda mis ideas.
Me pasé de los ciento cuarenta.
Ya no me alcanza para seguir
escribiendo
que la tarde es gris
y que se llena de su propio flujo.
Editar. Editar.
Las ideas encajonadas
en un recuadro
que no alcanza para controlar
la verborrea que contengo.
La tarde es gris
¿a quién chingados
le interesa?
14.8.11
Las personas viven inmersas en su pasado. ¿Por qué negarse a mirar el presente y aprovechar todo lo que se pueda? Personalmente, sí, soy una mujer que mira al pasado, pero no para añorar, sólo para recordar lo que soy y porqué lo soy. No olvidar mis orígenes, no criticar a la gente tan duramente por sus acciones. Siempre hay un por qué. Pero no entiendo a quienes se quedan estancados. Inmersos.
Hay que seguir adelante.
Hay que seguir adelante.
24.3.11
Los pasos
7:00 a.m.
¿Me levanto o no? La misma pregunta de todos los días. No hay que pensar, sólo hacer. Acción. Acción. Pensar las cosas la mayoría de las veces te lleva a no hacer nada. Hay que dejarse llevar, pero no por la corriente.
7:15 a.m.
Llego al parque. Pocas personas caminando, aun menos corriendo. Ejercicio de calentamiento. Comienzo a caminar. Suave clima templado estalla en mi faz mañanera. Sólo pienso en no pensar, que mis pasos guien la desesperación de mi alma, los 28 años a cuestas, mi espalda que carga la cruz de la lejanía y la ausencia elegida.
7:30 a.m.
Estoy lista. Todo está en calma. Ha llegado más gente, pero no los veo. La música en mis oídos me llama a comenzar un día más. Corre. Corre. Y corro. La angustia se deshace con cada talonazo en el suelo. Me sacudo el polvo abismal. Me interpreto. Me reinvento en cada respiración. Exhalo rencores, aspiro oportunidades. Retos. Me siento viva.
8:00 a.m.
Hora de partir. Hora del hogar. Un baño cálido rediseña mi estructura muscular. Resbala sobre mi piel la angustia. Y se va por el caño, de donde salió. La blanda sensación de mis labios sobre los suyos. Y un día que pinta será más que mejor.
¿Me levanto o no? La misma pregunta de todos los días. No hay que pensar, sólo hacer. Acción. Acción. Pensar las cosas la mayoría de las veces te lleva a no hacer nada. Hay que dejarse llevar, pero no por la corriente.
7:15 a.m.
Llego al parque. Pocas personas caminando, aun menos corriendo. Ejercicio de calentamiento. Comienzo a caminar. Suave clima templado estalla en mi faz mañanera. Sólo pienso en no pensar, que mis pasos guien la desesperación de mi alma, los 28 años a cuestas, mi espalda que carga la cruz de la lejanía y la ausencia elegida.
7:30 a.m.
Estoy lista. Todo está en calma. Ha llegado más gente, pero no los veo. La música en mis oídos me llama a comenzar un día más. Corre. Corre. Y corro. La angustia se deshace con cada talonazo en el suelo. Me sacudo el polvo abismal. Me interpreto. Me reinvento en cada respiración. Exhalo rencores, aspiro oportunidades. Retos. Me siento viva.
8:00 a.m.
Hora de partir. Hora del hogar. Un baño cálido rediseña mi estructura muscular. Resbala sobre mi piel la angustia. Y se va por el caño, de donde salió. La blanda sensación de mis labios sobre los suyos. Y un día que pinta será más que mejor.
20.3.11
Reflejos
Esa niña se parece a la infante que era hace décadas.
Esa niña va sentada en el vagón del metro frente a mi.
Me regala una mirada sincera.
Una sonrisa ingenua.
Y me recuerda la espontaneidad de mis tiempos.
Cuando creía que la vida era complicada.
(Siempre se cree que no puede ser más complicada de lo
que ya es, pero se puede, siempre se puede)
Me ve indecisa, como temiendo su futuro.
