Me preocupas.
Al mal paso darle prisa.
No hay mal que por bien no venga.
Después de la tempestad llega la calma.
¡Ánimo!
Puedes contar conmigo.
Cuando una puerta se cierra se abre una ventana.
Todo va a estar bien.
Las cosas suceden por algo.
Piensa positivo.
Lo lamento.
---
Cuando las palabras se convierten en el eco lejano de tu cuerpo vacío...
son palabras sueltas... un poema destilado en prosa... tu voz apagada en el frío y la oscuridad... una ventana rota en invierno... el golpe de un martillo sobre las uñas... el primer orgasmo... una llamada telefónica en el vacío... un trozo de día interminable... el deseo furtivo de la adolescencia... la corteza desprendida de la piel...un pubis recién nacido... el crimen certero de la penetración..
6.3.13
3.3.13
Ciclo
Dos personas se conocen. Se atraen. Un día se besan saliendo de un bar. Después van a un téibol. En la madrugada, cuando el amanecer comienza a vislumbrarse, ella lo invita a entrar a su casa. A oscuras se besan. Se tocan. Él mete una mano en los pantis de ella y le dice "Quiero tener mi boca donde está mi mano". Y la tiene. Y ella cierra los ojos. Y él le dice ábrelos. Y los abre. Y jamás vuelve a cerrarlos. El amanecer entra por las persianas. "Tengo que irme". Y ella le pide que se quede. Entonces se duermen. Y en unas horas él se despierta y se va a su casa. Con la mano en su nariz todo el camino recuerda el olor de ella. Y se enamora. Ella se levanta y se va a trabajar. Una sonrisa no la abandona en todo el día.
Entonces comienzan los mensajes. Los encuentros vespertinos a escondidas. Y los matutinos. Él llega al departamento que ella comparte con su hermana, quien nunca se da cuenta de las entradas y salidas de ese hombre que comienza a llenar los pensamientos de ella. Y luego las pláticas. Ya no sólo es sexo y química pura. Es una conexión más profunda. Y comienzan las dudas. Los tal vez. Los puede ser. Y cuando menos lo esperan. Zas. Están enganchados. Hasta la médula.
Juntos deciden compartir sus vidas. Las salidas en sociedad. La presentación de ambas familias. Ella es la indicada. Él es el indicado. Están seguros. Se comprenden. Las charlas cada vez son más íntimas. El sexo cada vez mejor. No hay secretos. Sólo los necesarios. Pero conocen sus esencias.
Él sabe que a ella le gusta viajar. Que duerme sin calcetines. Que cuando se enoja desea que la dejen sola, que no la presionen. Que le gusta salir sola con sus amigas. Que le apasiona su trabajo. Que odia discutir. Disfruta de la buena comida. Los domingos la pasa con su familia. Que no está dispuesta a ceder sus navidades. Que cada mes se vuelve un valle de lágrimas sin explicación alguna. Que es desordenada. Cariñosa. Que le gusta cocinar. Que no le gusta que interrumpan cuando ven una película. Que es ruda y bromista. Inteligente y apasionada. Que a veces sin razón se queda en estado de mute y nada la puede sacar de su mutismo. Que le gustan las películas trágicas. Escribe bajo presión. Y confía más en ella que ella misma. Y la acepta.
Ella sabe que él sufre de insomnio. Que es limpio y ordenado. Que es más bien sedentario. Duerme con calcetines. Que tiende a hablar y hablar. Cuando se enoja explota. Que siempre que sale le pide que la acompañe. Le apasiona su trabajo. Y le apasiona discutir. Que habla mientras ven una película. No sabe cocinar y ni le interesa aprender. Que es alejado de su familia. Siempre tiene que decir lo que piensa. Cariñoso. Que dentro de toda esa fortaleza sus sentimientos siempre están a flor de piel. Que siente. Siente. Y nunca se lo calla. Bromista e inteligente. Le gustan las películas de acción. Escribe con dedicación. Con horarios fijos. Y que confía menos de lo que ella confía en él. Y lo acepta.
Pero de un momento a otro se desconocen. ¿Por qué ella se calla todo? ¿Por qué él tiene que hablar de todo? ¿Algún día me cocinará? Quiere que le cocine, ¿con quién me está comparando? ¿Por qué llora todo el tiempo? ¿Por qué te molestan mis lágrimas? ¿Es el trabajo más importante que nuestra relación? Eres muy ruda. Eres muy sentimental. Siempre tienes que decir todo lo que piensas. Nunca dices nada en una discusión. No sacas la basura. Nunca haces de comer. ¿Otra vez una película de acción? No puedes mantenerte callado cuando vemos una película. No tienes tiempo para mí, siempre estás escribiendo. Y tú siempre estás trabajando. Y entonces confían menos el uno del otro. Y se desencuentran.
Dos personas se conocen. Se gustan. Se enamoran. Se piensan como el ideal el uno del otro. Se aceptan. Se prometen. Los únicos. Serán. Y se lo creen. En lo más profundo de su ser. Lo creen. Con todas sus fuerzas. Con todas sus entrañas. Con todo lo que son. Pero no basta creerlo cuando algo surge. Cambia. O tal vez siempre fueron los mismos. Tal vez sólo caen en cuenta de la realidad: que los cuentos de hadas no, no existen.
Entonces comienzan los mensajes. Los encuentros vespertinos a escondidas. Y los matutinos. Él llega al departamento que ella comparte con su hermana, quien nunca se da cuenta de las entradas y salidas de ese hombre que comienza a llenar los pensamientos de ella. Y luego las pláticas. Ya no sólo es sexo y química pura. Es una conexión más profunda. Y comienzan las dudas. Los tal vez. Los puede ser. Y cuando menos lo esperan. Zas. Están enganchados. Hasta la médula.
Juntos deciden compartir sus vidas. Las salidas en sociedad. La presentación de ambas familias. Ella es la indicada. Él es el indicado. Están seguros. Se comprenden. Las charlas cada vez son más íntimas. El sexo cada vez mejor. No hay secretos. Sólo los necesarios. Pero conocen sus esencias.
Él sabe que a ella le gusta viajar. Que duerme sin calcetines. Que cuando se enoja desea que la dejen sola, que no la presionen. Que le gusta salir sola con sus amigas. Que le apasiona su trabajo. Que odia discutir. Disfruta de la buena comida. Los domingos la pasa con su familia. Que no está dispuesta a ceder sus navidades. Que cada mes se vuelve un valle de lágrimas sin explicación alguna. Que es desordenada. Cariñosa. Que le gusta cocinar. Que no le gusta que interrumpan cuando ven una película. Que es ruda y bromista. Inteligente y apasionada. Que a veces sin razón se queda en estado de mute y nada la puede sacar de su mutismo. Que le gustan las películas trágicas. Escribe bajo presión. Y confía más en ella que ella misma. Y la acepta.
Ella sabe que él sufre de insomnio. Que es limpio y ordenado. Que es más bien sedentario. Duerme con calcetines. Que tiende a hablar y hablar. Cuando se enoja explota. Que siempre que sale le pide que la acompañe. Le apasiona su trabajo. Y le apasiona discutir. Que habla mientras ven una película. No sabe cocinar y ni le interesa aprender. Que es alejado de su familia. Siempre tiene que decir lo que piensa. Cariñoso. Que dentro de toda esa fortaleza sus sentimientos siempre están a flor de piel. Que siente. Siente. Y nunca se lo calla. Bromista e inteligente. Le gustan las películas de acción. Escribe con dedicación. Con horarios fijos. Y que confía menos de lo que ella confía en él. Y lo acepta.
Pero de un momento a otro se desconocen. ¿Por qué ella se calla todo? ¿Por qué él tiene que hablar de todo? ¿Algún día me cocinará? Quiere que le cocine, ¿con quién me está comparando? ¿Por qué llora todo el tiempo? ¿Por qué te molestan mis lágrimas? ¿Es el trabajo más importante que nuestra relación? Eres muy ruda. Eres muy sentimental. Siempre tienes que decir todo lo que piensas. Nunca dices nada en una discusión. No sacas la basura. Nunca haces de comer. ¿Otra vez una película de acción? No puedes mantenerte callado cuando vemos una película. No tienes tiempo para mí, siempre estás escribiendo. Y tú siempre estás trabajando. Y entonces confían menos el uno del otro. Y se desencuentran.
Dos personas se conocen. Se gustan. Se enamoran. Se piensan como el ideal el uno del otro. Se aceptan. Se prometen. Los únicos. Serán. Y se lo creen. En lo más profundo de su ser. Lo creen. Con todas sus fuerzas. Con todas sus entrañas. Con todo lo que son. Pero no basta creerlo cuando algo surge. Cambia. O tal vez siempre fueron los mismos. Tal vez sólo caen en cuenta de la realidad: que los cuentos de hadas no, no existen.
25.2.13
Fue a los 14 años. La sensación invadió todo mi cuerpo. Exploté. Comencé a llorar. No sé si de la emoción o por perder la inocencia. Lo cierto es que nada dentro de mí volvió a ser igual. Quería experimentarlo. Una. Otra vez.
Era la casa de mi madre. Ella estaba ahí. Se bañaba. Aprovechamos. El bajó lentamente hasta mis caderas. Desconocía lo que se podía sentir. Desconocía el placer de lo que una boca podía.
--
Fue a los 16 años. Iba a la iglesia. Coordinaba un grupo de jóvenes católicos entregados al Divino. Yo misma. Era uno de ellos. Predicaba su palabra como si ésta recorriera mi sangre.
Salí de bañarme. Me recosté en la cama. No lo pensé. Mis manos tomaron vida propia. Me recorrieron. La húmeda toalla cayó a los costados. Entré. Lateral. Perpendicular. Circular. Mente. Desconectada. Sentí. Cero fantasías. Sentí. Sentí. Sentí.
Descubrí que no hay necesidad de secundarios.
--
Si esperé el tiempo que esperé no fue por falta de oportunidades. Siempre las tuve. Si algo me ha enseñado la vida es que siempre hay alguien dispuesto. Esperé porque me dio la gana. Porque así lo quise. Porque siempre he tomado las decisiones con calma. Las presiones no me van.
Cuando comencé a salir con él, le dije a Mar, "llegó la hora". Lo sabía. Era el indicado. No había nada tangible. Ninguna prueba. Mis entrañas lo supieron.
Fue a los 20 años. Hasta hoy no hay nada que me haga arrepentirme. Él era. Él es. Él será. Lo supe desde el primer momento. Y él lo intuyó. Esperó. Esperó. Hasta que yo lo pedí. Con todas mis ganas. Con todas mis fuerzas. Él era.
No lo recuerdo. Nunca quise que fuera mágico. Y no lo fue. Solamente sucedió. Una tarde de septiembre. No hubo estrellas. No las necesitaba.
Nunca las he necesitado.
--
Entonces. Una tarde en Guadalajara. Un viaje de improviso.
Fue a los 26 años. Un hotel con alberca. Un viaje de negocios. Él estaba ahí. Yo estaba ahí. Ambos. Sólo para los dos. No existía nadie más. Estábamos. Y de improviso. Zas. Sucedió.
Fue ese. El preciso momento en que lo decidí. No había vuelta atrás. Era el indicado. El único que. No necesitaba nada más. Nada me hacía más feliz. Que pensar en. Que vivir la.
--
Entonces, ¿en qué momento? ¿Cuándo sucedió?
Ya.
Ahora entiendo.
Y no.
Era la casa de mi madre. Ella estaba ahí. Se bañaba. Aprovechamos. El bajó lentamente hasta mis caderas. Desconocía lo que se podía sentir. Desconocía el placer de lo que una boca podía.
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Fue a los 16 años. Iba a la iglesia. Coordinaba un grupo de jóvenes católicos entregados al Divino. Yo misma. Era uno de ellos. Predicaba su palabra como si ésta recorriera mi sangre.
Salí de bañarme. Me recosté en la cama. No lo pensé. Mis manos tomaron vida propia. Me recorrieron. La húmeda toalla cayó a los costados. Entré. Lateral. Perpendicular. Circular. Mente. Desconectada. Sentí. Cero fantasías. Sentí. Sentí. Sentí.
Descubrí que no hay necesidad de secundarios.
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Si esperé el tiempo que esperé no fue por falta de oportunidades. Siempre las tuve. Si algo me ha enseñado la vida es que siempre hay alguien dispuesto. Esperé porque me dio la gana. Porque así lo quise. Porque siempre he tomado las decisiones con calma. Las presiones no me van.
Cuando comencé a salir con él, le dije a Mar, "llegó la hora". Lo sabía. Era el indicado. No había nada tangible. Ninguna prueba. Mis entrañas lo supieron.
Fue a los 20 años. Hasta hoy no hay nada que me haga arrepentirme. Él era. Él es. Él será. Lo supe desde el primer momento. Y él lo intuyó. Esperó. Esperó. Hasta que yo lo pedí. Con todas mis ganas. Con todas mis fuerzas. Él era.
No lo recuerdo. Nunca quise que fuera mágico. Y no lo fue. Solamente sucedió. Una tarde de septiembre. No hubo estrellas. No las necesitaba.
Nunca las he necesitado.
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Entonces. Una tarde en Guadalajara. Un viaje de improviso.
Fue a los 26 años. Un hotel con alberca. Un viaje de negocios. Él estaba ahí. Yo estaba ahí. Ambos. Sólo para los dos. No existía nadie más. Estábamos. Y de improviso. Zas. Sucedió.
Fue ese. El preciso momento en que lo decidí. No había vuelta atrás. Era el indicado. El único que. No necesitaba nada más. Nada me hacía más feliz. Que pensar en. Que vivir la.
--
Entonces, ¿en qué momento? ¿Cuándo sucedió?
Ya.
Ahora entiendo.
Y no.
24.2.13
Mi padre. Mi madre.
Trato de recordar qué me enseñó mi padre. Qué aprendí de él. No lo recuerdo. Me esfuerzo. Analizo cada hecho. Cada movimiento. Sus miradas casi olvidadas. Tenía los ojos café. ¿Eran claros? ¿Rojizos? Su cabello ondulado. Su sonrisa. Siempre sonreía. Debo haber aprendido algo que no aprehendí.
...
Los pasajeros a mi alrededor de desdibujan. Antes me costaba leer porque iba atenta a sus gestos. A sus pláticas. Como si yo viniera de otro mundo. Como si estuviera sentada en el aeropuerto y observara a la gente apresurada que arrastra sus maletas. Ahora son sólo siluetas. No me importan sus opiniones. Sus miradas. Sus asombros. Son entes que deambulan en una urbe carcomida por el tiempo.
...
Desapego emocional.
La última vez que lo visité. Julio de 1998. No tenía tiempo para sacarnos a turistear a mi hermana y a mí. Así que tomó un mapa de guía roji y un billete de quinientos pesos. Ustedes están en este punto, dijo señalando el mapa. Visiten lo que quieran de la ciudad. Yo tenía quince años. En una gran ciudad desconocida. No existían los celulares. Sólo regresen antes del anochecer. Ni siquiera nos preguntó a dónde iríamos. Si pasaba por nosotros. Si sabíamos utilizar el metro. Las líneas de microbuses. Un mapa y quinientos pesos. Desapego.
...
Me paso de mi estación más cercana de metrobús. Conscientemente. No. No soy vengativa. De alguna o de otra manera las cosas siempre toman su rumbo. La venganza es como tratar de encausar un río con costales de arena. En algún momento termina por desbordarse. Solito. Por pura naturaleza. Qué caso tiene desgastarse en los costales. Mejor aléjate del río que tarde o temprano tomará su cauce. Aléjate. Antes de que sea demasiado tarde.
...
Dejar ser.
Mi primera peda fue en Acapulco. Tenía catorce años. Salí con mi hermana a un antro. Barra libre para mujeres. Y la niña pidió todo lo que había en la carta. De regreso al hotel, toda la noche en vela. Vomitando. Él se dio cuenta. En vez de regañarme se burlaba cariñosamente de mi situación. Los siguientes días sólo pedí agua natural. Dejar ser.
...
Reconozco esas características. Y camino. Por las mismas calles de hace quince años. Ahora sin mapa en mano. Reconozco su mezcla. Mi padre. Mi madre. Unidos en una sola persona. Desapego apegado. Dejar ser con sus reglas. Positivo negativo.
Tú eres. Mi padre. Mi madre.
17.2.13
Es necesario emprender retiradas. Darse cuenta de los ciclos que terminan. Cuando un espacio, una persona, una relación, una sensación, las acciones, los papeles jugados ya no nos satisfacen.
Últimamente, por una u otra razón mi estado ha sido de zombi. Sea por la casa, el trabajo, mis formas de relacionarme. Salgo del depa, camino con la mirada puesta en el vacío. Tomo el metrobús. No me doy cuenta si hay asientos disponibles. No tiene caso sentarse. Estar parada. Es lo mismo. Pienso en sacar un libro para ponerme a leer. Ocupar mi mente. Pero mi mente no tiene ganas de ser ocupada. Entonces sigo con la mirada puesta en el vacío. Siento las miradas a mi alrededor. Gente desconocida que me dicen que no estoy bien. No me importa. Cada instante que pasa se me olvida más esa cálida sensación que es una sonrisa, una carcajada genuina. Antes de hacerlo, lo pienso. Ah, sí, esto parece que amerita una risa. Y río.
Bajo del metrobús. Tomo el micro sin ni siquiera leer su dirección. Para mi mala fortuna le atino. Siempre. Tengo la esperanza de perderme uno de estos días. Y no reconocer el camino de regreso. Pero tengo que bajarme. Cruzar un puente destartalado. No hay nadie atento a que una de las láminas se caiga. Nadie toma mi brazo para bajar los peldaños. Saco mi credencial de la bolsa. La muestro a dos guardias con cara de perros rabiosos. Aprieto el botón del ascensor. Espero. Espero. Espero. Entro. Ojalá se detuviera en medio de dos pisos. Ojalá se atorara y me dejara encerrada ocho horas dentro. Pero no. Siempre llega. Siempre. Al tercero.
Y entonces viene lo más difícil. Saludar como si tuviera ganas de hacerlo. Como si me diera gusto ver esas caras que no me da gusto ver. He pensado seriamente llevar una bolsa en mi cabeza. Para no tener que fingir. Decir esos 'hola' que me salen como navajas por la garganta. Y sentarme en ese lugar escogido. Tratar de esconderme tras el monitor. Y responder chats con 'jaja'. Esperar. Esperar. Esperar. La hora de la salida. Sin tener un refugio dónde esconder mi mirada.
Y el regreso es peor aún. Porque espero que pase un accidente catastrófico. Que se vuelque el metrobús. Quizá. Pero no sucede nada. Sólo gente y más gente. Y más gente.
Es hora de emprender retiradas. No estoy dispuesta a soportar más toques de queda. Suficiente tuve ya. Ésta fue la gota.
Señores, mi vaso ha sido derramado.
Últimamente, por una u otra razón mi estado ha sido de zombi. Sea por la casa, el trabajo, mis formas de relacionarme. Salgo del depa, camino con la mirada puesta en el vacío. Tomo el metrobús. No me doy cuenta si hay asientos disponibles. No tiene caso sentarse. Estar parada. Es lo mismo. Pienso en sacar un libro para ponerme a leer. Ocupar mi mente. Pero mi mente no tiene ganas de ser ocupada. Entonces sigo con la mirada puesta en el vacío. Siento las miradas a mi alrededor. Gente desconocida que me dicen que no estoy bien. No me importa. Cada instante que pasa se me olvida más esa cálida sensación que es una sonrisa, una carcajada genuina. Antes de hacerlo, lo pienso. Ah, sí, esto parece que amerita una risa. Y río.
Bajo del metrobús. Tomo el micro sin ni siquiera leer su dirección. Para mi mala fortuna le atino. Siempre. Tengo la esperanza de perderme uno de estos días. Y no reconocer el camino de regreso. Pero tengo que bajarme. Cruzar un puente destartalado. No hay nadie atento a que una de las láminas se caiga. Nadie toma mi brazo para bajar los peldaños. Saco mi credencial de la bolsa. La muestro a dos guardias con cara de perros rabiosos. Aprieto el botón del ascensor. Espero. Espero. Espero. Entro. Ojalá se detuviera en medio de dos pisos. Ojalá se atorara y me dejara encerrada ocho horas dentro. Pero no. Siempre llega. Siempre. Al tercero.
Y entonces viene lo más difícil. Saludar como si tuviera ganas de hacerlo. Como si me diera gusto ver esas caras que no me da gusto ver. He pensado seriamente llevar una bolsa en mi cabeza. Para no tener que fingir. Decir esos 'hola' que me salen como navajas por la garganta. Y sentarme en ese lugar escogido. Tratar de esconderme tras el monitor. Y responder chats con 'jaja'. Esperar. Esperar. Esperar. La hora de la salida. Sin tener un refugio dónde esconder mi mirada.
Y el regreso es peor aún. Porque espero que pase un accidente catastrófico. Que se vuelque el metrobús. Quizá. Pero no sucede nada. Sólo gente y más gente. Y más gente.
Es hora de emprender retiradas. No estoy dispuesta a soportar más toques de queda. Suficiente tuve ya. Ésta fue la gota.
Señores, mi vaso ha sido derramado.
10.2.13
El Infierno lleva mi nombre. Tatuado en las llamas que lo contienen. Los condenados lo susurran. Así. Se llama. En el fuego interior que abraza los órganos vitales está escrito. Hace que se revuelquen hasta los más santos. Las víctimas. Los villanos.
Yo, la mala de la película. Quien saca los peores sentimientos en las personas más puras. Los pecados capitales encarnados en una sola esencia.
Yo, la que no entiende. No escucha. No ama. No actúa. No se entrega. No habla.
Yo, la contenida. La orgullosa. La malcriada. La corazón de piedra. La valle de lágrimas.
Yo, el Infierno.
Yo, la peor de todas.
Yo, la mala de la película. Quien saca los peores sentimientos en las personas más puras. Los pecados capitales encarnados en una sola esencia.
Yo, la que no entiende. No escucha. No ama. No actúa. No se entrega. No habla.
Yo, la contenida. La orgullosa. La malcriada. La corazón de piedra. La valle de lágrimas.
Yo, el Infierno.
Yo, la peor de todas.
8.2.13
Servicio al cliente
Una regla básica del servicio a cliente es que un cliente que se enoja y reclama es un cliente que quiere que lo convenzas de quedarse. Por eso hay que solucionarle el problema. Te está dando una oportunidad. Mientras que un cliente que en verdad se hartó del mal servicio simplemente no regresa. Ni siquiera tiene la paciencia ni las ganas de decirte una vez más que la cagaste.
Se va. Punto.
Lo mismo pasa con la vida.
De todos los papeles que hay disponibles en este teatro que es la realidad, el que menos me gusta es el de víctima. El dolor y el sufrimiento están peleados conmigo. Puedo enojarme. Llorar de coraje. Maldecir. Gritar las injusticias. Mandar a chingar a su madre. Pero el encabronamiento pasa rápidamente. Se esfuma. Porque no estoy dispuesta a darle tiempo a ese sentimiento autodestructivo.
Cuando me hacen una pendejada, la digo, lo más calmada posible. Le doy una oportunidad a su servicio. Si lo hace por segunda ocasión, pienso, todos somos seres humanos. También yo he cometido estupideces. Pero cuando la vuelve a cometer, ya no hay palabras que valgan. No saldrá nada más de mi boca.
Han perdido un cliente.
Se va. Punto.
Lo mismo pasa con la vida.
De todos los papeles que hay disponibles en este teatro que es la realidad, el que menos me gusta es el de víctima. El dolor y el sufrimiento están peleados conmigo. Puedo enojarme. Llorar de coraje. Maldecir. Gritar las injusticias. Mandar a chingar a su madre. Pero el encabronamiento pasa rápidamente. Se esfuma. Porque no estoy dispuesta a darle tiempo a ese sentimiento autodestructivo.
Cuando me hacen una pendejada, la digo, lo más calmada posible. Le doy una oportunidad a su servicio. Si lo hace por segunda ocasión, pienso, todos somos seres humanos. También yo he cometido estupideces. Pero cuando la vuelve a cometer, ya no hay palabras que valgan. No saldrá nada más de mi boca.
Han perdido un cliente.
7.2.13
Seis años
Era un domingo. Creí que era uno cualquiera. Mi madre hizo ceviche. Estábamos en su casa Caro, Martín, Aldo y yo. Todos comimos gustosos. Caro se comió nueve tostadas. Sí. Nueve. Me pareció extraño su voraz apetito, pero no sospeché nada. Aldo se fue a su casa y yo me metí al cuarto de mi mamá a echar la siesta. Estaba somnolienta cuando ambas entraron a la recámara. Mi madre empujaba a mi hermana. Dile. Me asusté. ¿Qué? Estoy embarazada. Pensé que no terminaba de despertar. Sólo atine a decir Felicidades. Veintiún años. Quinto semestre de carrera. Sabía que todos le preguntarían. Qué harás. Pero cómo. Tu carrera. Tu futuro. Así que quise que recibiera una felicitación. Como se supone que debe ser. Pero dentro de mí todas esas preguntas también venían a mi mente.
No dejó de estudiar. Ni de trabajar. Siempre luchona. Andaba en calafias con la panza de cinco, siete, nueve meses. Iba a la escuela. Al doctor. Apostamos por el sexo. Y gané. Niño. Sería el primer hombre de la familia. Rodeado de mujeres. Le hablábamos a la panza que crecía y crecía. Le inventábamos nombre. Ale le decía Louis. Caro se enojaba.
Algo crecía dentro de ella. Ese algo que se convirtió en alguien.
Nació un lunes. Fue cesárea. Nunca se acomodó. Todas estábamos trabajando. Presionábamos a Alejando para que nos tuviera al tanto. Trabajaba en el CECUT. Tenía nervios. A las dos de la tarde mi teléfono vibró. Tenía un mensaje multimedia. Entonces lo vi por primera vez. Cobijado por una manta y un gorrito azules. Enrojecido. Los ojos hinchados. El ser más hermoso que había visto nunca.
Al salir del trabajo Aldo pasó por mí y fuimos al hospital. Caro en la cama sostenía un pequeño cuerpecito que acababa de salir del suyo. Dudé en tomarlo cuando me lo ofreció. Pero era como un imán. Quería sostenerlo. A la vez que tenía miedo de dañar su fragilidad.
Conforme creció me enamoré de él. Calmado. Sociable. Risueño. Dispuesto a recibir todo el amor que cuatro mujeres le prodigaban. Se volvió el alma de la familia. Siempre en nuestros pensamientos. Siempre atentas a sus necesidades. Nuestro amo y señor. Tal como su nombre lo dice.
Hace seis años nació el único hombre capaz de hacerme dudar de mi decisión de no tener hijos: Cristo.