Observa el muro de acero a mi alrededor.
En sus ojos hay un horror a repetir mis patrones.
Pero nadie puede escapar a su destino.
Le digo con la mirada.
Y entablamos una conversación.
Como si fuera un monólogo interno.
Como si desaparecieran las fronteras.
La ingenuidad y la perversidad van unidas.
Una ligera frontera las separa.
Désas que una no cae en cuenta.
Hasta que cae.
Cae. Cae. Cae.
Y el castillo de papel se derrumba ante nuestros ojos.
Alcanzo a ver una pequeña súplica en sus ojos.
Antes de que su madre la tome de la mano.
Y salga por las puertas naranjas.
De los vagones que conforman la vida.
Antes de que llegue a su casa.
Donde una familia disfuncional la espera.
Donde la ausencia del padre se hace presente.
Sola ante el encierro de la gradeza de mi infancia.
Esa niña va sentada en el vagón del metro frente a mi.
Me regala una mirada sincera.
Una sonrisa ingenua.
Y me recuerda la espontaneidad de mis tiempos.
Cuando creía que la vida era complicada.
(Siempre se cree que no puede ser más complicada de lo
que ya es, pero se puede, siempre se puede)
Me ve indecisa, como temiendo su futuro.
Observa el muro de acero a mi alrededor.
En sus ojos hay un horror a repetir mis patrones.
Pero nadie puede escapar a su destino.
Le digo con la mirada.
Y entablamos una conversación.
Como si fuera un monólogo interno.
Como si desaparecieran las fronteras.
La ingenuidad y la perversidad van unidas.
Una ligera frontera las separa.
Désas que una no cae en cuenta.
Hasta que cae.
Cae. Cae. Cae.
Y el castillo de papel se derrumba ante nuestros ojos.
Alcanzo a ver una pequeña súplica en sus ojos.
Antes de que su madre la tome de la mano.
Y salga por las puertas naranjas.
De los vagones que conforman la vida.
Antes de que llegue a su casa.
Donde una familia disfuncional la espera.
Donde la ausencia del padre se hace presente.
Sola ante el encierro de la gradeza de mi infancia.
11.2.11
Tiempo de oscuridad
El ser pequeño que habita dentro de mí, ése que contradice las normas y la ética; el que me dice que haga todo lo contrario a lo que "debo" hacer; el que estuvo dormido por tres años... está despertando.
No me agrada. Odio escucharlo. Odio sentirlo. Impotencia. Quiero que se mantenga en su hibernación. Que no regrese. Maldito gnomo infernal. Estoy muy bien. Pero escucho sus palabras. Lejanas. Provienen de un abismo de soledad e incertdumbre, donde no quiero asomarme una vez más.
Pone mi mente en blanco cuando debería de estar trabajando y le da trabajo cuando debería de estar en blanco, sintiendo sin pensar.
Esta historia me suena conocida y no. Es otra etapa. No lo dejaré salir. Debo de ser fuerte. Comprender que la vida no es miel sobre hojuela... miel sobre hojuelas...
Alguien conocido desde la niñez despierta dentro de mí. Es el pequeño monstruo que desea hacer maldades. Todavía no sé qué tipo de travesuras, pero estoy segura que no es nada bueno.
Quiero golpear a alguien, pegarle hasta ver mis puños sangrar.
No soy yo... ¿o sí?
No me agrada. Odio escucharlo. Odio sentirlo. Impotencia. Quiero que se mantenga en su hibernación. Que no regrese. Maldito gnomo infernal. Estoy muy bien. Pero escucho sus palabras. Lejanas. Provienen de un abismo de soledad e incertdumbre, donde no quiero asomarme una vez más.
Pone mi mente en blanco cuando debería de estar trabajando y le da trabajo cuando debería de estar en blanco, sintiendo sin pensar.
Esta historia me suena conocida y no. Es otra etapa. No lo dejaré salir. Debo de ser fuerte. Comprender que la vida no es miel sobre hojuela... miel sobre hojuelas...