No dejó de estudiar. Ni de trabajar. Siempre luchona. Andaba en calafias con la panza de cinco, siete, nueve meses. Iba a la escuela. Al doctor. Apostamos por el sexo. Y gané. Niño. Sería el primer hombre de la familia. Rodeado de mujeres. Le hablábamos a la panza que crecía y crecía. Le inventábamos nombre. Ale le decía Louis. Caro se enojaba.
Algo crecía dentro de ella. Ese algo que se convirtió en alguien.
Nació un lunes. Fue cesárea. Nunca se acomodó. Todas estábamos trabajando. Presionábamos a Alejando para que nos tuviera al tanto. Trabajaba en el CECUT. Tenía nervios. A las dos de la tarde mi teléfono vibró. Tenía un mensaje multimedia. Entonces lo vi por primera vez. Cobijado por una manta y un gorrito azules. Enrojecido. Los ojos hinchados. El ser más hermoso que había visto nunca.
Al salir del trabajo Aldo pasó por mí y fuimos al hospital. Caro en la cama sostenía un pequeño cuerpecito que acababa de salir del suyo. Dudé en tomarlo cuando me lo ofreció. Pero era como un imán. Quería sostenerlo. A la vez que tenía miedo de dañar su fragilidad.
Conforme creció me enamoré de él. Calmado. Sociable. Risueño. Dispuesto a recibir todo el amor que cuatro mujeres le prodigaban. Se volvió el alma de la familia. Siempre en nuestros pensamientos. Siempre atentas a sus necesidades. Nuestro amo y señor. Tal como su nombre lo dice.
Hace seis años nació el único hombre capaz de hacerme dudar de mi decisión de no tener hijos: Cristo.
4.2.13
- ¿Crees que reviva?
- No quiero hablar de cosas tristes.
(Silencio)
- ¿Y por qué hasta ahora? ¿Por qué hasta ahora te preocupas? Dejaste pasar todo este tiempo sin hacer nada y de repente te entra la preocupación.
- Pensé que no querías hablar de cosas tristes.
- Bueno, tú me preguntaste y me entró la duda de por qué esperaste tanto tiempo.
- ¿Quieres decir que yo soy la absoluta culpable?
- Sólo creo que es una pérdida de tiempo. Si quieres saber lo que opino: no, no creo que reviva.
(Silencio)
- No quiero hablar de cosas tristes.
(Silencio)
- ¿Y por qué hasta ahora? ¿Por qué hasta ahora te preocupas? Dejaste pasar todo este tiempo sin hacer nada y de repente te entra la preocupación.
- Pensé que no querías hablar de cosas tristes.
- Bueno, tú me preguntaste y me entró la duda de por qué esperaste tanto tiempo.
- ¿Quieres decir que yo soy la absoluta culpable?
- Sólo creo que es una pérdida de tiempo. Si quieres saber lo que opino: no, no creo que reviva.
(Silencio)
27.1.13
Porpósitos de año
Vivir cada día como si fuera el primero. Y el último. Amar a las personas que me aman. Que están ahí en las buenas y en las malas. A quienes se lo merecen, pues. Rodearme de las personas adecuadas, de esas que brindan bienestar emocional e intelectual. Y ser recíproca. Poner de mi parte todo lo que esté a mi alcance. Convertir cada momento y cada palabra en momentos inolvidables. Mágicos. No darme por vencida a la primera. Pero tampoco permitir que me jodan la vida. Sentir deseo. De vivir, de coger, de amar, de aventurarme, de experimentar. Y llevarlo a cabo.
Depurar mi vida, mis amigos, mis vivencias.
Meterlo todo a un colador y verterlo en el mundo.
Dejar fuera los grumos, las semillas, las piedras.
Escribir. Dejar de lado la desidia. Hacer lo que me gusta. Y disfrutarlo. Correr. Comer sanamente, sin hacer dieta. Por supuesto.
Este es el año de mis treinta. Llegó la hora de tomar las riendas.
Again.
Depurar mi vida, mis amigos, mis vivencias.
Meterlo todo a un colador y verterlo en el mundo.
Dejar fuera los grumos, las semillas, las piedras.
Escribir. Dejar de lado la desidia. Hacer lo que me gusta. Y disfrutarlo. Correr. Comer sanamente, sin hacer dieta. Por supuesto.
Este es el año de mis treinta. Llegó la hora de tomar las riendas.
Again.
21.1.13
Insolación
Sí. Tal vez sea una frase cliché. De esas que cuando eres adolescente dices que nunca dirás, pero muy en el fondo sabes que terminarás diciendo. No sabes muy bien por qué, pero intuyes que es una verdad universal. Y que, por lo tanto, no puedes escapar de ella: "ahora comprendo a mi madre".
Hoy que llegué a una casa vacía, con el llanto a punto de desbordarse, los ojos cansados, la piel enrojecida, los sentimientos a flor de piel, con ganas de un abrazo fuerte, con ganas de sentir que a alguien le importaba, que me hicieran un té, sentirme apapachada y sentir sólo la soledad, poner el agua a calentar, sacar la bolsita de té, colocarlo dentro de la taza, esperar a que el agua hirviera, cambiarme, despintarme, tender la cama para poder acostarme... pensé en ella.
Cuando se enferma está sola. No hay nadie que la apapache, quien calme sus miedos, que le diga que todo va a estar bien. Ella sólo se tiene a ella. Y tuvo a sus hijas. Y se dedicó a ellas. A educarlas lo mejor que podía. Con las herramientas que la vida le dio. Y ahora vive sola. Rodeada de sus perros. Y de sus cosas. Sus recuerdos. Y quisiera que hubiera alguien que estuviera ahí. Pero cada noche que llega a su casa se encuentra con su soledad. Con las frías paredes. Con una cama vacía que tiene que tender para acostarse. Se tiene que preparar sus tés. Se tiene que cambiar y despintarse. Y levantarse al día siguiente sabiendo que nadie espera su llegada. Y con el consuelo de que alguno de los seres que parió se acuerde de ella. Porque ella siempre se acuerda de sus hijas.
Digo que estoy cansada. Pero qué será de su cansancio. Y me siento incapaz de marcarle. Porque creo que la llamaré y me soltaré chillando. Y para qué darle más preocupaciones. Para qué darle más en qué pensar.
Tal vez sólo sea la insolación. O la casa vacía. O mi incapacidad para cuidar de dos tortugas. O mi egoísmo al no querer ser madre. O tal vez sólo sea la vida que pasa. Los años. El sentimiento de culpa escondido en quién sabe dónde. Tal vez no sea nada y ni siquiera estoy escribiendo. O la incertidumbre. O la terapia. O la realidad. O Jerry... Una epifanía de mi destino.
Hoy que llegué a una casa vacía, con el llanto a punto de desbordarse, los ojos cansados, la piel enrojecida, los sentimientos a flor de piel, con ganas de un abrazo fuerte, con ganas de sentir que a alguien le importaba, que me hicieran un té, sentirme apapachada y sentir sólo la soledad, poner el agua a calentar, sacar la bolsita de té, colocarlo dentro de la taza, esperar a que el agua hirviera, cambiarme, despintarme, tender la cama para poder acostarme... pensé en ella.
Cuando se enferma está sola. No hay nadie que la apapache, quien calme sus miedos, que le diga que todo va a estar bien. Ella sólo se tiene a ella. Y tuvo a sus hijas. Y se dedicó a ellas. A educarlas lo mejor que podía. Con las herramientas que la vida le dio. Y ahora vive sola. Rodeada de sus perros. Y de sus cosas. Sus recuerdos. Y quisiera que hubiera alguien que estuviera ahí. Pero cada noche que llega a su casa se encuentra con su soledad. Con las frías paredes. Con una cama vacía que tiene que tender para acostarse. Se tiene que preparar sus tés. Se tiene que cambiar y despintarse. Y levantarse al día siguiente sabiendo que nadie espera su llegada. Y con el consuelo de que alguno de los seres que parió se acuerde de ella. Porque ella siempre se acuerda de sus hijas.
Digo que estoy cansada. Pero qué será de su cansancio. Y me siento incapaz de marcarle. Porque creo que la llamaré y me soltaré chillando. Y para qué darle más preocupaciones. Para qué darle más en qué pensar.
Tal vez sólo sea la insolación. O la casa vacía. O mi incapacidad para cuidar de dos tortugas. O mi egoísmo al no querer ser madre. O tal vez sólo sea la vida que pasa. Los años. El sentimiento de culpa escondido en quién sabe dónde. Tal vez no sea nada y ni siquiera estoy escribiendo. O la incertidumbre. O la terapia. O la realidad. O Jerry... Una epifanía de mi destino.
20.1.13
Inolvidable
El fin de año desmenuzaba las canciones dolidas con las que, me imagino, todos en México hemos crecido. Después de algunas de José José y José Alfredo Jiménez, comenzó aquella que dice "en la vida hay amores que nunca pueden olvidarse". Javier dijo que era una frase muy cierta. Que hay amores que se olvidan, o que son más olvidables, que otros. No concuerdo en lo absoluto. Puede haber cogidas olvidables, personas que en su momento nos gustaron mucho y años después, cuando te las encuentras, ya ni recuerdas el porqué. Pero si es un amor, como tal, si amaste a la persona, no la olvidarás nunca. Permanecerá en algún lugar recóndito de tu ser. Porque el amor cambia y eso es lo que lo hace inmortal.
Cuando sientes eso a lo que llaman amor, se modifica tu esencia, porque toca fibras muy íntimas que remueven todos los conocimientos y sensaciones aprendidas y vividas hasta ese momento.
Los hombres importantes de mi vida pueden y no ser un secreto. He conocido a muchos. Me he acostado con otros tantos. He tenido noviazgos, amantes, amigos, amigos con derecho, compañeros y un largo etcétera. Y son contados con los dedos de una sola mano los inolvidables. Sí, de todos he aprendido, todos han logrado conmoverme, pero sólo un puñado ha tocado mis fibras más íntimas. Sólo con ellos me he preguntado "qué pasaría si...". Me han hecho dudar de que el amor es pasajero. Me han creado la ilusión de que tal vez el "vivieron felices para siempre" exista
Sé que sólo lo sabré el día que me muera. Pero vale la pena arriesgar lo que se tenga que arriesgar por saber si en realidad existe. Así que creo que en la vida los verdaderos amores jamás logran olvidarse. Pero qué se yo... Ya lo dirá el tiempo.
Cuando sientes eso a lo que llaman amor, se modifica tu esencia, porque toca fibras muy íntimas que remueven todos los conocimientos y sensaciones aprendidas y vividas hasta ese momento.
Los hombres importantes de mi vida pueden y no ser un secreto. He conocido a muchos. Me he acostado con otros tantos. He tenido noviazgos, amantes, amigos, amigos con derecho, compañeros y un largo etcétera. Y son contados con los dedos de una sola mano los inolvidables. Sí, de todos he aprendido, todos han logrado conmoverme, pero sólo un puñado ha tocado mis fibras más íntimas. Sólo con ellos me he preguntado "qué pasaría si...". Me han hecho dudar de que el amor es pasajero. Me han creado la ilusión de que tal vez el "vivieron felices para siempre" exista
Sé que sólo lo sabré el día que me muera. Pero vale la pena arriesgar lo que se tenga que arriesgar por saber si en realidad existe. Así que creo que en la vida los verdaderos amores jamás logran olvidarse. Pero qué se yo... Ya lo dirá el tiempo.
13.1.13
Violencia innecesaria
Si hubiera sido futbolista de americano profesional tendría serios problemas. Espera. No lo soy y de todos modos los tengo. No sé qué tan serios. Pero los tengo. Soy el bato de una relación. Dicen. Contesto de manera ruda. Dicen. No soy cariñosa. Dicen. Que trato mal a las personas. Dicen. Que soy fría, calculadora. Que tengo corazón de piedra. Dicen. Que llego tarde. Que no hago los quehaceres. Que no me gusta juntarme con mujeres. Dicen. Me dicen.
Y sí. Tal vez todo sea cierto. En pocas palabras, soy una insolente. Lo curioso es que al principio de toda relación eso es lo que les gusta de mí. Que soy independiente. Que hago lo que me pega mi gana. Que soy como agua que escurre por los dedos. Que soy impredecible, pero saben a qué atenerse conmigo. Porque no me ando por las ramas. Pero, a final de cuentas, eso es lo que termina doliendo. Hace daño. Y entonces quieren de mí ternura. Cariño. Compasión. Que sea una ama de casa. Que esté en mi hogar en la espera del hombre que llega cansado de trabajar. Y que le haga la cena. Tal vez un masaje con final feliz. Que tenga hijos. Que no le dedique tanto tiempo a mi trabajo. Ni a mis amigos. Que esté disponible para cuando me necesiten. Que perdone y olvide si no me perdonan y me olvidan.
Discúlpenme. No soy esa mujer. Nunca lo he sido. Y jamás lo seré. Puedo fingir por un tiempo. Me pueden contener en un vaso. Pero tarde que temprano me desbordaré y no alcanzarán a limpiar el desastre.
Lamento que mi rudeza asuste y enoje. Pero soy el bato en una relación. Dicen.
Y sí. Tal vez todo sea cierto. En pocas palabras, soy una insolente. Lo curioso es que al principio de toda relación eso es lo que les gusta de mí. Que soy independiente. Que hago lo que me pega mi gana. Que soy como agua que escurre por los dedos. Que soy impredecible, pero saben a qué atenerse conmigo. Porque no me ando por las ramas. Pero, a final de cuentas, eso es lo que termina doliendo. Hace daño. Y entonces quieren de mí ternura. Cariño. Compasión. Que sea una ama de casa. Que esté en mi hogar en la espera del hombre que llega cansado de trabajar. Y que le haga la cena. Tal vez un masaje con final feliz. Que tenga hijos. Que no le dedique tanto tiempo a mi trabajo. Ni a mis amigos. Que esté disponible para cuando me necesiten. Que perdone y olvide si no me perdonan y me olvidan.
Discúlpenme. No soy esa mujer. Nunca lo he sido. Y jamás lo seré. Puedo fingir por un tiempo. Me pueden contener en un vaso. Pero tarde que temprano me desbordaré y no alcanzarán a limpiar el desastre.
Lamento que mi rudeza asuste y enoje. Pero soy el bato en una relación. Dicen.
6.1.13
Sueños húmedos
I
Voy en un barco con mi padre. Navego contracorriente en un río. Es de noche. El barco es pequeño pero turístico. Llegamos a la cuesta. El motor se forza. Los pasajeros tenemos que salir. Escalar rocas. Volvemos a subir para comenzar la cuesta abajo. Nos detenemos en una laguna. Tenemos que caminar un trecho de agua. Mi padre me abraza por la espalda. Me dice "mira, allá está Milpas Viejas". "No", le respondo, "ahí no es". "Sí, es ahí. Mira allá está mi tumba".
II
Se supone que estoy en la oficina. Hileras de módulos con computadoras. Personas sentadas. Todos estamos sobre un arroyuelo. Parece más una maquiladora que una oficina. Estamos al aire libre. Es de noche. Los pies mojados. El cuida de los niños de ella. Son dos y ella está embarazada. Me duele verlo. ¿Cómo desea estar con una mujer casada con dos hijos y a la espera de uno? Me salgo. No lo soporto. Por todas las calles hay arroyos. Son callejones que llevan a ninguna parte. Camino y camino hasta que llego al mismo lugar. Y los veo de nuevo. Resignación.
III
En Playas de Tijuana, con mis hermanas y mi madre. Es la tarde, pero el cielo es gris oscuro, con nubes pesadas que presagian tormenta. Entonces volteamos a ver el mar y se forma una ola gigante. Viene hacia nosotras. La miro pero no tengo miedo. Les digo que se agarren de unos barrotes que están a nuestras espaldas. La ola cae sobre nosotros. Salimos ilesas. Cuando la marea baja, vemos una ola mucho más grande que se camufla con el oscuro y denso cielo. Corremos a un edificio que nos cierra la puerta. Pero alcanzamos a tomar el elevador. Apretamos el botón 40. El piso más alto. Cuando llegamos, nos asomamos por la ventana y observamos la ola que cae sobre la ciudad y la devasta. En ningún momento siento miedo. Más bien es curiosidad.
Voy en un barco con mi padre. Navego contracorriente en un río. Es de noche. El barco es pequeño pero turístico. Llegamos a la cuesta. El motor se forza. Los pasajeros tenemos que salir. Escalar rocas. Volvemos a subir para comenzar la cuesta abajo. Nos detenemos en una laguna. Tenemos que caminar un trecho de agua. Mi padre me abraza por la espalda. Me dice "mira, allá está Milpas Viejas". "No", le respondo, "ahí no es". "Sí, es ahí. Mira allá está mi tumba".
II
Se supone que estoy en la oficina. Hileras de módulos con computadoras. Personas sentadas. Todos estamos sobre un arroyuelo. Parece más una maquiladora que una oficina. Estamos al aire libre. Es de noche. Los pies mojados. El cuida de los niños de ella. Son dos y ella está embarazada. Me duele verlo. ¿Cómo desea estar con una mujer casada con dos hijos y a la espera de uno? Me salgo. No lo soporto. Por todas las calles hay arroyos. Son callejones que llevan a ninguna parte. Camino y camino hasta que llego al mismo lugar. Y los veo de nuevo. Resignación.
III
En Playas de Tijuana, con mis hermanas y mi madre. Es la tarde, pero el cielo es gris oscuro, con nubes pesadas que presagian tormenta. Entonces volteamos a ver el mar y se forma una ola gigante. Viene hacia nosotras. La miro pero no tengo miedo. Les digo que se agarren de unos barrotes que están a nuestras espaldas. La ola cae sobre nosotros. Salimos ilesas. Cuando la marea baja, vemos una ola mucho más grande que se camufla con el oscuro y denso cielo. Corremos a un edificio que nos cierra la puerta. Pero alcanzamos a tomar el elevador. Apretamos el botón 40. El piso más alto. Cuando llegamos, nos asomamos por la ventana y observamos la ola que cae sobre la ciudad y la devasta. En ningún momento siento miedo. Más bien es curiosidad.
16.12.12
Se acerca el fin de año y algo me dice que me esperan cosas buenas. Excelentes. La ansiedad comienza a bajar. La depresión ha desaparecido. Aún encuentro incertidumbres y temores dentro. Pero todo estará bien. Lo sé. Se terminan esas sensaciones de angustias. No ha sido fácil. Las disiciones internas suelen ser las más difíciles. Esas que involucran sentimientos. Cuando nos aferramos a ellos, a pesar del dolor que causan. Pero hay que dejar la aprehensión a un lado. Cuesta, pero hay que dejar ir. Dejar que la vida fluya. Abrir las compuertas de la presa interna contenida.
Como decía, fue un año duro y maravilloso. Agradezco a las personas involucradas. Las deseables y las indeseables. Porque todas me han enseñado más sobre mí misma. Sobre mis emociones y su manejo. El 2012 se va y quedan las vivencias. He amado y me han amado. Y también odiado. Porque, ¿qué sería del amor sin un poco de odio? Solo espero que los buenos sentimientos hayan superado a aquellos hirientes.
Los mejores y peores momentos están ocultos en algún lugar dentro de mí. Vedados para las personas que conviven conmigo a diario. Esas oficiales. A las que siempre respondes con un "bien". Solo aquellas que se han arriesgado a conocerme lo suficiente lo saben. Solo aquellas que han aguantado mis alegrías, mis malestares, mis enojos, mis tristezas, mis dilemas, mis apatías, mi cariño. Gracias.
Estoy bien, estaré bien, estaremos bien, el siguiente año será mucho mejor.
Mucho. Te lo aseguro.
Como decía, fue un año duro y maravilloso. Agradezco a las personas involucradas. Las deseables y las indeseables. Porque todas me han enseñado más sobre mí misma. Sobre mis emociones y su manejo. El 2012 se va y quedan las vivencias. He amado y me han amado. Y también odiado. Porque, ¿qué sería del amor sin un poco de odio? Solo espero que los buenos sentimientos hayan superado a aquellos hirientes.
Los mejores y peores momentos están ocultos en algún lugar dentro de mí. Vedados para las personas que conviven conmigo a diario. Esas oficiales. A las que siempre respondes con un "bien". Solo aquellas que se han arriesgado a conocerme lo suficiente lo saben. Solo aquellas que han aguantado mis alegrías, mis malestares, mis enojos, mis tristezas, mis dilemas, mis apatías, mi cariño. Gracias.
Estoy bien, estaré bien, estaremos bien, el siguiente año será mucho mejor.
Mucho. Te lo aseguro.
9.12.12
Ansiedad
Mis piernas están más temblorosas que de costumbre. Unas ansias me carcomen por dentro. El cigarrillo tiembla entre mis dedos. Se equivocan al teclear. No puedo concentrarme en nada. Mi mente divaga. Da vueltas. Vueltas. Sin llegar a ninguna parte. Al inicio. A la nada. Despertarme de madrugada se ha hecho costumbre. Yo que presumía de tener el sueño de un niño. A las cuatro o cinco de la mañana me encuentro despierta. En el baño. Descalza. Con la cabeza en el porta rollo de papel. Y los pies fríos.
Estoy ansiosa. Y no. No me he dado ningún pase. No he tomado tachas. Ni demasiado café. Tal vez sea la adrenalina. Esa que da cuando tienes un futuro incierto. Cuando ves boletos de avión en especial y no puedes comprarlos. Porque no sabes qué pasara en tres meses. Dónde estarás. Con quién. Si estarás. Si regresarás. Si habrá mundo. Si se reconstruirá todo. Si estarás en la nada. Si estos dedos que teclean estarán tranquilos. Si serás lo suficiente responsable y dedicada para escribir. Si todo valdrá madres y te convertirás en esa persona que hoy no quieres ser. Si tendrás trabajo. Si te gustará el lugar en el que estás.
Fue un año maravilloso y terrible. Porque estuve donde deseaba. Con las personas que quiero. Pero también con momentos indeseables. Con personas extrañas entrometiéndose en mi vida. En mis sentimientos. Y sí. La terapia ayuda. Pero nunca antes la había necesitado. O me había sentido en la necesidad de acudir. Porque tuve el trabajo que tanto había deseado. Las oportunidades que había buscado. Las encontré. Y también voy perdiendo todo poco a poco. Lo sé. Es solo un proceso. Puede que otra vez comience a ganar. Oportunidades distintas. Personas diferentes.
Nunca le había temido al cambio. Había estado dispuesta a aceptar lo que la vida me deparaba. Tal vez sean los treinta. Pensar que poco a poco se reducen las posibilidades. En todo. Que la sociedad es cruel. Y la naturaleza. Estoy ansiosa. Quisiera escribir. No esta porquería. Escribir de verdad. Canalizar mis energías y mis ansiedades a la creatividad. Ya son treinta. Ya se le tiene que dar tres vueltas a las manos para contar. No una. No dos. Sino tres. Y cuando menos lo espere serán cuatro. Y yo seguiré escribiendo aquí. Que estoy ansiosa. Insatisfecha. Que soy patética.
Y seré patética. Pensaré en lo que pude haber hecho. En las desiciones erradas que tomé. En el hubiera. Pero ya no habrá tiempo. Será demasiado tarde para volver. Para escribir. Para tener hijos. Para tener el trabajo deseado. Sé que soy pesismista. Pero en este momento estoy ansiosa. Quiero ser otra persona. Una distinta a la desidiosa. A la egoísta y orgullosa que he sido hasta hoy. A la voluble. Un día apasionada. Otro apática. El siguiente tierna. Y después depresiva. Quien no tiene control sobre sus sentimientos.
Puede que hoy sea el momento. De decidir. De accionar la palanca. De comenzar a ser hoy para poder construir eso que quiero para el futuro. Si tan solo supiera. Si tuviera una guía de qué es lo que quiero. Qué es lo que espero de la vida. Esa que se agota cada día. Esa que deja de ser a cada minuto.
Deja de hablar de ti. Deja de hablar de ti. Para eso tienes la terapia. Ya deja, de una vez. De una vez por todas. Deja de hablar de ti. Y ponte a hacer algo.
Estoy ansiosa. Y no. No me he dado ningún pase. No he tomado tachas. Ni demasiado café. Tal vez sea la adrenalina. Esa que da cuando tienes un futuro incierto. Cuando ves boletos de avión en especial y no puedes comprarlos. Porque no sabes qué pasara en tres meses. Dónde estarás. Con quién. Si estarás. Si regresarás. Si habrá mundo. Si se reconstruirá todo. Si estarás en la nada. Si estos dedos que teclean estarán tranquilos. Si serás lo suficiente responsable y dedicada para escribir. Si todo valdrá madres y te convertirás en esa persona que hoy no quieres ser. Si tendrás trabajo. Si te gustará el lugar en el que estás.
Fue un año maravilloso y terrible. Porque estuve donde deseaba. Con las personas que quiero. Pero también con momentos indeseables. Con personas extrañas entrometiéndose en mi vida. En mis sentimientos. Y sí. La terapia ayuda. Pero nunca antes la había necesitado. O me había sentido en la necesidad de acudir. Porque tuve el trabajo que tanto había deseado. Las oportunidades que había buscado. Las encontré. Y también voy perdiendo todo poco a poco. Lo sé. Es solo un proceso. Puede que otra vez comience a ganar. Oportunidades distintas. Personas diferentes.
Nunca le había temido al cambio. Había estado dispuesta a aceptar lo que la vida me deparaba. Tal vez sean los treinta. Pensar que poco a poco se reducen las posibilidades. En todo. Que la sociedad es cruel. Y la naturaleza. Estoy ansiosa. Quisiera escribir. No esta porquería. Escribir de verdad. Canalizar mis energías y mis ansiedades a la creatividad. Ya son treinta. Ya se le tiene que dar tres vueltas a las manos para contar. No una. No dos. Sino tres. Y cuando menos lo espere serán cuatro. Y yo seguiré escribiendo aquí. Que estoy ansiosa. Insatisfecha. Que soy patética.
Y seré patética. Pensaré en lo que pude haber hecho. En las desiciones erradas que tomé. En el hubiera. Pero ya no habrá tiempo. Será demasiado tarde para volver. Para escribir. Para tener hijos. Para tener el trabajo deseado. Sé que soy pesismista. Pero en este momento estoy ansiosa. Quiero ser otra persona. Una distinta a la desidiosa. A la egoísta y orgullosa que he sido hasta hoy. A la voluble. Un día apasionada. Otro apática. El siguiente tierna. Y después depresiva. Quien no tiene control sobre sus sentimientos.
Puede que hoy sea el momento. De decidir. De accionar la palanca. De comenzar a ser hoy para poder construir eso que quiero para el futuro. Si tan solo supiera. Si tuviera una guía de qué es lo que quiero. Qué es lo que espero de la vida. Esa que se agota cada día. Esa que deja de ser a cada minuto.