Alguien conocido desde la niñez despierta dentro de mí. Es el pequeño monstruo que desea hacer maldades. Todavía no sé qué tipo de travesuras, pero estoy segura que no es nada bueno.
Quiero golpear a alguien, pegarle hasta ver mis puños sangrar.
No soy yo... ¿o sí?
10.1.11
Me dejé llevar, no luché contracorriente.
Me sumergí, dejé de respirar. La corriente me llevó, como vil camarón dormido.
Y fue estupendo.
Dejar de pensar, y sentir, sentir hasta que la piel me doliera.
Una caminata a cinco grados. La piel revive. La mente rejuvenece. Después de los minutos de odio y venganza, vino la paz y la comprensión.
Todo pasa, aunque tratemos de retener el tiempo, aunque duela en las entrañas el pasado, lo cierto es que no hay caso.
Un respiro.
Una buena rolita.
Despertar eternamente.
Pero vivir en la ensoñación convulsa y casi apopléjica. Ya no importa.
Las cosas alrededor pueden volverse un papalote, dejar de existir. Yo misma puedo hacerlo.
No importa.
He vivido al límite. Me gusta arriesgar.
Apostarme.
Hasta reventar.
12.12.10
Reflexiones escriturales
Ayer aprendí algo nuevo de la fotografía, aunque no es algo que no supiera del arte en general. Nada está escrito, todo puede hacerse, no hay límites más que los que uno mismo se pone. Uno es su peor juez, su represor más astuto, su limitante más fuerte.
Siempre me ha gustado la fotografía, el arte en general, pero yo soy la primera en ponerme las barreras necesarias para no hacer lo que se me plazca, lo que se me venga en gana; siempre están mis ojos juiciosos y quisquillosos detrás de mi obra sin manufacturar. Debo liberarme de mí misma, de mis prejuicios, dejarme ser tal y como soy, despertar mi inoconsciente, anesteciar a mi yo, a mi ego que quiere hacer todo perfecto, sin errores, ¿será mi complejo de correctora? Siempre estar tras la sombra del escritor, decir "esto lo hubiera hecho mejor", pero no dar el paso para así realizarlo.
Palabras, todo queda en palabras. Mi arte se reduce a mi mente, al acompañamiento de las ideas intangibles. Comenzaré a calentar mis dedos fríos. Ponerlos en movimiento, ejercitárlos, incitarlos a la agonía placentara de la escritura. Dejar de ser para que salga la verdadera yo, materializar lo no material.
Soy una madre regañona, de esas que dice "no te agarres ahí, es sucio". Lo peor es que no puedo dar a luz, no me lo permito, me está vedado.
El primer acto de la obra está comenzado. Hay que escribir el segundo.
Siempre me ha gustado la fotografía, el arte en general, pero yo soy la primera en ponerme las barreras necesarias para no hacer lo que se me plazca, lo que se me venga en gana; siempre están mis ojos juiciosos y quisquillosos detrás de mi obra sin manufacturar. Debo liberarme de mí misma, de mis prejuicios, dejarme ser tal y como soy, despertar mi inoconsciente, anesteciar a mi yo, a mi ego que quiere hacer todo perfecto, sin errores, ¿será mi complejo de correctora? Siempre estar tras la sombra del escritor, decir "esto lo hubiera hecho mejor", pero no dar el paso para así realizarlo.
Palabras, todo queda en palabras. Mi arte se reduce a mi mente, al acompañamiento de las ideas intangibles. Comenzaré a calentar mis dedos fríos. Ponerlos en movimiento, ejercitárlos, incitarlos a la agonía placentara de la escritura. Dejar de ser para que salga la verdadera yo, materializar lo no material.
Soy una madre regañona, de esas que dice "no te agarres ahí, es sucio". Lo peor es que no puedo dar a luz, no me lo permito, me está vedado.
El primer acto de la obra está comenzado. Hay que escribir el segundo.
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