Deja de hablar de ti. Deja de hablar de ti. Para eso tienes la terapia. Ya deja, de una vez. De una vez por todas. Deja de hablar de ti. Y ponte a hacer algo.
4.12.12
No a los analgésicos
Por favor, prohiban la venta de analgésicos. Son una aberración. Un engaño. Una droga. Así nomás: una droga. Qué finalidad tiene una medicina que lo único que hace es sedar el dolor. La enfermedad sigue ahí. Esparciéndose. Pudriendo el cuerpo. Y los analgésicos son sus cómplices. Lo único que hacen es que uno crea que el dolor se ha ido. Y con él la enfermedad. Que ya hay un progreso. Un avance. Pero entonces pasan las horas. Disminye el efecto. Y tarán! El dolor sigue ahí. Tras el velo fino del analgésico. Entonces uno ya no sabe. Si no sentir dolor es bueno. O sólo es un autoengaño. Teme el pasar de las horas. Darse cuenta que sigue igual de enfermo. O peor.
Por favor. Prohiban los analgésicos. Por eso las personas se hacen adictas. Me duele la cabeza. Una aspirina. Me duele el estómago. Paracetamol. Tengo cólicos. Ibuprofeno. Y así. Sólo escondiendo el dolor. Sin jamás llegar al origen. Por qué. Por qué duele. El cuerpo trata de hablarnos. Cállate. No opines. Aquí te va tu analgésico. Si la gente sufriera realmente sus dolores se daría cuenta de lo que hace mal en la vida. Atáscate de comida y después toma un sal de uvas. Adormécelo para que tu estómago no sepa lo que le pasa hasta que tenga una sonda clavada en su interior.
Por eso, mi lema, desde la invalidez de mi cama, con almohadas en la espalda, es "no a los analgésicos". No a la estupidización del cuerpo humano. Hagámonos responsables de nuestros dolores. Sociales. Emocionales. Corporales.
Pon fin. Fin a la Era de los Analgésicos.
Por favor. Prohiban los analgésicos. Por eso las personas se hacen adictas. Me duele la cabeza. Una aspirina. Me duele el estómago. Paracetamol. Tengo cólicos. Ibuprofeno. Y así. Sólo escondiendo el dolor. Sin jamás llegar al origen. Por qué. Por qué duele. El cuerpo trata de hablarnos. Cállate. No opines. Aquí te va tu analgésico. Si la gente sufriera realmente sus dolores se daría cuenta de lo que hace mal en la vida. Atáscate de comida y después toma un sal de uvas. Adormécelo para que tu estómago no sepa lo que le pasa hasta que tenga una sonda clavada en su interior.
Por eso, mi lema, desde la invalidez de mi cama, con almohadas en la espalda, es "no a los analgésicos". No a la estupidización del cuerpo humano. Hagámonos responsables de nuestros dolores. Sociales. Emocionales. Corporales.
Pon fin. Fin a la Era de los Analgésicos.
3.12.12
De riñones y deberes
Y entonces uno deja de pensar en los sentimientos y en los demás y tiende a concentrarse en su salud. En que no duela más que ayer, en que tiene que comer sano, en que hay que bajarle a las harinas y subirle a la fruta. Y en un instante piensas en todo lo que puede suceder. En las desiciones que tienes que tomar. En que pasaría si. Y si el doctor no dio la dosis adecuada. En que hay viene de nuevo la fiebre. Y no quieres compresas con agua tibia alrededor del cuerpo. Y cómo te gustaría un té. Pero demasiado débil para hacerlo. Demasiado para pedir. Porque aunque enferma frágil el orgullo sigue ahí arrinconado. En una esquina del corazón que teme que sus ruegos sean rechazados. Y más vale. Más vale aguantarse y estar acostada sola. Sin saber si acostarte de lado derecho. Del izquierdo. Boca abajo. Boja arriba. A que hieran lo mínimo de amor propio que te queda. Porque entonces sí. Se quedaría vacío. Y entonces una inyección y otra. Y pastillas. Y más fiebre. Y sin ganas de comer. Pero saber que tienes que hacerlo. Que tienes que ir al mercado a comprarte la fruta y preparártela tú misma. A comprarte las cosas para la comida y preparártela tú misma. Ir a buscar quién te inyecte. Y caminar cuadras. Con un soplo frío a cada lado de la espalda y un doloroso hueco en la boca del estómago. Y luego las llamadas de la familia. Que a tu mamá le robaron el carro. Y su quincena. Que te piden dinero. Y sin poder dar un peso. Pero entonces piensan que para ti todo es fácil. Que estás lejos. Que no tienes que aguantar. Pero no saben. Que tienes que aguantar la soledad. La añoranza. La nostálgica enfermedad que se clavó en tus riñones desde el día en que fuiste concebida. Y eso pudiera explicar muchas cosas...
No. No es obligación de nadie. Es tu deber. Preocuparte por ti misma. Ir al doctor. Comprar tus medicinas. Y tomártelas. Alimentarte bien. Inyectarte. Bajarte la fiebre. Ir al psicólogo. Estar bien mentalmente. Y emocional. Hacerte el té. Obetener dinero. Hacer tu trabajo. Pintarte el cabello. Ir por el mandado. No nos importan tus tristes condiciones. No nos importa tu malformación. Es tu deber arreglártela. Estar bien. Para este mundo que sigue circulando. Con o sin ti. La pregunta es, ¿quieres circular en él?
No. No es obligación de nadie. Es tu deber. Preocuparte por ti misma. Ir al doctor. Comprar tus medicinas. Y tomártelas. Alimentarte bien. Inyectarte. Bajarte la fiebre. Ir al psicólogo. Estar bien mentalmente. Y emocional. Hacerte el té. Obetener dinero. Hacer tu trabajo. Pintarte el cabello. Ir por el mandado. No nos importan tus tristes condiciones. No nos importa tu malformación. Es tu deber arreglártela. Estar bien. Para este mundo que sigue circulando. Con o sin ti. La pregunta es, ¿quieres circular en él?
26.11.12
Feliz cumpleaños a ti
Mi hermana me habla por teléfono. Es su cumpleaños.
Me pone en altavoz. Están a punto de partir el pastel, ese de queso y coco, comprado en el Café de la Flor, que tanto me gusta. Y escucho a todas. Esas voces femeninas que han llenado mi mundo y mis días de alegría. Sus risas por el auricular se me contagian. Con el timbre de su voz puedo intuir en qué lugar está sentada cada una. Ale, la cumpleñera, a la cabeza. Caro frente a ella, al otro extremo. Mi madre al lado derecho de Ale. Fernanda al izquierdo. Mi sobrino anda de aquí para allá. De repente se escucha lejano. Otras más cerca. El teléfono está sobre la mesa. Prenden las velas y comenzamos todas a cantar. Por un momento me olvido de que estoy a miles de kilómetros de distancia. Casi puedo oler el café que se hace en la cafetera. Todas callan. Yo sigo cantando. Y entonces ríen. Me han dejado a cantar sola a propósito. Las pude ver haciendo mímica de callarse, para dejarme hacer el ridículo vía telefónica.
El canto termina. Mordida, mordida, comienzo a decir, y todas me siguen. Claro que no, primero tengo que apagar las velas, dice Ale. Yo te ayudo, grita Cristo. Se pone al lado de ella y casi puedo escuchar su respiración. A las tres: una, dos, tres. Aplausos. La foto. No, otra. ¿Esta sí salió bien? Qué bonitas salimos. Parte el paste, ¿Así o menos?. No tardan en escucharse reclamos de que es una coda, mientras ella alega que es su cumpleaños. ¿Qué opinas, hermana? ¿Les doy más?. No, es tu cumpleaños, debería ser para ti sola. Ándale, pues, dice mi madre.
Sólo faltas tú, hermana. El lamento. Sí. Sólo falto yo. Te dejo, para no tenerte aquí nomás escuchando. Y no se lo digo, pero lo pienso. No importa, quiero escucharlas. Quiero oír sus risas. Sus quejas. Sus gritos. Déjame en altavoz, deseo decirle. Porque así puedo sentirme cerca de esas mujeres que son mi vida. Las perfectas compañeras. Las mejores que pude tener.
Me pone en altavoz. Están a punto de partir el pastel, ese de queso y coco, comprado en el Café de la Flor, que tanto me gusta. Y escucho a todas. Esas voces femeninas que han llenado mi mundo y mis días de alegría. Sus risas por el auricular se me contagian. Con el timbre de su voz puedo intuir en qué lugar está sentada cada una. Ale, la cumpleñera, a la cabeza. Caro frente a ella, al otro extremo. Mi madre al lado derecho de Ale. Fernanda al izquierdo. Mi sobrino anda de aquí para allá. De repente se escucha lejano. Otras más cerca. El teléfono está sobre la mesa. Prenden las velas y comenzamos todas a cantar. Por un momento me olvido de que estoy a miles de kilómetros de distancia. Casi puedo oler el café que se hace en la cafetera. Todas callan. Yo sigo cantando. Y entonces ríen. Me han dejado a cantar sola a propósito. Las pude ver haciendo mímica de callarse, para dejarme hacer el ridículo vía telefónica.
El canto termina. Mordida, mordida, comienzo a decir, y todas me siguen. Claro que no, primero tengo que apagar las velas, dice Ale. Yo te ayudo, grita Cristo. Se pone al lado de ella y casi puedo escuchar su respiración. A las tres: una, dos, tres. Aplausos. La foto. No, otra. ¿Esta sí salió bien? Qué bonitas salimos. Parte el paste, ¿Así o menos?. No tardan en escucharse reclamos de que es una coda, mientras ella alega que es su cumpleaños. ¿Qué opinas, hermana? ¿Les doy más?. No, es tu cumpleaños, debería ser para ti sola. Ándale, pues, dice mi madre.
Sólo faltas tú, hermana. El lamento. Sí. Sólo falto yo. Te dejo, para no tenerte aquí nomás escuchando. Y no se lo digo, pero lo pienso. No importa, quiero escucharlas. Quiero oír sus risas. Sus quejas. Sus gritos. Déjame en altavoz, deseo decirle. Porque así puedo sentirme cerca de esas mujeres que son mi vida. Las perfectas compañeras. Las mejores que pude tener.
25.11.12
Lo lamento. Ser esa persona que soy. Con todos esos miedos. Complejos que me cercenan. Me hacen ser lo que soy. Nunca lo había lamentado tanto. Como hasta hoy. Justamente. Cuando los reclamos. Reproches sutiles. Se me vienen encima. Y todos. Absolutamnete todos. Son certeros. Nadie se equivoca. Lo sabía. Estaba semiconsciente de mi egoísmo. De mi frialdad. Pero hoy. Justamente hoy. Y cuando digo hoy me refiero a ayer. A antier. A hoy. Me lo han hecho saber de variadas formas. Creativas. Sentimentales. Reprochantes. Con palabras. Miradas. Con poesía.
Lamento ser esa persona que no se puede asir. Que se escapa entre los dedos como humo de cigarro. Que agrega un ladrillo a su muro con cada palabra tierna. Lamento ser esa persona que está. Y luego desaparece. Invisible. Para después hacer uso de su magia. Y regresar con una sonrisa. De naríz a oreja. Dar palabras de aliento. Y decir lo que se quiere escuchar. E instantes después. Esfumarse. Con una mirada que no se mantiene. Con unas pupilas que pasan de unos ojos a otros. Con manos acariciadoras de la tragedia.
Lamento que me gusten los finales tristes. Los personajes viscerales. Las novelas que estrujan el corazón. Que sea lo único que me haga sentir. Que las comedias y los cuentos de hadas me parezcan aborrecibles. Estar tan metida en mis fantasías, que solo me salgan palabras hiperrealistas. Tener tan claro el mundo donde vivo. Y tan difuso lo que quiero de mí misma. Y de los demás.
Pero si algo tengo a mi favor, es que lo sé. Siempre lo he sabido. Nunca lo he dejado oculto. Está a la vista de todos. Por que así soy. Y nunca lo había lamentado tanto. La fina capa de hielo se rompió y caí. Sobre él veo manos que tratan de rescatarme. La única salvación es no estirar mi brazo. Quedarme ahí. Hundida. Congelada.
Ya veremos si ese calor interno que presumo me salva.
Ya veremos.
Lamento ser esa persona que no se puede asir. Que se escapa entre los dedos como humo de cigarro. Que agrega un ladrillo a su muro con cada palabra tierna. Lamento ser esa persona que está. Y luego desaparece. Invisible. Para después hacer uso de su magia. Y regresar con una sonrisa. De naríz a oreja. Dar palabras de aliento. Y decir lo que se quiere escuchar. E instantes después. Esfumarse. Con una mirada que no se mantiene. Con unas pupilas que pasan de unos ojos a otros. Con manos acariciadoras de la tragedia.
Lamento que me gusten los finales tristes. Los personajes viscerales. Las novelas que estrujan el corazón. Que sea lo único que me haga sentir. Que las comedias y los cuentos de hadas me parezcan aborrecibles. Estar tan metida en mis fantasías, que solo me salgan palabras hiperrealistas. Tener tan claro el mundo donde vivo. Y tan difuso lo que quiero de mí misma. Y de los demás.
Pero si algo tengo a mi favor, es que lo sé. Siempre lo he sabido. Nunca lo he dejado oculto. Está a la vista de todos. Por que así soy. Y nunca lo había lamentado tanto. La fina capa de hielo se rompió y caí. Sobre él veo manos que tratan de rescatarme. La única salvación es no estirar mi brazo. Quedarme ahí. Hundida. Congelada.
Ya veremos si ese calor interno que presumo me salva.
Ya veremos.
19.11.12
Busco la manera de encontrarme. De volver a sentir eso. Por diversos caminos señalo. Para que me hayes. No deseo dar instrucciones. De mí sólo encontrarás símbolos perdidos en el tsunami de palabras. La mirada estática. La caricia individualista. No me satisface. Pretendo casi lo imposible. (Y en ese "casi" radica mi esperanza). Que con pequeños movimientos. Miradas desviadas. Sutiles cambios en la respiración. Me comprendas. Te compenetres. No quiero hablar. Decir. Quiero esto. O deseo lo otro. Leéme. Intúyeme. Lo sé. Pido demasiado. Pido que sepan mi trama con la portada del libro. Pido que me compren envuelta en papel celofán sin siquiera conocer mi interior. No. No soy un best seller. Mis páginas están en blanco. Listas para ser escritas. Arrancadas. Quemadas. Borradas.
Escribe sobre mí. Con tinta indeleble. A mano. No importa que tu letra sea ilegible. Quiero sentir la suavidad de tu tinta sobre mi superficie. El oscuro arrebato del crujir de hojas en mis entrañas. Empieza. En la última. En la primera, En la del medio. Soy un libro sin continuidad. Puedo ser ese. El que quieras. Pero debo ser la absoluta protagonista de tu historia. Todo gira en torno a mí. Puedo ser ensayo. Poesía. Novela. Cuento. Puedo ser la buena. La mala. El hombre. La mujer. La niña. La anciana. La adolescente cautiva.
Pero no un secundario. Y jamás. Jamás. Un incidental.
Escribe sobre mí. Con tinta indeleble. A mano. No importa que tu letra sea ilegible. Quiero sentir la suavidad de tu tinta sobre mi superficie. El oscuro arrebato del crujir de hojas en mis entrañas. Empieza. En la última. En la primera, En la del medio. Soy un libro sin continuidad. Puedo ser ese. El que quieras. Pero debo ser la absoluta protagonista de tu historia. Todo gira en torno a mí. Puedo ser ensayo. Poesía. Novela. Cuento. Puedo ser la buena. La mala. El hombre. La mujer. La niña. La anciana. La adolescente cautiva.
Pero no un secundario. Y jamás. Jamás. Un incidental.
18.11.12
Y entonces vino el recuerdo. Mi madre buscaba en la guantera. Y encontró lo que tal vez buscaba. La evidencia. Y lo bajó del carro. Y dio la media vuelta. Y le aventó sus cosas. El las tomó. Y dijo que pronto regresaría. Y eso jamás sucedió. Y entonces mi madre se queja. Dice que no sabe nada de su padre. Que mi abuela nunca le contó. Y se lo recrimina. Pero, a su manera, ella ha repetido su patrón. No sé nada de mi padre. Y cuando le pregunto sólo atina a evadir las respuestas. A decir que no sabe. De dónde provenimos. Que no escuchó mi pregunta. Que no la leyó. Que le pregunte a esa parte de la familia con la que evito tener contacto.
Quisiera saber. Quiénes eran mis abuelos. Quiénes mis bisabuelos. Quisiera saber qué padecieron. Qué los motivaba. Dónde nacieron. Qué parte de la historia vivieron. A quiénes amaban. Cuáles eran sus pasiones.
Sé. Que mi madre y mi tío no conocen a su padre. Que llevo un apellido que no me pertenece por herencia propia. Que mis abuelos son de rancho. Que la mayoría de mis tíos son mis medios tíos. Que mi familia paterna acogió a la otra familia de mi padre (la oficial y la extraoficial). Que a mi padre le gustaba el box. Que era carismático y coqueto.
Sin embargo, no sé cuáles eran sus sueños. Su plan de vida. A qué equipo de fut le iba. Si creía en Dios. Si estaba con algún partido político. Qué le llamaba la atención de una mujer. Cómo fue su relación con sus padres. Qué le hubiera gustado estudiar. Qué ciudad le gustaba más de la república. ¿Viajó al extranjero? Qué esperaba de sus hijas. Qué cualidades le gustaban de ellas. ¿Creía en el matrimonio? ¿O sólo se casaba por cumplir con la sociedad? Cómo le hubiera gustado que fuera su entierro. Estará conforme con dónde fue enterrado.
Quiero diez minutos. Sólo diez minutos. Para que me explique. Me diga quién es. Diez minutos me bastarán para preguntarle lo que no le pregunté en quince años.
Quisiera saber. Quiénes eran mis abuelos. Quiénes mis bisabuelos. Quisiera saber qué padecieron. Qué los motivaba. Dónde nacieron. Qué parte de la historia vivieron. A quiénes amaban. Cuáles eran sus pasiones.
Sé. Que mi madre y mi tío no conocen a su padre. Que llevo un apellido que no me pertenece por herencia propia. Que mis abuelos son de rancho. Que la mayoría de mis tíos son mis medios tíos. Que mi familia paterna acogió a la otra familia de mi padre (la oficial y la extraoficial). Que a mi padre le gustaba el box. Que era carismático y coqueto.
Sin embargo, no sé cuáles eran sus sueños. Su plan de vida. A qué equipo de fut le iba. Si creía en Dios. Si estaba con algún partido político. Qué le llamaba la atención de una mujer. Cómo fue su relación con sus padres. Qué le hubiera gustado estudiar. Qué ciudad le gustaba más de la república. ¿Viajó al extranjero? Qué esperaba de sus hijas. Qué cualidades le gustaban de ellas. ¿Creía en el matrimonio? ¿O sólo se casaba por cumplir con la sociedad? Cómo le hubiera gustado que fuera su entierro. Estará conforme con dónde fue enterrado.
Quiero diez minutos. Sólo diez minutos. Para que me explique. Me diga quién es. Diez minutos me bastarán para preguntarle lo que no le pregunté en quince años.
"Serías una buena madre"
No sé cuántas veces habré escuchado esa frase. Como si fuera un estigma. Una buena madre. Como si supiera qué diablos significa. Como si los hijos no fueran a tener, siempre de los siempres, sus traumas y complejos debido a la relación con sus padres.
¿Qué es ser una buena madre? ¿No golpear a tus hijos? ¿Enseñarle qué? ¿Que la vida es color de rosa? ¿O que en la vida se sufre y hay que ganarse las cosas con tu propio esfuerzo?
Si tuviera un hijo. Si tuviera. Fuera parto natural. Nada como sentir el dolor. La sensación de un ser humano saliendo de tu cuerpo. Así, a la antigua. Así, para lo que el cuerpo fue diseñado. Así podría decir "yo te parí", "ya ni todo el sufrimiento que me hiciste pasar".
Si tuviera un hijo. Le leería todas las noches. Mi lectura del día. Le leería a Mishima, Kawabata, Dostoievsky. No me importa que no sean lecturas infantiles. Le leería poesía, cuento, novela, ensayo. Compartiría con él cada una de mis lecturas.
Si tuviera un hijo. No dormiría conmigo. Aunque me costara levantarme por la madrugada. Tendría que hacerse independiente desde un principio. Y saber, sin saberlo, que sus padres necesitan espacio e intimidad.
Si tuviera un hijo. Sería cariñosa, pero firme. Nada de teatritos con o sin visitas. Nada de berrinches. Para eso está la palabra. Para entender. Para eso están las acciones. Para ejemplificar.
Si tuviera un hijo. Si tuviera. Puedo planear aquí toda su educación. Pero lo cierto es que no lo sé. Y no lo sabré hasta que me decida algún día. Y lo más probable es que crecería en una guardería. Y tuviera que confiarle parte de su educación a extraños. Porque tendría una madre trabajadora. Que ama lo que hace. Que nunca estuvo dispuesta a guardar en un cajón sus sueños profesionales. Y esperaría que algún día lo agradeciera. Sin embargo, es más probable que creciera traumado porque su madre nunca le dio el tiempo suficiente. Porque lo dejaba dormir solo en un habitación contigua y a veces no escuchaba sus lloriqueos. Porque le leía cosas para adultos. Que hablan de traumas, de asesinatos, de infidelidades. Porque lo contuvo en sus travesuras. Porque mis acciones no fueron lo que él esperaba. Porque el trabajo era más importante que sus festividades escolares.
Si tuviera. Pero no. No lo tengo. Y no lo sabré de cierto.
No sé cuántas veces habré escuchado esa frase. Como si fuera un estigma. Una buena madre. Como si supiera qué diablos significa. Como si los hijos no fueran a tener, siempre de los siempres, sus traumas y complejos debido a la relación con sus padres.
¿Qué es ser una buena madre? ¿No golpear a tus hijos? ¿Enseñarle qué? ¿Que la vida es color de rosa? ¿O que en la vida se sufre y hay que ganarse las cosas con tu propio esfuerzo?
Si tuviera un hijo. Si tuviera. Fuera parto natural. Nada como sentir el dolor. La sensación de un ser humano saliendo de tu cuerpo. Así, a la antigua. Así, para lo que el cuerpo fue diseñado. Así podría decir "yo te parí", "ya ni todo el sufrimiento que me hiciste pasar".
Si tuviera un hijo. Le leería todas las noches. Mi lectura del día. Le leería a Mishima, Kawabata, Dostoievsky. No me importa que no sean lecturas infantiles. Le leería poesía, cuento, novela, ensayo. Compartiría con él cada una de mis lecturas.
Si tuviera un hijo. No dormiría conmigo. Aunque me costara levantarme por la madrugada. Tendría que hacerse independiente desde un principio. Y saber, sin saberlo, que sus padres necesitan espacio e intimidad.
Si tuviera un hijo. Sería cariñosa, pero firme. Nada de teatritos con o sin visitas. Nada de berrinches. Para eso está la palabra. Para entender. Para eso están las acciones. Para ejemplificar.
Si tuviera un hijo. Si tuviera. Puedo planear aquí toda su educación. Pero lo cierto es que no lo sé. Y no lo sabré hasta que me decida algún día. Y lo más probable es que crecería en una guardería. Y tuviera que confiarle parte de su educación a extraños. Porque tendría una madre trabajadora. Que ama lo que hace. Que nunca estuvo dispuesta a guardar en un cajón sus sueños profesionales. Y esperaría que algún día lo agradeciera. Sin embargo, es más probable que creciera traumado porque su madre nunca le dio el tiempo suficiente. Porque lo dejaba dormir solo en un habitación contigua y a veces no escuchaba sus lloriqueos. Porque le leía cosas para adultos. Que hablan de traumas, de asesinatos, de infidelidades. Porque lo contuvo en sus travesuras. Porque mis acciones no fueron lo que él esperaba. Porque el trabajo era más importante que sus festividades escolares.
Si tuviera. Pero no. No lo tengo. Y no lo sabré de cierto.
21.10.12
Que conste en el acta
No. No tuve nada que ver con el robo. Ni con el plagio. Ni con la discusión. Quiero que conste en el acta, señor detective. Que sí. Que tengo delitos. Pero los míos son más internos. Más de despechos y sensaciones. No tanto materiales. Ni intelectuales. Quiero que conste en el acta. Que todo lo que he hecho es a sabiendas de sus consecuencias. Que no me arrepiento de nada. He vivido cómo he querido. Y asumo las responsabilidades. He amado. Y he desamado. He deseado. Y desdeseado. ¿Que si he cometido errores? Por supuesto, señor detective. ¿Acaso usted no? Pero esos errores también han sido parte de mis grandes aciertos. ¿Que si he robado? Sí. He obtenido tiempo que no me pertenecía. He tomado ideas. Besos. Caricias. A placer. Como me ha venido en gana. He hurtado sentimmientos intensos. Despositándolos en lugares erróneos. Y otros más certeros. Bajo llave. Con candado. A los que nadie tiene acceso. No, señor detective. En algunos casos los he escondido tan bien que ni yo sé dónde están. Lo juro, señor detective. Y no soy de esas personas que tienden a jurar. Pero usted qué podría saber. Con su papel en blanco. Su pluma a media tinta. Su mirada inquisidora. ¿Que si me he drogado? Sí. He adormilado mis sufrimientos. Con el afán de desaparecerlos. Sobre todo aquellos que duelen. Que dejan cicatrices en la esencia. He dopado mis pensamientos y sensaciones más sublimes. Porque también esos hacen daño. Te hacen ilusionarte. Pensar que se puede. Cuando uno sabe que no. Porque conoce la función del mundo.
Quiero que conste en el acta, señor detective. Muy bien constatado. Que sí. He decepcionado a personas. Esas que esperaban algo muy específico de mí. Pero, qué se le va a hacer. Una no puede ir por la vida dándole gusto a los demás. Ni siquiera se puede dar gusto uno mismo. Sin que sea un error. Un error enminente. Que deje heridas. Que tarden en sanar. Y entonces uno se dopa. Con alcohol. Con pensamientos de fuga. Imágenes de película. Conciente de que jamás sucedera. Porque jamás sucede. Sólo son sueños. Señor detective. Sueños.
¿Qué si he sido infiel? No, señor detective. Siempre he hecho lo que he querido. He sido fiel a mis pensamientos. A mis ideas. A mis sentimientos. A mis intuiciones. A mis ganas. A mi realidad. Y a mis fantasías. Me conduzco por ese camino. Nunca he hecho nada que no he querido. Nunca he dejado que me obliguen. Y sí. He tenido momentos de debilidad. ¿Quién no? Donde pienso en qué pasaría si dejara a un lado la vida que vivo. Y lo he intentado. Pero siempre regreso a mi lugar de origen. A mí misma. Me soy fiel. En cuerpo. En alma. En pensamiento.
Quiero que conste en el acta, señor detective. Que sí. Parece que soy culpable. Cargo pecados en mi espalda. Las buenas sociedades se podrán horrorizar. Las congregaciones religiosas querrán salvarme del infierno. Las grandes corporaciones querrán excluirme de sus nóminas. Y si hacer lo que me venga en gana sin sentir remordimiento significa la cárcel. Entonces estoy lista. Quiero que conste en el acta mi entera disposición, señor detective. Aquí están mis muñecas juntas. Espóseme. Amárreme. Haga de mi lo que le plazca. Tendré mi conciencia tranquila. Que conste.
Quiero que conste en el acta, señor detective. Muy bien constatado. Que sí. He decepcionado a personas. Esas que esperaban algo muy específico de mí. Pero, qué se le va a hacer. Una no puede ir por la vida dándole gusto a los demás. Ni siquiera se puede dar gusto uno mismo. Sin que sea un error. Un error enminente. Que deje heridas. Que tarden en sanar. Y entonces uno se dopa. Con alcohol. Con pensamientos de fuga. Imágenes de película. Conciente de que jamás sucedera. Porque jamás sucede. Sólo son sueños. Señor detective. Sueños.
¿Qué si he sido infiel? No, señor detective. Siempre he hecho lo que he querido. He sido fiel a mis pensamientos. A mis ideas. A mis sentimientos. A mis intuiciones. A mis ganas. A mi realidad. Y a mis fantasías. Me conduzco por ese camino. Nunca he hecho nada que no he querido. Nunca he dejado que me obliguen. Y sí. He tenido momentos de debilidad. ¿Quién no? Donde pienso en qué pasaría si dejara a un lado la vida que vivo. Y lo he intentado. Pero siempre regreso a mi lugar de origen. A mí misma. Me soy fiel. En cuerpo. En alma. En pensamiento.
Quiero que conste en el acta, señor detective. Que sí. Parece que soy culpable. Cargo pecados en mi espalda. Las buenas sociedades se podrán horrorizar. Las congregaciones religiosas querrán salvarme del infierno. Las grandes corporaciones querrán excluirme de sus nóminas. Y si hacer lo que me venga en gana sin sentir remordimiento significa la cárcel. Entonces estoy lista. Quiero que conste en el acta mi entera disposición, señor detective. Aquí están mis muñecas juntas. Espóseme. Amárreme. Haga de mi lo que le plazca. Tendré mi conciencia tranquila. Que conste.
15.10.12
Sobre la cursilería
Siempre lo he dicho. Que la cursilería me parece demasiado... cursi. Que es para aquellas personas que no tienen capacidad de decir algo creativo. Que es poco elegante. Poco sutil. Que se trata de falta de originalidad. Demostrar amor casi con sarcasmo. Con un dejo de ironía. Que es para personas débiles. Désas que se derriten ante el primer halago. Ante el primer mimo. Que se le atribuye a las mujeres. Pero también muchos hombres (asombrosa la cantidad) la poseen. Y la sacan. De entre los más recóndito de su lado femenino. Estrógenos entre la testosterona. Que es desagradable. Empalagosa. Que la vida sería mejor con palabras directas. Sin miel de por medio. O no ese tipo de melosidad. Que es vana. Sin sentido. Que cada vez que la escucho necesito un trago de alcohol duro. Para aguantarla. Para que no me toquen sus rosados pétalos impregnados de palabrejas huecas.
Que el amor (¡oh, esa utopía!) se demuestra con miradas que acarician. Que tocan las fibras más íntimas (y oscuras) de tu historia. Miradas que hacen sonreír malévolamente al ruin duende interno que todos llevamos dentro. Que sacan tus más indecorosas intenciones. Que te humedecen más rápido que la velocidad de la luz. Que hacen de una larga espera el martirio perfecto y profundamente excitante...
Y entonces caigo en cuenta. Que sí. Soy eso. A mi modo. A mi estilo. De repente me encuentro diciendo palabras arrogantes para escapar de lo que, inevitablemente, me veo envuelta. Soy cursi. Estúpidamente cursi. Porque en vano pretendo mostrar refinamientos expresivos. Sentimientos elevados. Cuando en el fondo sólo deseo lo mismo que todos. Sentirme amada. Porque me presumo de fina y elegante. En una sensación que es de lo más primitiva. Porque, con apariencia de riqueza de lenguaje, pretendo convertir al amor en algo trivial. Y lo común del sentimiento, que nos aqueja a todos, ascenderlo a misterio. Y caigo. Caigo.
Soy un payaso de mis propias palabras.
Que el amor (¡oh, esa utopía!) se demuestra con miradas que acarician. Que tocan las fibras más íntimas (y oscuras) de tu historia. Miradas que hacen sonreír malévolamente al ruin duende interno que todos llevamos dentro. Que sacan tus más indecorosas intenciones. Que te humedecen más rápido que la velocidad de la luz. Que hacen de una larga espera el martirio perfecto y profundamente excitante...
Y entonces caigo en cuenta. Que sí. Soy eso. A mi modo. A mi estilo. De repente me encuentro diciendo palabras arrogantes para escapar de lo que, inevitablemente, me veo envuelta. Soy cursi. Estúpidamente cursi. Porque en vano pretendo mostrar refinamientos expresivos. Sentimientos elevados. Cuando en el fondo sólo deseo lo mismo que todos. Sentirme amada. Porque me presumo de fina y elegante. En una sensación que es de lo más primitiva. Porque, con apariencia de riqueza de lenguaje, pretendo convertir al amor en algo trivial. Y lo común del sentimiento, que nos aqueja a todos, ascenderlo a misterio. Y caigo. Caigo.
Soy un payaso de mis propias palabras.
9.9.12
Lo sé. Estoy lejos de la perfección. Pero, ¿es que hay alguien que alguna vez se ha encontrado remotamente cerca? Y tampoco es que quiera serlo. Lo único que deseo es estar en paz. El problema es que no sé realmente qué me brinda paz. Creía saberlo, pero he cambiado. O no tanto. Sólo ha salido a relucir el cobre. Es oficial. Estoy en crisis. Emocional, profesional, sentimental, vocacional. En completa crisis. Y cuando lo estoy me quedo estática. No doy pasos. Cuando siento que me encuentro en un callejón sin escapatoria me quedo estancada hasta estar segura de lo que debo hacer. ¿Me regreso por el mismo camino? ¿Trato de brincar las paredes? ¿Elijo el sendero estrecho? ¿El que se ve turbulento? ¿O el apacible lleno de aburrimiento?
Entonces mejor me quedo quieta. Inmune. Viendo pasar a las demás personas. Envidiando que ellos toman sus caminos sin indesiciones. Porque si salto, ¿cómo sabré que no querré dar vuelta atrás sin poder hacerlo? Para tomar un camino debo dejar de pensar y sentir. Sentir. Simplemente así: sentir. Pero ahora, en este preciso momento siento muchas cosas. Siento agobio, desesperación, aburrimiento, miedo, desesperanza, inconformidad, enojo. Mente en blanco. Mente en blanco. Sólo déjate llevar por la corriente.
¿Por qué los seres humanos nos complicamos tanto la pinche existencia? ¿No sería mejor vivir, así nomás, vivir? Y cuando me siento así lo peor que pueden hacerme es presionarme. ¿Qué quieres? ¿Qué quieres? !Decídete! Y yo pienso en los porqués. Ninguna persona puede tomar decisiones bajo presión. Por lo menos no las acertadas. No las que harán que todos salgan bien parados. Aunque nunca habrá alguna donde todos ganen. Por lo menos no en el momento.
Lo sé. No soy perfecta. Le temo a los compromisos. No quiero tener hijos. Me gusta hacer y deshacer mi vida sin que nadie se meta. Soy voluble. Orgullosa. Vanidosa. Quiero que siempre se haga lo que yo quiero. Y si no se hace tiendo a herir porque sé los puntos débiles de las personas. Sé darles donde más les duele. Pero todo esto sale a relucir cuando mi inseguridad se hace visible. Sólo en ese momento.
Y sí, siempre hablo de mis defectos. Pero, como en todo, también en mí hay un poco de luz. Me gusta sacar una sonrisa a mi interlocutor. Soy buena escucha. Por más enojada que esté siempre puedo tener una conversación tranquila. Acepto mis errores. Trato de estar siempre que me necesiten. Y cuando ya no me necesitan, cuando me dicen "ya no más, se acabó, es el final", cierro la boca, me doy la media vuelta y no vuelven a saber de mí.
Podré ser lo que quiera, pero jamás, jamás seré una molestia.
Entonces mejor me quedo quieta. Inmune. Viendo pasar a las demás personas. Envidiando que ellos toman sus caminos sin indesiciones. Porque si salto, ¿cómo sabré que no querré dar vuelta atrás sin poder hacerlo? Para tomar un camino debo dejar de pensar y sentir. Sentir. Simplemente así: sentir. Pero ahora, en este preciso momento siento muchas cosas. Siento agobio, desesperación, aburrimiento, miedo, desesperanza, inconformidad, enojo. Mente en blanco. Mente en blanco. Sólo déjate llevar por la corriente.
¿Por qué los seres humanos nos complicamos tanto la pinche existencia? ¿No sería mejor vivir, así nomás, vivir? Y cuando me siento así lo peor que pueden hacerme es presionarme. ¿Qué quieres? ¿Qué quieres? !Decídete! Y yo pienso en los porqués. Ninguna persona puede tomar decisiones bajo presión. Por lo menos no las acertadas. No las que harán que todos salgan bien parados. Aunque nunca habrá alguna donde todos ganen. Por lo menos no en el momento.
Lo sé. No soy perfecta. Le temo a los compromisos. No quiero tener hijos. Me gusta hacer y deshacer mi vida sin que nadie se meta. Soy voluble. Orgullosa. Vanidosa. Quiero que siempre se haga lo que yo quiero. Y si no se hace tiendo a herir porque sé los puntos débiles de las personas. Sé darles donde más les duele. Pero todo esto sale a relucir cuando mi inseguridad se hace visible. Sólo en ese momento.
Y sí, siempre hablo de mis defectos. Pero, como en todo, también en mí hay un poco de luz. Me gusta sacar una sonrisa a mi interlocutor. Soy buena escucha. Por más enojada que esté siempre puedo tener una conversación tranquila. Acepto mis errores. Trato de estar siempre que me necesiten. Y cuando ya no me necesitan, cuando me dicen "ya no más, se acabó, es el final", cierro la boca, me doy la media vuelta y no vuelven a saber de mí.
Podré ser lo que quiera, pero jamás, jamás seré una molestia.
26.8.12
Hoy no tengo ganas de pensar en lo que tengo. Lo que no tendré. Lo que nunca tuve. Me basta lo que soy. Lo que he sido. Lo que seré. No tengo ganas de. Recriminar. Que me recriminen. Pensar en lo que pudo haber sido. Lo que es. Lo que será.
Hoy no quiero vivir en las ganas de. En el futuro de alguien más. No quiero tomar desiciones de otros. Tienes que. Para mantenerme feliz. Hay que. Quiero que. La única. Ser. No. No quiero las miradas puestas en mí. Así. Nomás por que sí. No puedo pedir. No quiero hacerlo. No quiero que me pidan. Que esto tiene que ser así. Que si fuera. Que la vida. Que la luna. Que no. No es así. No puede. No debe.
Si es, es. Porque es. Porque así son las cosas. Y si duele. Duele. Y ya. Pasará. Como todo. En el futuro, al pensar, tal vez una punzada en el pecho. Pero no mata. Sólo está ahí. Diga lo que diga. Haga lo que haga. No se alejará. Porque los dolores no se alejan. Disminuyen. Y vendrán nuevos. Y se irán. Y quedarán en el pecho. Como serpientes encajonadas. Revolcándose. Pero encajonadas.
Hoy no quiero. Que tú. Que yo. Que él. Que ella. Que sus ojos. Que los tuyos. Que sus pies. Que los míos. Que el sapito en la palma de mi mano. Que duerme. Que adiós. Que la comida. Que el café. Que así están las cosas. Que así es la vida. Que nada es seguro. No. Nada es seguro. No hay promesas.
Estoy aquí. Ahora. Aquí estoy. Aquí. Veme. No me muevo. Estoy enfrente. Es el presente. Bendito presente. Y entrego todo. Menos promesas. Las promesas no. Definitivamente. No son para mí.
Hoy no quiero vivir en las ganas de. En el futuro de alguien más. No quiero tomar desiciones de otros. Tienes que. Para mantenerme feliz. Hay que. Quiero que. La única. Ser. No. No quiero las miradas puestas en mí. Así. Nomás por que sí. No puedo pedir. No quiero hacerlo. No quiero que me pidan. Que esto tiene que ser así. Que si fuera. Que la vida. Que la luna. Que no. No es así. No puede. No debe.
Si es, es. Porque es. Porque así son las cosas. Y si duele. Duele. Y ya. Pasará. Como todo. En el futuro, al pensar, tal vez una punzada en el pecho. Pero no mata. Sólo está ahí. Diga lo que diga. Haga lo que haga. No se alejará. Porque los dolores no se alejan. Disminuyen. Y vendrán nuevos. Y se irán. Y quedarán en el pecho. Como serpientes encajonadas. Revolcándose. Pero encajonadas.
Hoy no quiero. Que tú. Que yo. Que él. Que ella. Que sus ojos. Que los tuyos. Que sus pies. Que los míos. Que el sapito en la palma de mi mano. Que duerme. Que adiós. Que la comida. Que el café. Que así están las cosas. Que así es la vida. Que nada es seguro. No. Nada es seguro. No hay promesas.
Estoy aquí. Ahora. Aquí estoy. Aquí. Veme. No me muevo. Estoy enfrente. Es el presente. Bendito presente. Y entrego todo. Menos promesas. Las promesas no. Definitivamente. No son para mí.
8.8.12
Siempre he dicho que no tengo amigas, que tengo puros amigos, pero creo que no les hago justicia a aquellas mujeres que me han aguantado. Es cierto, nunca pertenecí a ningún grupo de chicas. Nunca tuve ese círculo de amigas que está ahí en las buenas y en las malas. Que se ponen celosas, que cuidan que ningún chico te haga daño. No. No sé qué demonios es esa sensación. No quiere decir que no haya tenido —o tenga— amigas. Las tengo. Y con ese puñado me es más que suficiente. Pero no pertenecen al mismo grupo. A cada una la conocí en un lugar diferente. En distintas etapas de mi vida. Y cada una significa algo. Me aporta. Me complementa. Sus personalidades son tan distintas y representan tanto.
A Kristina, por ejemplo. La conocí en la preparatoria, en la etapa más calmada de mi vida. Yo pertenecía a un grupo cristiano católico apostólico romano. Mi papá había muerto. No era de las que quería cumplir 18 años con la esperanza de entrar a los bares. Leía y escribía mucho. Con ella podía hablar de religión. Ella era (es) de una religión distinta a la que era la mía en ese tiempo. Nos gustaba ir al cine, hacernos la pinta para desayunar en un restaurante nice (ahorrábamos toda la semana). Cuando comencé a rebelarme contra Dios y mi familia me fui alejando de ella. Pero seguimos siendo amigas. Hoy está felizmente casada y tiene dos niños.
Tal vez si yo no me hubiera alejado tendría una vida parecida.
Pero el caso es que puedo nombrar a más amigos que amigas. Mis relaciones con cada uno de los géneros es muy distinta. Me comporto distinto. Con los hombres tiendo a ser violenta. Muestro mi cariño con codazos o comentarios suspicaces. Con las mujeres soy protectora, cariñosa y hasta condescendiente. Pero también tienen que aguantar mis desplantes y que, de vez en cuando, se me bota la canica y puedo herir sus niveles de estrógeno con facilidad. Quien sea mi amiga tiene que enamorarse de mi dualidad. De mi fortaleza exterior, de mi actitud en ocasiones de bullyng pero también de mis llantos y mi debilidad en ciertos momentos de mi vida. Saber aguantar los golpes, pero también las mariconerías.
Como Carmen. A quien conocí en la uni. Su actitud masculina y más violenta que la mía me hizo ponerle atención. Si alguna de mis amigas se parece a mí, esa debe ser ella. Con toda su pose de me vale madre. Con toda su mirada dura. Sus palabras casi hirientes. Pero su fragilidad de niña, sus ojos dudosos, su sonrisa nerviosa, y su negación a hablar de sus sentimientos. Sus dos polaridades me deshacen. Es curioso cómo con ella hablo de muchas cosas importantes sin mecionar nombres, hechos, lugares. Nuestras conversaciones son más filosóficas. Casi metafísicas. Si me pongo a gritar como loca en medio de un bar, ella lo entiende y grita conmigo. Sin preguntarme siquiera qué es lo que me pasa. Nuestras palabras de cariño son bitch, zorra, perrita. Pero cuando viene acompañado de un "te extraño" o "te quiero" suelen ser dulces instantes.
Tal vez es que soy un poco brusca, y hasta me han llamado misógina, por eso tengo más relaciones afectivas con hombres. No se agüitan tan fácil. En el D.F. no he hecho ni una sola amistad femenina. Sí conocidas, pero con ninguna he entablado un vínculo más allá de hablar de hobbies. A lo mejor por eso he tenido que ir a terapia, porque no tengo a nadie para contarle mis pecados más recónditos. Tengo que pagar para confesarme.
Por otra parte está Myrna. Única compañera de mi primer empleo en forma. Ambas éramos asistentes de SPC Asesoría Avanzada. Yo turno matutino, ella vespertino. Pero llegaba antes porque salía temprano de la universidad. Estudió psicología. Siempre le llamó la atención mis pensamientos sobre los hombres, porque, precisamente, ella es absolutamente todo lo contrario a mí. Si alguien es mi polo opuesto es Myrna. Toda dulzura, femeinidad, inocencia, ternura, con el sueño de encontrar a su príncipe azul. Le fue mal en muchas de sus relaciones y lo peor es que yo casi siempre me ponía de parte de sus novios. También está casada y tiene una niña. Jamás la he visto tan feliz como el día de su boda.
Por último, Anylú. A ella la conocí de un modo muy particular. Iba en la prepa y salía con Mario (mi relación con él merece un post completo, si no es que varios). Era (o es) pintor. Siempre engatusaba a las chicas diciéndoles que las iba a inmortalizar en un cuadro. Recuerdo que cuando se me acercó dijo que tenía el perfil de Artemisa. En verdad era muy bueno. Total que en una exposición llevó a Anylú, con quien también salía. Y nos hicimos amigas. Fue lo más parecido al amor a primera vista, sólo que fue algo así como "amistad a primera vista". La morra era (o es) igual que yo en muchos sentidos. Tenía una pareja estable, pero siempre andaba de cabrona. No se quería casar. Ni tener hijos. Y bueno, una posición ante la vida y las relaciones personales similar. Ahora no está casada, pero vive con su pareja y ya tiene un niño. Me aconseja seguir en mi postura de no tener hijos.
Ellas son mis amigas. Claro, tengo más que fueron compañeras de trabajo, de escuela, de pedas, pero cuando tengo un problema sólo ellas me pueden escuchar. Sólo con ellas siento la confianza de contarles mis intimidades. Sólo con ellas lloro, hago berrinches, grito, me emborracho, las maltrato, las cuido, me peleo... porque solo peleo con la gente que quiero. A los que me dan lo mismo simplemente les doy el avión. Me es indiferente lo que piensen o dejen de pensar de mi o de mi vida.
Nunca pertenecí a un grupo de chicas. Pero me rodée de aquellas aguantadoras. Carismáticas. Distintas. Las mejores.
22.7.12
Ese demonio
Vanidad. f. Arrogancia, presunción, envanecimiento.
Todos mis problemas son por su culpa. Nada nuevo. Siempre fui orgullosa. La sensación de merecerme el mundo entero, pero que éste no era merecedor de mí, es familiar. Entonces, cuando alguien pone en evidencia que, efectivamente, no soy la mejor, que soy prescindible, que no me merezco todo por el simple hecho de ser yo y que las personas tienen otras preocupaciones que no siempre son complacerme, me enojo. Y ese coraje es más conmigo misma que con los demás, porque caigo en cuenta de lo vulnerable que soy.
Es difícil herirme. Nadie lo puede hacer fácilmente. Pero les doy un tip. Si lo quieren hacer solo dejen de mirarme. Dejen de escuchar lo que digo. De leer lo que escribo. No se percaten de mi presencia. Hagan como si fuera un cero a la izquierda. Efectivamente. Me darán donde más me duele. Habrán abierto la herida. Pondrán el dedo sobre mis vanidosas estigmas. Pero también me habrán perdido.
Porque después de ese golpe pierdo todo el interés. Aunque después vuelva a ser el centro del universo, ese universo en específico ya no me interesará, porque sé que es momentáneo. Efímero. Porque me hicieron conciente de mi peor defecto. Entonces buscaré a alguien más. Una persona que yo sea su mundo. Que eleve mi ego. Siempre es fácil encontrarla. Mantenerla por algún tiempo, hasta que se de cuenta de lo patética que soy. De que pido, pero no doy nada a cambio. Hasta que deje de mirarme. Y yo pierda el interés. Interminablemente.
Es sencillo tenerme. Hacerme feliz. Pero es más sencillo, mucho más, perderme. No le tengo miedo a las despedidas. Sólo temo que me hagan saber lo que realmente soy.
Todos mis problemas son por su culpa. Nada nuevo. Siempre fui orgullosa. La sensación de merecerme el mundo entero, pero que éste no era merecedor de mí, es familiar. Entonces, cuando alguien pone en evidencia que, efectivamente, no soy la mejor, que soy prescindible, que no me merezco todo por el simple hecho de ser yo y que las personas tienen otras preocupaciones que no siempre son complacerme, me enojo. Y ese coraje es más conmigo misma que con los demás, porque caigo en cuenta de lo vulnerable que soy.
Es difícil herirme. Nadie lo puede hacer fácilmente. Pero les doy un tip. Si lo quieren hacer solo dejen de mirarme. Dejen de escuchar lo que digo. De leer lo que escribo. No se percaten de mi presencia. Hagan como si fuera un cero a la izquierda. Efectivamente. Me darán donde más me duele. Habrán abierto la herida. Pondrán el dedo sobre mis vanidosas estigmas. Pero también me habrán perdido.
Porque después de ese golpe pierdo todo el interés. Aunque después vuelva a ser el centro del universo, ese universo en específico ya no me interesará, porque sé que es momentáneo. Efímero. Porque me hicieron conciente de mi peor defecto. Entonces buscaré a alguien más. Una persona que yo sea su mundo. Que eleve mi ego. Siempre es fácil encontrarla. Mantenerla por algún tiempo, hasta que se de cuenta de lo patética que soy. De que pido, pero no doy nada a cambio. Hasta que deje de mirarme. Y yo pierda el interés. Interminablemente.
Es sencillo tenerme. Hacerme feliz. Pero es más sencillo, mucho más, perderme. No le tengo miedo a las despedidas. Sólo temo que me hagan saber lo que realmente soy.
11.6.12
Mi madre está enojada. Con sus hijas. Con sus vecinas. Con su ex. Con la vida.
Mi madre tiene insomnio. Y piensa que todos estamos en su contra. Que lo que ha dado no ha sido retribuido. Que da. Da. Da. Da. Y sólo recibe mijagas.
Mi madre se agüta de que hagamos nuestras vidas. Que pensemos por nosotras mismas. Para ella amar es sinónimo de hacer lo que ella quiere. Piensa que nadie la ama. Porque somos pensantes. A veces acertamos. Nos equivocamos. La mayoría de las veces. Como ella lo hizo.
Mi madre siempre nos dijo. No dependan de un hombre. Nunca. Y luego. Estudien para ser independientes. Y después. Cuando te mantengas tú sola. Y entonces. Estudié. No dependí de nadie. Me mantuve. Y fue cuando dijo. Haz lo que te ordeno. Depende de mi. No realices tus sueños.
Y dejo de comprendarla. Comienzo a ver sus contrariedades. A desmenuzar sus defectos. A decir 'yo no seré así'. Y la compadezco. Y sufro con ella. Y sin ella.
Pero, cuando menos lo espero, me doy cuenta. De mis defectos. De que soy ella. En mi inconformidad. En la avaricia de mis deseos. En mis dobles y contradictorios anhelos. En querer que me amen. Me amen. En ocasiones. Sin dar nada a cambio. Más que mi reconfortante presencia.
Y entonces me enojo. Con mis hermanas. Mis vecinas. Con mis ex. Con la vida. Porque no son, ni fueron, en absoluto, lo que esperaba. Pero han sido más que eso. El soporte interno de mis alegrías. El desvelo de mis mañanas más oscuras. El espejo de mis emociones. Y desiciones.
Callo. Miro mi cel. Marco el número frecuente.
Y nadie contesta.
Mi madre tiene insomnio. Y piensa que todos estamos en su contra. Que lo que ha dado no ha sido retribuido. Que da. Da. Da. Da. Y sólo recibe mijagas.
Mi madre se agüta de que hagamos nuestras vidas. Que pensemos por nosotras mismas. Para ella amar es sinónimo de hacer lo que ella quiere. Piensa que nadie la ama. Porque somos pensantes. A veces acertamos. Nos equivocamos. La mayoría de las veces. Como ella lo hizo.
Mi madre siempre nos dijo. No dependan de un hombre. Nunca. Y luego. Estudien para ser independientes. Y después. Cuando te mantengas tú sola. Y entonces. Estudié. No dependí de nadie. Me mantuve. Y fue cuando dijo. Haz lo que te ordeno. Depende de mi. No realices tus sueños.
Y dejo de comprendarla. Comienzo a ver sus contrariedades. A desmenuzar sus defectos. A decir 'yo no seré así'. Y la compadezco. Y sufro con ella. Y sin ella.
Pero, cuando menos lo espero, me doy cuenta. De mis defectos. De que soy ella. En mi inconformidad. En la avaricia de mis deseos. En mis dobles y contradictorios anhelos. En querer que me amen. Me amen. En ocasiones. Sin dar nada a cambio. Más que mi reconfortante presencia.
Y entonces me enojo. Con mis hermanas. Mis vecinas. Con mis ex. Con la vida. Porque no son, ni fueron, en absoluto, lo que esperaba. Pero han sido más que eso. El soporte interno de mis alegrías. El desvelo de mis mañanas más oscuras. El espejo de mis emociones. Y desiciones.
Callo. Miro mi cel. Marco el número frecuente.
Y nadie contesta.
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